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Puebla > Cultura
miércoles 22 de agosto de 2007

MEDIEROS
desde los comunicadores



Carta a los lectores de La Catarina

Estimados lectores de La Catarina:

La Excatarina es una publicación independiente de La Catarina, ningún miembro participó en el contenido o distribución de esa publicación. Sus autores y el Departamento de Seguridad de la UDLA pueden corroborarlo.

La Catarina no saldrá publicada hoy por las siguientes razones:

Los colaboradores planeamos un número de verano que saldría el miércoles 13 de junio. Dos días antes de la publicación, el secretario general de la UDLA, Miguel Pérez Maldonado, le informó a la editora que La Catarina no podía publicarse sin aprobación de las autoridades porque su nombre y logotipo son propiedad de la universidad. Dijo que utilizarlos sería objeto de demanda. Pérez Maldonado explicó que nuestra editora tendría que reunirse con el presidente del Consejo Estudiantil, el abogado general y el profesor asesor para reestructurar la normatividad del periódico. El entonces presidente del Consejo Estudiantil, Javier Torre, el abogado y el profesor asesor, José Prats, coincidieron en que La Catarina tenía que acatar el Código de Ética de la UDLA por encima de los Estatutos Generales del periódico.

Los miembros de La Catarina nos reunimos durante seis semanas con las autoridades para tratar este tema. En la última junta de Verano, el Consejo Editorial preguntó qué notas permitiría la administración si el semanario debía obedecer el artículo XIX del Código de Ética: “La permanente aplicación de actividades informativas y de difusión debe contribuir a fortalecer y beneficiar la imagen institucional, respetando lo indicado en el punto X relativo al Manejo de la Información y Documentación. Para ello es importante transmitir a la opinión pública, a los medios de comunicación y a la Comunidad Universitaria, la imagen de una Institución de prestigio, sólida, cohesionada, plural y abierta al diálogo y a la crítica constructiva. Todos los miembros de la Comunidad Universitaria poseen total libertad de pensamiento y expresión. Sin embargo, bajo ninguna circunstancia se denigrará a la Institución. Las declaraciones públicas deberán ser consistentes con los valores de la Universidad que se mencionan en el presente Código”.

El Consejo Editorial también expresó su preocupación por las sanciones que el Código podría imponer a quienes declararan para La Catarina.

La editora mostró algunos números del semanario para que los presentes indicaran con base en ejemplos concretos, qué tipo de notas, editoriales y columnas ya no podrían publicarse. No hubo una respuesta sobre lo permisible dentro de La Catarina.

Ante esta situación, los miembros del periódico solicitamos al abogado una garantía de que no se volvería a frenar la publicación, que no se impediría informar sobre los sucesos de la UDLA y que no se tomarían represalias contra quienes declararan para el semanario.

Convenimos en que comenzaríamos a trabajar en el primer número del semestre mientras obteníamos una respuesta de las autoridades. El equipo trabajó en el número desde el lunes 13. El viernes 17, el abogado nos informó que la garantía no era posible.

Tres días antes, José Prats designó editor de La Catarina a un estudiante de Relaciones Internacionales y le pidió que formara un nuevo equipo de reporteros, para publicar un número el 22 de agosto sin el conocimiento del equipo actual. El lunes 20 de agosto, Prats aseguró que las autoridades no garantizarían por escrito la libertad de expresión que solicitamos.

Ante esta situación, los colaboradores de La Catarina no publicaremos el semanario hasta que las autoridades de la universidad garanticen un documento para que podamos informar sobre cualquier suceso. Además pedimos garantías para que quienes declaren para La Catarina no sufran represalias.

Atentamente,
El equipo editorial



Comunicado

Anónimo

A ti que nos leías:

Nos mintieron. Cuando nos pararon la imprenta, callamos. Cuando nos quitaron la oficina, cargamos fuera nuestro trabajo, nuestras historias y la de un amigo muerto. Lloramos de pie, peleamos la guerra de los ideales. Ganamos. Fue un malentendido, dijeron. Son importantes y los respetamos, aseguraron mirándonos a los ojos, contagiándonos la sonrisa. Ojerosos y huérfanos de oficina, encendimos las imprentas de nuevo.

De vuelta en el campus, mientras repartíamos de nuevo esa Catarina que nunca debió dejar de circular, saliste de todos lados, nos abrazaste y reímos juntos nuestra victoria. Ese día de reencuentro, la casi pérdida nos reveló lo importantes que somos el uno para el otro. Sin embargo, habíamos dejado ya una espina clavada en el costado de aquellos que, a excepción del cierre de La Catarina, habían visto cada capricho autoritario irrevocablemente cumplido en la universidad.

Nos subestimaron. Levantaron su millonaria voz para humillarnos frente al país. La verdad de repente fue etiquetada como una mentira. Divorciaron un matrimonio de siete años entre nuestra Catarina y tus verdades. La UDLA desconocida, ésa que se oculta detrás de los comunicados institucionales, ésa que tú y yo descubríamos cada miércoles, fue censurada por no ser comercial. Nos mintieron, y para aquéllos como nosotros y como tú, que rendimos culto a la verdad, la mentira es la bala que mata.

Te mintieron. La verdad se diluyó y se abrieron paso a puñetazos. Te engañaron con su ética adulterada. Confiaste en la prosa de ruptura, la poesía de exiliado y su promesa de universidad. Todos la acariciaron, la besaron y aprendieron a quererla de una manera tan perfecta que la cobardía no cupo cuando tuvieron que defenderla, aunque lo llamaran grilla, complot, insurrección, golpismo. Te mintieron, por algo somos prójimos.

Nos encadenaron las manos y las páginas, nos cortaron la lengua y la dignidad. Nos hicieron mejores. Esa Catarina amante continuó enseñando entre las aulas vigiladas, conviviendo con maestros fantasmas y desayunando la amenaza constante. Nos siguió enseñando. Obligó a liberarnos en las palabras y a bastarnos de la verdad para pronunciarnos. La última escuela libre continuaba con vida. Tuvieron que matarla.

Y llegado a este punto, al final de todas las cosas, sólo nos queda pedirte perdón. Se acabó. La mataron y no pudimos hacer nada. Esta vez no hubo lucha insomne. Perdón porque no lo vimos. Perdón porque confiamos en aquellos en los que no se debe confiar. En ti, sólo en ti, habíamos confiado, y cuando nos sentamos en aquella carísima mesa a negociar nuestra libertad en un acto de irresponsable confianza en el mentiroso, te dimos la espalda. La libertad no se negocia, ni la nuestra ni la tuya. Y las negociamos ambas. Y ambas nos las quitaron. Vimos demasiado tarde la estocada que preparaban a nuestra espalda mientras de frente nos entretenían con un espectáculo de marionetas. ¡Perdón! La mataron y ahora sólo queda una quimera, otro títere para la colección. Perdónanos, porque nuestra muerte no se pudo llevar nuestra culpa.

Sin embargo, con el avance de la historia, cuando el pensamiento de alguien nos convierta en recuerdo, la huella más profunda no pertenecerá al capricho de las autoridades que predican libertad de expresión y se niegan a garantizarla. Será el recuerdo de nuestra historia, tu historia y la de tu vida contada desde la nuestra.

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