“Go, go, go, said the bird: Human kind
cannot bear very much reality”.
Burnt Norton.
Four Quartets. T. S. Eliot
Gracias, Michael
El cine documental se ha convertido en un poderoso instrumento para desenmascarar realidades deformadas por el mainstream. Las elites económicas, sociales y políticas han desplegado una intensa campaña global para manipular, tergiversar, falsear u ocultar información a la opinión pública. El resultado ha sido un férreo control de las conciencias de quienes Hunter S. Thompson, el genial forjador del periodismo gonzo, llamaba la Gran Mayoría Silenciosa.
El mundo sólo se concibe si se proyecta en una pantalla de plasma, con el logo de CNN en el ángulo superior derecho. A contracorriente de esta involución, atentatoria contra el derecho a la información, un puñado de realizadores se ha dado a la tarea de destapar unas cuantas cloacas.
En esta tarea ha sobresalido el trabajo de Michael Moore, un gordo de buenos sentimientos y de malas intenciones, originario de Flint, un pueblo perdido de Michigan. Su primera producción documental, titulada Roger and Me, la realizó precisamente a propósito de las desastrosas decisiones tomadas por la General Motors, que afectaron la vida de los habitantes de Flint, casi todos ellos trabajadores de las diversas fábricas relacionadas con el montaje de automóviles.
Su salto al estrellato se dio con Bowling For Columbine, un concienzudo análisis sobre el culto estadunidense a las armas de fuego. A Charlton Heston, presidente de la poderosísima Asociación Americana del Rifle, no le faltaron ganas de meterle un plomazo a Moore por la parte más estrecha de la espalda. El activismo político de M. M. se vio colmado con Fahrenheit 9/11, un devastador documental sobre la guerra en Irak.
A Moore lo ha seguido una auténtica pléyade de documentalistas, cuyos intereses son por demás amplios, aunque varios de ellos han encontrado en las enormes corporaciones su principal objetivo. Piezas como The Corporation, Super Size Me, Enron y Walt Mart dan cuenta de la voracidad de las transnacionales y de sus CEO’s. A esto se suma el documental más reciente de Moore, titulado Sicko (qué buen juego de palabras: sick, psicho, sicko), donde pone a descubierto la podredumbre del sistema de salud de EU.
Documex
De esta fiebre por el documental se han contagiado algunos realizadores mexicanos, entre quienes destaca Juan Carlos Rulfo, aunque las preocupaciones iniciales de este director fueron más bien intimistas, como lo demuestran sus dos primeras piezas: Del olvido al no me acuerdo y El abuelo Chano y otras historias, en las cuales hurga en los remolinos de la memoria de los Rulfo. Con En el hoyo dio el salto a un terreno de mayor compromiso social.
En este territorio se ha adentrado Luis Mandoki, mexicano recalado en Hollywood con regular fortuna. Ciertamente ha tenido a su cargo producciones de millones de dólares, pero su propuesta podría considerarse dentro de los estándares del cine comercial gringo.
Su giro ideológico y temático empezó con Voces inocentes, un mediano repaso a las consecuencias de la guerra civil en El Salvador. Carente de un gran presupuesto, la cinta se salva por los visos de sinceridad, repartidos aquí y allá, como buenas intenciones de conciencia social. El gran cambio se dio con la realización de ¿Quién es el Señor López?, entrando de lleno en un terreno turbulento.
Fraude: México 2006
Andrés Manuel López Obrador se ha ganado un nicho en la historia de México. Cuesta trabajo no considerarlo un caudillo, uno de esos personajes que arrastra a las multitudes mexicanas, que las seduce, pero al mismo tiempo les da sentido y coherencia; las anima y las vuelve conscientes. Las sublima. Nadie puede disputarle su condición de pastor de multitudes. Nadie.
La película de Mandoki vale precisamente por el testimonio recogido en cientos de lugares: lo mismo la calle henchida de gente furiosa, que da su nombre y mira directo a la cámara (así sea una sencilla Handicam) allá en los días del desafuero, que el de las decenas de representantes de la Coalición por el Bien de Todos que se las vieron negras o de plano fueron arrollados en las sesiones de los consejos distritales, efectuadas el 5 de julio de 2006.
