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lunes 5 de noviembre de 2007

Tauromaquia

Toreo solidario

Alcalino

La internLos honorarios que cobró José Tomás por torear ayer en la México son los más altos que torero alguno, de cualquier nacionalidad, haya devengado jamás en el coso de Insurgentes. No tendrán el valor que tenían los 200 mil pesos que recibió Manolete por su mano a mano con Silverio en la segunda corrida de inauguración (16.02.46), pero en términos absolutos representan una cantidad –se habla de entre 350 y 500 mil dólares– que nadie hasta ayer había cobrado en México. Pues bien: el torero de Galapagar ha destinado íntegramente dichos honorarios a la causa del pueblo tabasqueño, masacrado no tanto por los elementos como por la total ausencia de un plan maestro –tanto preventivo como remedial– por parte de los dueños del país, igual de insensibles e irresponsables autoridades y beneficiarios del capitalismo salvaje por ellas tutelado.

Libre y generoso. Yo no encuentro mejor explicación al generoso ejemplo de JT que el hecho de que se trate precisamente de un torero. El más consciente, por cierto, de los valores éticos y estéticos de su oficio. Que antes que tributarios del lucro, la espectacularidad o el individualismo –tan propio éste del artista genuino–, lo son de la exaltación del sentimiento, el respeto a la naturaleza y el amor por la vida. Nada que ver, por supuesto, con la sospechosa simpleza de Eloy Cavazos al ofrecerse a torear un festival benéfico prodamnificados mientras agradece sus desvelos al señor presidente a nombre de todas y todos los mexicanos. Ni tampoco con Teletones y demás alardes de altruismo oportunista y ansioso de autopublicitarse, reflejo de un asistencialismo farisaico muy a tono con la decadencia moral del presente. No por nada manifestado en la realidad atroz del cambio climático y en el surgimiento simultáneo de una artificiosa oposición animalista a la fiesta de toros, que omite de manera rampante sus contenidos humanos y culturales más evidentes. Ésos que José Tomás ha puesto una vez más de relieve, al arriesgar noblemente su vida en ayuda del prójimo.

Calor de otoño, fiebre de invierno. Las grandes gestas de la tauromaquia tuvieron siempre en México el entorno gélido del avanzado otoño o el naciente invierno. Precisamente el tiempo en que la cultura mexicana se reproduce a sí misma con más esmerado cariño, y cuando mejor expresa su intensa singularidad, ya se trate de las fiestas de Muertos, Posadas, Navidad o Reyes, ya de conmemorar efemérides civiles cargadas de significado, como la Revolución o esa Constitución ya casi irreconocible que dicho movimiento libertario nos legara. Allí, entre principios de noviembre y mediados de marzo, se encierran los hechos más notables y los recuerdos más entrañables de nuestra tauromaquia. Y esta vez, contra viento y marea –o contra huracanes e inundaciones, dicho sea con todo el dolor que el momento amerita–, la temporada mexicana está arribando con ímpetus renovadores. Como si quisiera volver por los fueros que el viejo rito hispano adquirió aquí a lo largo del extinto siglo XX.

Tlaxcala era una fiesta. Lo de la suelta callejera de los encierros irritó a algunos –manifestantes antitaurinos aprovecharon para levantar sus pancartas, aunque sin la agresividad de otros sitios– y entretuvo a los más, si bien la parafernalia parece por ahora muy superior al interés real del ciudadano. Y por la tarde a la plaza, ese escenario tan íntimamente torero del que tantas alabanzas se han cantado. A pesar de lo cual nunca logró posicionarse como sede auténtica del sentir y el saber taurinos propios del primer estado ganadero de bravo del país, por culpa de un público tan entusiasta como consentidor. Por ahora, lo mejor ha sido ver esos tendidos de nuevo llenos y expectantes. Y lo peor, comprobar que, en tierra de toros bravos, bravura y trapío se nos sigan presentando como bienes escasos.

Apoteosis del Pana. Llegado el momento de decir adiós a los tlaxcaltecas, César Rincón se dirigió a Rodolfo para brindarle la muerte del quinto toro de García Méndez. El de Apizaco seguía demudado y con la respiración entrecortada tras su apoteosis del toro anterior. Se llamaba “Tahonero” y el clamor popular lo indultó, luego de enronquecer y enloquecer con las cosas de El Pana. Ese torero capaz de pasar de lo sublime a lo estrambótico vertiginosamente, sin escalas en la cordura ni concesiones a la arquitectura de la obra y la pulcritud del arte de torear. Aunque a esto último sí, a veces, tan por sorpresa como todo lo que hace y dice con su personalísimo hacer. Que no es tanto hacer como comunicar. Y no tanto comunicar como comprometerse a fondo con el actor que Rodolfo lleva dentro, y que en ocasiones como ésta le sale a borbotones sin el menor apego a taurina ortodoxia. Si esa sucesión de chispazos del Brujo de Apizaco de nuevo sacó de quicio a la gente y le ganó el indulto al nobilísimo “Tahonero”, que sea Rincón y no yo quien se pronuncie. Y el maestro de Bogotá lo hizo a través de un brindis que se adivinaba profundamente conmovido. Antes, había dado cátedra de toreo a la verónica. Después, no encontró toros para más. Como si lo tuvo José Mauricio en el noble tercero, al que desorejó por una faena de excelente corte.

Más frío que emociones. La Corrida del Día de Muertos se hizo eterna, con reses de pacotilla y toreros con poca chispa. Profesional El Zotoluco, afanoso Ortega, superficial El Cejas y pinturero Víctor Mora, fue éste quien levantó la cosecha más generosa (oreja por toro, contra un solo apéndice para Macías y Rafael, el de éste bastante protestado). Pero, en realidad, no se vio nada. Imposible, con aquel ganado, seis de Boquilla del Carmen y dos un poco menos malos de Marco Garfias, que por quién sabe que extraños designios cateron ambos en el lote de Eulalio.

Arrollador Joselito. Mientras la empresa de la México sigue deshojando la margarita, Joselito Adame fue el miércoles a Monterrey (orejas y rabo) y se presentó el sábado ante sus paisanos en la Monumental de Aguascalientes (un rabo más). En ambas corridas salió también en hombros Hermoso de Mendoza, y en la Sultana se presentó Alejandro Talavante, sensación española del año, quien asimismo triunfó. Pero no hay caso: rabos marcan diferencia, y éstos los está cortando sin parar el diminuto adolescente hidrocálido. Ojalá que la ceguera empresarial cese y lo podamos ver pronto.