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Puebla > Cultura
viernes 28 de septiembre de 2007

OPINIÓN

Crónica de una fiesta a San Miguel arcángel

Víctor Hugo Valencia Valera

Parecía un domingo de cualquier fin de semana que también marca el término de una jornada de trabajo y la culminación de los días que nos van señalando el tiempo. Pero ahora, no era un domingo cualquiera, era un domingo 29 de septiembre y éste día “es grande” para la comunidad de Zozocolco de Hidalgo, Veracruz y su región (municipio del Totonacapan colindante a la Sierra Norte de Puebla), es el día que se le celebra al protector de este pueblo de laja, teja y verdor, es el día de San Miguel arcángel y de todos los Migueles y Ángeles que ha dado esta tierra, como rincón del mundo para proteger.

Todo el pueblo desde muy temprano vivía la fiesta con sus calles empedradas, llenas de un comercio con tinglados y manteados que su orden se lo daban sólo los espacios que cada quien necesitaba para ofrecer al “marchante”, desde los dulces traídos de Jonotla hasta la venta con medidas del “ un almud” o “un cuartillo” de chiles, ejotes y cacahuetes, con los cortes de tela que sólo aquí se venden, porque sus colores de verdad son para los gustos que sólo aquí se aprecian, por la intensidad de los mismos, como compartiendo con la intensidad de la naturaleza que los rodea; pareciera que la ropa de las mujeres totonacas es para competir con el verde de los limones, el amarillo de las naranjas, el rojo de las granadas o el café del chicozapote; sí, sus colores son de esta tierra y para ellos mismos.


El 29 de septiembre la comunidad de Zozocolco de Hidalgo, Veracruz, y su región (municipio del Totonacapan, colindante con la Sierra Norte de Puebla) celebra al protector de este pueblo, San Miguel arcángel. Arriba, personas vestidas de huehues, negritos y de san Miguel arcángel. Abajo, lugareño con la vestimenta tradicional utilizada para la celebración

Por eso este domingo era de fiesta en Zozocolco; por eso su iglesia se mostraba orgullosa y alegre y más altiva que cualquier otro día, con sus dos torres como eternos vigilantes de todos los caminos que llevan a este pueblo, en donde la blancura de las ropas totonacas de los hombres juega con los colores de sus mujeres vestidas y adornadas en verdes chillantes, rosados fuertes, naranjas intensos o tornasoles morados y azules con miles de brillos y chispazos que salen de los collares y aretes de color o al albazo de una sonrisa con un diente de oro o plateado para brindarse sin pedirlo.

Este domingo, Zozocolco, desde muy temprano, se empezó a llenar en sus calles, casas y changarros de amigos, paisanos y visitantes que llegaban tanto de pueblos cercanos –como Coxquihui, Chumatlán, Coyutla, Filomeno Mata, Zozocolco de Guerrero, Tecuantepec, Veracruz–; de la frontera con Puebla, –como Jonotla, Cuetzalan, Xocoyolo, Tuzamapan– y claro que desde la ciudad de México y de uno que otro que desde los Estados Unidos vino a cumplir con la promesa o “manda” que hizo a San Miguel, a sus papás o a la novia que casi perdía si hoy no se presentaba. Sí, toda la paisanada llegó y los que no, desde sus exilios también tenían presente este día, en añoranza al terruño y compensando esa nostalgia con la plática al hijo, nieto o amigo, con la promesa de que el próximo año lo invitará a esta su tierra, la de sus padres, de sus abuelos o de su querencia.

Y los que una necesidad o gusto obligado los hace radicar en este pueblecito de la sierra papanteca, también se prepararon para recibir a los parientes, hijos, amigos de los hijos y uno que otro futuro yerno o nuera que se vino en la bola con el pretexto de que era día de fiesta en su pueblo, el pueblo de sus padres. El molito de olla o “chilpozontli”, los chicharrones de puerco y de res, los cueritos saliendo de la paila con la manteca hirviendo y en más de una casa un buen mole de guajolote o de gallina o gallo viejo, debe de haber sido el mejor pretexto para festejar, el gusto de agasajar a don San Miguel arcángel y asegurar así que no deje su espada protectora para este su pueblo que se brinda.