Mandoki ha compuesto una auténtica sinfonía coral, con retacería en video con las miles de pequeñas trapacerías cometidas entre el 2 de julio y el 5 de septiembre, cuando el Tribunal reconoció a Felipe Calderón como presidente. Están ahí los testimonios en formato digital (tal y como lo piden los barones de los medios de comunicación) destacando las inconsistencias en las actas, votos sumados, votos restados, votos de más, como en aquella casilla donde Calderón obtuvo más de 700 votos, cuando el límite de boletas es precisamente de 700.
El 2 de julio de 2006 fue la regeneración del fraude al más puro estilo priista. El recuento del poco más de 9 por ciento de las casillas, concedido por el Tribunal, también fue una odisea de pequeñas trácalas, esas que fueron suficientes para sostener el endeble 0.5 por ciento de diferencia.
En el documental quedan también registradas aquella llamadas recibidas por el góber tamaulipeco, Eugenio Hernández, para echar a andar la aplanadora a favor de Felipillo. “Te sobregiraste”, le reconoció en uno de esos telefonazos el entonces secretario de Comunicaciones y Transportes, Pedro Cerisola, amante de los patos texcocanos. La otra grabada misteriosa colgada de pájaros y patos fue la de la inefable Elba Esther Gordillo Morales, la doctora Frankestein del nuevo Estado mexicano.
Me llaman la atención las reacciones de la gente dentro de la sala de proyección. Recriminan, rechiflan, abuchean, incriminan sin importar que estén en un Cinemex (of all places). Muchos, muchísimos, lloran: de coraje, de rabia, de impotencia. Ah: “Human kind cannot bear very much reality”, nos dice el alado Eliot. No sé qué tan cierta sea la cifra que aporta Mandoki al final del documental, afirmando que 40 por ciento de los mexicanos cree que el 2 de julio de 2006 hubo un fraude electoral. Pero si vieran esta película, no tendrían dudas.
AMLO en tiempo futuro
Tampoco sé cuál será el destino de López Obrador. No me gusta usar a la historia como maestra moral, esa que te dice “Ya ves, te lo dije”. Si sobreponemos la trayectoria de AMLO encima de la de Cuauhtémoc Cárdenas, encontraríamos varios puntos coincidentes. Tras el fraude de 1988, Cárdenas tampoco reconoció a Salinas de Gortari como presidente de México, aunque el hijo del Tata no se ciñó al pecho ninguna banda tricolor. No llegó tan lejos como el panista Maquío Clouthier, quien sí instituyó un “gobierno legítimo”, entre cuyos “secretarios de Estado” figuraba Vicente Fox. Cárdenas prefirió no incendiar el país. Y eso lo pagaron caro varios cientos de militantes perredistas, literalmente sacrificados durante el sexenio salinista.
También Cárdenas se dedicó a recorrer el país, en una larguísima campaña presidencial de seis años, que a final lo desgastó y no pudo enfrentar la ofensiva gubernamental y panista del voto del miedo en 1994. La tercera fue su vencida y el año 2000 fue su Y2K, que lo ha mandado al congelador electoral, aunque se le siga reconociendo como uno de los patriarcas del PRD (que ya no de la izquierda en México).
Una pregunta inocente revolotea a lo largo del documental: ¿por qué el encarnizamiento con López Obrador? Digo, la izquierda política (o al menos la que así se presume) paulatinamente ha ido imponiéndose en las urnas en varios países hispanoamericanos. Lula, un rabioso obrero sindicalista alimentado en el más puro socialismo, alcanzó y refrendó la presidencia del país más poderoso del continente hispano. Chávez, como sea, se ha mantenido en Venezuela, resistiendo las tentaciones golpista de Fedecámaras y de otras organizaciones patronales. Evo Morales, un indígena de pura cepa, también consiguió la presidencia de Bolivia, dueña de riquísimos yacimientos de gas natural.
¿Por qué entonces no dejar el poder a la izquierda en México? En todos los otros países gobernados por los bisnietos de Marx (or whatever) los intereses comerciales de las grandes compañías locales y extranjeras se han mantenido a buen recaudo. Repsol sólo ha tenido unos raspones en Bolivia; Telefónica se ha afianzado en Venezuela; y Brasil es el motín de muchos.
Tal vez la respuesta la encontremos en la rancia estructura colonial de México. En un país de castas alguien con el tufillo de Andrés Manuel López Obrador no podía alcanzar un poder tan grande como el concedido al presidente de México. Detrás del “López Obrador es un peligro para México” aleteaba una campaña de odio casi racial, pero sobre todo clasista. No uno de esos. No en nuestra sociedad novohispana.