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Puebla > Estado
lunes 5 de noviembre de 2007

CUITLATLÁN

Los indecisos se fueron al PRI

Fermín Alejandro García

Los dos últimos recursos a los que le está apostando el PAN para poder ganar en la ciudad de Puebla y municipios connurbados a la capital es el sufragio de los indecisos y la movilización de simpatizantes panistas el próximo domingo durante los comicios locales. Sin embargo, esas posibilidades parecen estarse diluyendo, pues se estima que el 50 por ciento del primero de estos dos sectores del electorado, también llamado votantes switcher, sufragaría por el PRI.

Mientras que en el universo de la gente que siempre se identifica con Acción Nacional, se cree que entre un 7 y 10 por ciento se abstendrá de acudir a las urnas.

Dicho de otra manera, el yerro del PAN de haber postulado a Antonio Sánchez Díaz de Rivera, quien resultó ser un pésimo candidato a edil de Puebla, ahuyentó a los electores indecisos y una franja de ciudadanos que se identifican con Acción Nacional. Antes, esos sectores habían sido clave en los comicios locales de 1995 y 2001, así como los federales de los años 2000 y 2006, para darle el triunfo al albiazul en la capital poblana.

Ahora, la mitad de los indecisos parece estar inclinado a apoyar a la candidata del tricolor, Blanca Alcalá Ruiz; mientras que solamente uno de cada ocho votantes switcher le daría su respaldo a Antonio Sánchez y otro porcentaje, aunque marginal, se inclinaría por el aspirante del PT y ex edil de Puebla, Gabriel Hinojosa Rivero.

Este sector del electorado es fundamental, debido a que equivale a más de un tercio del universo de ciudadanos que acuden a las urnas. Son los que marcan la diferencia en cada elección, ya que son cambiantes en sus simpatías. Sin el sufragio de estas personas el Partido Acción N con su voto “duro” fácilmente podría ganarle acionalal Partido Revolucionario Institucional por una diferencia de entre un 10 y 15 por ciento.

La estrategia que siguió Antonio Sánchez Díaz de Rivera de utilizar el argumento de que el PRI “compró a todos”, como una manera de descalificar a las encuestas de chile, de dulce y de manteca que lo han ubicado como un candidato que se dirige a la derrota, es fundamentalmente para intentar rescatar cierto ánimo de los indecisos a favor de su causa. Pero el tiempo se agotó y solamente algo extraordinario –como fue en España un atentado terrorista en la estación Atocha del tren subterráneo– podría cambiar los escenarios de manera radical.

¿A qué se debió el fracaso del PAN? Más allá de lo que se ha evaluado acerca de los efectos de las políticas públicas del gobierno federal, los escándalos de corrupción de destacadas figuras panistas y la división interna en el albiazul, es fundamental detenerse en un aspecto todavía más relevante –por lo menos para los estrategas electorales– que es el de la imagen.

Blanca Alcalá Ruiz y Antonio Sánchez Díaz de Rivera comparten un conjunto de similitudes. Ambos son poco carismáticos. A lo largo de la campaña y en el debate quedó demostrado que les cuesta trabajo reír; son malos oradores, ya que sus discursos no despiertan poca emoción; además de que es pobre su lenguaje corporal y verbal. Mientras la priista siempre denota nerviosismo e inseguridad; al panista se le ve enojado y falso en sus intentos de acercarse a la gente.

Pero además, los dos, en términos generales, no son malos políticos desde el punto de vista de todos sus antecedentes. Ninguno de ellos tiene un pasado manchado por la corrupción, la violencia o decisiones equivocadas de gobierno. Y al mismo tiempo, no han estado envueltos en grandes polémicas por aspectos positivos o negativos.

La diferencia que hubo entre ellos es que con Blanca Alcalá se construyó “una candidata a la carta”. Atrás de ella hubo una estrategia de estudiar que tipo de imagen y de discurso que quería escuchar la gente, para que con base en esos resultados se diseñara su propaganda, se elaboraran sus participaciones en actos públicos y ante audiencias reducidas, y sobre todo se evitó que mostrara malas conductas o gestos ante la gente y la prensa. Como resultado de todo ese estudio, se explotó el tema de género.

Esa proyección se hizo fundamentalmente no para convencer a los priistas, sino a los indecisos. Y funcionó. A mucha gente la agradó la propuesta de llevar al poder a una mujer; que Puebla tenga su primera presidente municipal.

En cambio Antonio Sánchez pasó desapercibido. Simplemente eso. Pero a nivel de estrategias electorales es el peor pecado.

En ocasiones existen candidatos que son polémicos y eso los ayuda a ganar presencia, y obviamente votos, sin importar que se digan cosas malas de él. Una muestra es lo que pasó en Izúcar de Matamoros. Ahí el Partido Acción Nacional y el Partido de la Revolución Democrática se la pasaron atacando, cuestionando, al aspirante del Partido Revolucionario Institucional, Rubén Gil, a quien acusan de tener negros antecedentes. Más allá de que si son ciertas o falsas esas críticas, lo que acabaron haciendo fue popularizar al aspirante priista.

Hace un año pasaba lo mismo con Felipe Calderón, su lema de “Valor y pasión por México” no era nada atractivo, no despertaba ni la emoción de los panistas. Tuvieron que cambiar radicalmente sus estrategias, recurrir a la guerra sucia, al lenguaje agresivo o sonriente, dependiendo el escenario; que no pareciera un “don nadie”.

Con Antonio Sánchez su carácter necio y conservador lo llevó a no darse cuenta que estaba mal construida su imagen. Empezando por su frase de “Es hora de poner en orden a Puebla”. Mucha gente de inmediato asocia que cuando el Partido Acción Nacional gobernó, la ciudad no se caracterizó por estar en orden. ¿O que no acaso Luis Paredes mantuvo hecho un caos el zócalo y la avenida Juárez durante muchos meses por sus ideas local de obra pública?

En una elección local es fundamental la simpatía, los consensos, que despierta un aspirante junto con su partido; a diferencia de una contienda presidencial en donde pesan las propuestas y otros factores. Eso no lo tuvo en cuenta Sánchez Díaz de Rivera, quien al parecer se confió que el escándalo Marín-Cacho lo iba a catapultar.

Los panistas no tuvieron la inteligencia de medir el efecto del escándalo de la conjura para detener a la periodista Lydia Cacho. Si hubieran tenido el cuidado de analizar ese aspecto se hubieran percatado que ya no influye en el plano electoral. En la opinión de mucha gente el gobernador Mario Marín Torres ya pagó el costo de ese escándalo y no existen nuevos elementos para cuestionarlo, para que ese tema aumente el índice antipriista.

Si el caso Marín–Cacho hubiera caminado a otros derroteros, tal vez si hubiera influido en el plano electoral. Pero han sido los legisladores panistas los que han aplazado este asunto en el Congreso de la Unión.