La mayordomía para las velas y las danzas estuvo lista y cumpliendo con el compromiso desde muchos días antes de que llegara la víspera de ese 29 de septiembre. Todo estaba listo, y muy temprano llegaron en desfile las largas filas de cera que adornadas en filigrana y con el sello de su autor y de quien la encargó; era una marcha solemne y al mismo tiempo alegre y viva por el orgullo de cumplir y llevarla hasta la iglesia para que en sus pedestales alumbren y adornen el espacio donde San Miguel ajuariado con enredadera de vainilla descansa y vigila para todos los que viven en este pueblo y su región.

“Los huehues”, “los negritos”, los “san Miguel arcángeles”, danzando y bailando con más de tres grupos de huapangueros, van adelante y atrás de esa procesión de velas para que no se acabe el ritmo, para que vibren y prendan con mucha fuerza esa luz de cirio elegante que obliga esta fiesta, en donde no se escatima en gustos para el color y la magia que les da el placer de brindarse por su santo patrón.

Poco a poco se va llenando el atrio y su plaza, pareciera que se ensancha para por la escalinata recibir un torrente humano que sólo lleva el deseo de cumplir y estar muy cerca de don Miguel arcángel, para enseñarle sus velas, su danza y la oración que tenía prometida para éste día, que no se repite nunca más, sino se recrea cada año, como si fuera la última vez que se fuera a visitar para verlo siempre y así, no tener miedo ni al pasado ni al porvenir que él destine para su pueblo.

La música y acordes de la huapanguera y el violín con su sello inconfundible de esta región “huasteca–totonaca”, alternando con el tambor y la flauta, dan la pauta y ritmo para que los danzantes en sus trajes de “negritos”, “huehues” o “arcángeles” con sus plumajes de colores y con sus alas, giren y muestren esa magia que se brinda como un gran mosaico vivo y cambiante que derrocha color y energía para su santo patrón, sin ningún disimulo de cansancio, pero gastando litros de sudor como muestra indeleble de que se vive todo el año para brindarse todo en un solo día.

Cuando ya el párroco anuncia el término de la misa de la tarde y las velas ya están muy bien ubicadas en la nave de la iglesia, gran parte del pueblo acomodado en toda la plaza y escalinatas del atrio, está esperando que el payaso y el perro que acompañan a los “huehues” inicien y provoquen que suban los “chencheres” (pájaros carpinteros) y no descansen hasta que su picoteo rompa el otate y salgan las banderas, y luego suba el tejón para que sea el mejor “blanco de tiro” al que pueda disparar el payaso como ejemplo del mejor cazador de ésta región, para que la fiesta tenga su culminación en una gran corretiza que provoca la caída del tejón.

Cuando ya los “negritos” y los “huehues” inician la retirada con el gusto y placer que dá el haber cumplido, sólo se quedan los “arcángeles” terrenales en prolongado duelo con el diablo que a vuelta y brinco no acepta perder la batalla, y sin embargo poco a poco las espadas y las alas de estos “arcángeles” van dominando y llevando al suelo al diablo con toda su malévola figura y como muestra de que éste pueblo aún tiene protectores.

Así, este pueblo de Zozocolco, en un día brinda su fervor y su orgullo para su protector que se aposentó en esta iglesia como fiel guardián de sus días, de sus años y de sus vidas, y de los gustos y pretextos de su alegría que el aguardiente, la cerveza y uno que otro ron, hacen bailar y disfrutar del huapango como si no hubiera un mañana para vivir como hoy, junto al olor de la vainilla, el cedro y de la pimienta que también se ofrecen para compartir el sello de éste pueblo de los cántaros y los Migueles.