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martes 16 de octubre de 2007

OPINIÓN

Una pérdida irreparable

Carlos Meza Viveros

“Una mujer superior es modesta en el hablar, pero abundante en el obrar”.
Confucio. (551-479 a.C.).
Filósofo y teórico social chino.

Hace aproximadamente un mes tuve la grata oportunidad de charlar por teléfono con doña Ángeles Espinosa Rugarcía, lo que también hice con su hijo Manolo, a quienes permanente les viviré agradecido por cuestiones muy personales y especiales que trascendieron en la salud de mi pequeño Carlos.

A doña Ángeles tuve el privilegio de conocerla en el gobierno de Manuel Bartlett Díaz cuando gestionábamos ante la Sedesol un acuerdo de destino gestionado en el gobierno de don Guillermo Jiménez Morales y que lamentablemente no se había concretado. El actual consejero jurídico, Ricardo Velásquez, y el que esto escribe materializamos en 1994 finalmente el tan anhelado acuerdo que posibilitó transmitir “La Casona” que hoy forma una parte de lo que es la Museo Amparo con una serie de cargas económicas de rescate, remodelación menester para consolidar un proyecto que sólo dona Ángeles podía lograr para beneplácito de la cultura poblana y por que no decirlo de la cultura internacional “El Museo Amparo”, en honor a su señora madre.

A partir de entonces surgió una relación no sólo oficial sino personal y emotiva y de sincero afecto al grado de que gracias a ella hoy mi pequeño Carlos ha salido avante en su salud cuando las esperanzas que los médicos me daban eran fatales.

Conocí a la empresaria, tenaz, inteligente, incansable, conocí a la madre amorosa incondicional, pero también conocí a la mujer culta y preocupada por todos los problemas sociales, basta con recordar sus obras y su desinteresada actitud frente al reconocimiento cuando participaba de las políticas públicas, en los desastres naturales, en los proyectos de rescate de nuestra historia, de nuestra cultura y de nuestras raíces a través de infinidad de apoyos que pocas personas conocieron y que sin embargo sin ejemplo vivo e inmutable de sus acciones porque no era proclive ni le satisfacían los reconocimientos públicos ni propalar su participación en todos estos temas.

Tuve también la gran fortuna de charlar personalmente con ella en su casa de la ciudad de México y en sus oficinas del Museo Amparo, de ser su abogado en causas justas y de atender algunas encomiendas eminentemente sociales, siempre generosa, adusta y a la vez frágil y sentimental con la pobreza de nuestra gente en zonas marginadas, sentimental y emotiva también con los problemas de sus trabajadores más cercanos a quienes apoyó sin cortapisas y sin pedir nada a cambio.

Principalmente conocí a la madre afable, cariñosa y con una gran fortaleza para resistir los avatares que la vida le impuso en circunstancias verdaderamente dolorosas por la pérdida irreparable de sus seres más cercanos y queridos, Ángeles Espinosa nunca cuestionaba su apoyo para quienes lo necesitaban cuando con ello se beneficiaban miles de poblanos en la Mixteca, en la Sierra Negra, esa era doña Ángeles Espinosa. Siempre prefirió dar a recibir y con ello se sentía satisfecha; mujer de un gran intelecto y gran visionaria, promotora de la cultura, creadora de infinidad de proyectos que trascendieron a la cultura de este país con sus obras y sus acciones.

Dona Ángeles Espinosa había logrado vencer en dos ocasiones a una serie de padecimientos en su salud gracias a sus ganas de vivir lamentablemente para todos los que la conocimos de cerca, la tratamos y vivimos su obra su deceso representa una pérdida irreparable que duele, que cala hondo como el viento del erial.

Sus hijos con quien tuve oportunidad de hacer amistad y hacer que ésta creciera hasta el afecto fraterno nunca la defraudaron, por el contrario, aprendieron de ella la honestidad, la sencillez la humildad y el don del desprendimiento cuando con ello se beneficiaba una causa noble.

Recuerdo muy bien a doña Ángeles homenajeando a quien ella consideraba merecía ese privilegio, y así lo hizo con el desaparecido Juan Soriano, pintor y escultor y orgullo nacional de éste nuestro México hoy desaparecido, a Xochitl Gálvez por su labor en favor del indígena otorgándoles el Premio “Pericles” por citar algunos ejemplos siempre apartada y molesta con la adulación fácil y comprometida, sincera y bondadosa con quienes necesitaban su apoyo, firme e implacable con los abusadores del indefenso, leal a sus convicciones, congruente con sus acciones. Ésa era doña Ángeles Espinosa, a quienes muchos, como el que suscribe, lamentaremos de manera abierta y en silencio por su irreparable pérdida.

Para sus hijos, todos mi más sentido y sincero pesar, para el futuro de puebla una pausa de orfandad por la temporal ausencia de sus obras y acciones en favor de los poblanos porque el legado que nos deja a todos y principalmente a sus hijos seguramente continuará, también porque la raíz que ella fue y que produjo en sus hijos los frutos de su estirpe material, genética y principalmente humana de seguro continuarán.

Que descanse en paz la Ángeles Espinosa de todos nosotros. ¡De la Puebla de los Ángeles!.