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Viernes, 14 de diciembre de 2007
La Jornada de Oriente - Puebla - Salud
 
 

 EPIDEMIO-LÓGICA 

Stockhausen

 
José Gabriel Ávila–Rivera

No. No se trata de un jugador de futbol, ni de un científico creador de armas para la destrucción masiva. No es el apellido de un corredor de automóviles. Tampoco es el nombre de un síndrome combinando signos y síntomas que, en una forma rimbombante, desencaja la mirada de cualquier enfermo cuando el médico la menciona.

Karlheinz Stockhausen fue un músico que nació en una población cerca de Co-lonia, Alemania, el 22 de agosto de 1928 y falleció la semana pasada (específicamente el 5 de diciembre de este 2007). La noticia fue particularmente llamativa para todos quienes tenemos una genuina afición por la música. Las razones que me obligan a expresar una opinión no obedecen precisamente a mis conocimientos profundos sobre la vida y la muerte de este autor, dada a conocer discretamente días después de haber sucedido, sin que se haya especificado la causa. Es un hecho que, en una forma conciente, me he mantenido alejado de su obra. No por esto puedo calificarla como mala.

Muchos compositores, a final de cuentas, fueron desconocidos, criticados, desacreditados y hasta censurados en su época para después, llegar casi a la glorificación. Simplemente, tomo a Karlheinz Stockhausen como un punto de referencia para clasificar mi “musicomanía” desde un punto de vista personal. En primer lugar, no existe en la actualidad un acuerdo general para denominar a la música desde un enfoque uniforme. Se ha llamado “música clásica” a la expresión artística desarrollada en medios académicos; sin embargo, hay un periodo en la historia denominado precisamente “periodo clásico” que genera confusión. ¿Cómo marcar entonces el inicio de esta ma-nifestación humana que debió haber nacido en las épocas primigenias del hombre, con el simple canto de una madre a su recién nacido en una cueva para arrullarlo? Si la prehistoria pasa a ser historia en el momento en el que se inventa la escritura, lo mis-mo sucede en música. Fue necesaria la invención de una notación para que se generase un desarrollo evolutivo, que marcó un momento soberbio allá por finales del 900 y principios del 1000, cuando un monje benedictino llamado Guido Aretnius (991 al 95 – 1033), repudiado por sus compañeros en la abadía de Pomposa, emigró a la comunidad de Arezzo en Italia e implementó la escritura musical a base del pentagrama, como una forma de enseñar el canto gregoriano y lograr que los monjes pudiesen cantar sin tener qué memorizar los sonidos. Es en este momento cuando se inicia el desarrollo en la teoría de la música. Aunque el renacimiento tiene autores memorables, definitivamente el esplendor del barroco representa un verdadero parte aguas en la evolución musical.

Una forma de comprender el progreso de la música se puede definir muy bien con los autores: Bach, el último de los barrocos y el primero de los clásicos; Beethoven, el último de los clásicos y el primero de los románticos; Mahler el último de los románticos y el primero de los impresionistas; Schoenberg el último de los impresionistas y el primero de los expresionistas o serialistas para seguir con Stockhausen, como el último de los expresionistas y el primero de los aleatoristas. Muchos errores pueden tener estas orientaciones pues, citando un ejemplo, Rachmaninoff fue un mú-sico romántico y figuró en el siglo pasado, paralelamente al movimiento impresionista; sin embargo, para quienes no nos dedicamos a la musicología, es bastante práctico.

El serialismo o dodecafonismo plantea la utilización de los doce tonos de la escala musical, sin buscar la tonalidad o la armonía. La regla sería: no se repite una nota hasta no haber terminado de ejecutar las otras once... que no es siempre respetada. La música serial es bastante difícil de captar, pues se aleja de lo que sonoramente experimentamos como algo agradable, pero no deja de ser interesante la forma en la que se busca adaptación a la regla. Stockhausen fue más allá. Planteó una música aleatoria, generando una sensación de música “al azar” en la que el intérprete da rienda suelta a su ejecución, basándose específicamente en el efecto del sonido puro, como tal. El sonido era lo importante. Para él, una obra jamás será escuchada en una forma similar, pues depende del ambiente y del entorno. Puedo tener una grabación digital o magnetofónica, pero al repetirla, incluso inmediatamente, algo variará en las condiciones que imprimirán un efecto nuevo y diferente a la misma obra. Pero su música basada en sonidos es controversial. Muestra de esto es la anecdótica respuesta del director de orquesta Sir Thomas Beecham cuando le preguntaron si alguna vez había dirigido alguna obra de Stockhausen y respondió: No, pero una vez, pisé una. Efec-tivamente, la obra de Karlheinz Stockhausen es muy difícil de entender, pero tampoco vale la pena desubicarla como una forma de expresión artística. A final de cuentas, sin pretender ser un futurista, es muy probable que a la larga, las próximas generaciones lo ubiquen en la misma forma en la que nosotros valoramos hoy a Bach, Beethoven, Mahler o Schoenberg.

 
 
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