Al XII obispo de Tabasco, Mons. J. Benjamín Castillo Plascencia,
por su incansable lucha a favor de la vida en estos momentos.
A lo lejos se vislumbraba el televisor como volando por los aires. La joven mujer lo aferraba a lo alto. Fuertemente. Con un solo brazo, el derecho. Lo apoyaba en su hombro. De ella sólo se veía medio cuerpo. De la cintura para arriba. El resto era agua. Y más agua.
Con el otro brazo, el izquierdo, tomó a su criatura de cuatro años. Una niña. La asió firmemente. La sujetó a su cintura. Con ambas manos y brazos ocupados empezó a caminar contracorriente. Debía atravesar la otra orilla. Alcanzar la gloria.
El río se había desbordado: El Grijalva. La ciudad se inundó: Villahermosa. Su casa quedó bajo el agua. Sus pertenencias se las llevó la corriente. Miró lo que quedaba. Y con un suspiro empezó a dar pasos. Uno a uno. Tanteando el fondo. Entre gritos y llantos. Entre el inconfundible sonido del agua brava. Del río que corre y se lleva todo. Del chocar de los cuerpos por la fuerza de la corriente. Con su silencio. Sin poder llorar. Porque el llanto nos evidencia vulnerables. Y no podía ser débil. Tenía que estar alerta. Guardar el equilibrio. Que el pie no se le fuera. Que el zapato no resbalara. No tendría con qué detener el ahogo. Oraba por que le dieran los pasos. Que le diera la estatura. Para salvar lo suyo. Lo demás, no era suyo. Era del río.
Caminaba. Sudaba frío. Miraba al cielo. Medía distancias. Al otro lado. Sólo así se salvarían. Parecía equilibrista incipiente atravesando el cable tendido de lado a lado a lo alto de la carpa del circo. Sin red. Y en lugar de barra, un televisor a lo alto del lado derecho, y una niña a lo bajo del lado izquierdo. La tensión del momento, lo grave de la situación. Lo frío del pensamiento. Para salvarse sin chistar.
Caminó. Tanteó. No miró atrás. Paso que daba paso que contaba. Se acercaba cada vez más. Nunca viró la mirada. Por fin llegó al otro lado. Tierra firme. Tierra seca. Sintió el descanso. Lo había logrado. Al televisor no le rozó el agua. No lo tocó. Ni gota. Ni tan siquiera humedad. Al cable o a la pantalla. Lo único que pudo rescatar. De sus pertenencias. Lo entregó en lo alto.
Miro hacia abajo. A su niña. Su precioso tesoro de cuatro años. No respondía. No respiraba. Se ahogó. Nunca supo cuándo. Sí supo cómo.
***Historia verídica, entre miles, de los hechos ocurridos en la inundación de Villahermosa, Tabasco, en la colonia Gaviotas, que se ubica atravesando el Grijalva.