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Viernes, 30 de noviembre de 2007
La Jornada de Oriente - Puebla - Salud
 
 

 EPIDEMIO-LÓGICA 

La infección respiratoria

 
José Gabriel Ávila-Rivera

Cuando hablamos de infección respiratoria, inmediatamente debemos pensar en microbios, que en una forma muy general dividimos en virus, bacterias, hongos y parásitos (aunque existen parásitos, no necesariamente microscópicos, que también pueden producir infección pulmonar).

De trascendencia importante por la alta frecuencia de presentación, por lo complicado de su definición etiológica así como de su tratamiento, indudablemente es un padecimiento que invita tanto a la reflexión como a la discusión. En primer lugar es necesario imaginar que el aparato respiratorio se puede dividir en dos: superior, abarcando la nariz; la faringe (que es la parte más posterior y visible cuando abrimos la boca y abatimos la lengua); los “cuatro pares de senos paranasales”, estructuras que nada tienen qué ver con la hermosa característica que exhiben y definen a la mujer; la epiglotis, que es la estructura que se abre cuando respiramos y se cierra cuando nos alimentamos o ingerimos algún líquido para que no penetren en los pulmones y finalmente la laringe, que es el órgano de la fonación o producción de sonidos. Luego tenemos el tracto o porción respiratoria inferior, que inicia con la tráquea, estructura de cartílago que hace las veces de “tronco” que imaginariamente podemos comparar al de los árboles; posteriormente unos tubos más delgados o ramas a los que se les llama bronquios; luego les siguen los bronquiolos que en menor diámetro o calibre van a ser los pequeños tallos que culminarán con los alvéolos pulmonares, que siendo los divertículos terminales del imaginario árbol respiratorio, equivaldrían a las hojas en donde se lleva a cabo el intercambio gaseoso, entre el aire y la sangre.

Cuando se inflama la nariz, tenemos una “rinitis”; si la inflamación se da en la faringe, hablamos de “faringitis”; los senos paranasales inflamados generan “sinusitis” y así sucesivamente, hasta llegar a la porción más lejana que son los alvéolos, en donde nos referiremos a una enfermedad denominada neumonía (vulgarmente conocida como pulmonía) y que no se llama alveolitis, para no confundirla con otra enfermedad odontológica, del alvéolo dentario.

Durante los primeros dos años de vida los niños suelen tener entre cinco y 10 infecciones respiratorias por año. Esto obedece a un necesario proceso de “aprendizaje” del sistema de defensa, que gradualmente va a proteger en una forma más efectiva, a medida que pase el tiempo. Esto explica la baja frecuencia de infección respiratoria en el adulto joven. Por otro lado, si consideramos que nuestra necesidad de respirar es determinante para la vida, podemos llegar a la conclusión sorprendente de que por cada 24 horas efectuamos alrededor de 25 mil respiraciones.

Cuando hay enfermedad del aparato respiratorio, es indudable que hay también dificultad para respirar, lo que no solamente es molesto sino incluso, angustiante. Hay temporadas en las que literalmente millones de personas enferman, lo que convierte a este problema en una prioridad desde el punto de vista de la salud pública y la epidemiología. Estudios de microbios, en este sentido, muestran que la mayoría de las infecciones son producidas por virus para los cuales no existe un tratamiento de elección. Posteriormente debe tomarse en cuenta el papel de las bacterias, para las cuales los antibióticos son las medicinas que deben emplearse.

Hongos y parásitos se reservan muchas veces para individuos que, desde el punto de vista inmunológico están comprometidos seriamente. La lógica nos marca que, a medida que “desciende” el problema respiratorio, más grave es, o en otras palabras: es menos peligrosa una “rinitis” que una “neumonía”.

Pero ¿qué papel juega el médico en el diagnóstico, tratamiento y pronóstico? Definitivamente no existe una clínica que pueda unificarse como común, para establecer protocolos o algoritmos de tratamiento, ya que el matiz de la enfermedad respiratoria infecciosa es extraordinariamente amplio. De ahí la necesidad de especialistas en enfermedades pulmonares o neumólogos, cuyo papel en la medicina es determinante.

Por último, hay pruebas contundentes de que la contaminación del aire, sobre todo relacionada con la combustión de hidrocarburos, puede generar fenómenos de hipersensibilidad que, al generar inflamación, se involucran en procesos infecciosos. Las calles están llenas de partículas pequeñas, ozono, dióxido de nitrógeno y dióxido de azufre, relacionado obviamente con la abundante circulación de automóviles. Pero ¿vale la pena estar “encerrado” en la casa? Existen estudios en los que se ha comprobado que en el interior de los hogares hay contaminación y por lo mismo, elementos irritantes como el humo del tabaco, los elementos generados por calefacciones, la combustión en las cocinas, algunos componentes liberados por productos de la construcción y hasta sustancias que se usan cotidianamente en la limpieza.

Este panorama no solamente puede mostrar lo complicado del asunto, sino la incapacidad de controlar la infección respiratoria desde el punto de vista médico. Por eso, jamás debemos menospreciar un cuadro respiratorio, aunque este parezca banal o intrascendente.

 
 
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