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lunes 25 de junio de 2007

TAUROMAQUIA

Tomás y Morante: la cumbre y el abismo

Alcalino

El suceso taurino del siglo XXI sacudió Barcelona, conmocionó al planeta Tauro, se metió en las páginas de la prensa internacional y recaló en las Cortes Españolas, en donde mientras un congresal del PP saludaba con júbilo la apoteósica vuelta a los ruedos del enigmático torero de Galapagar, otro de izquierda catalana le replicó exigiendo a gritos la supresión de las corridas de toros, que la ministra de Cultura Carmen Calvo –presente la memorable tarde del domingo 17 en la Monumental barcelonesa– acababa de considerar una expresión artística e identitaria de primer orden. Por cierto que horas antes del festejo, un numeroso grupo de animalistas enardecidos había marchado hacia la plaza enarbolando pancartas y profiriendo insultos contra los asistentes a la reaparición del Maestro que, presas de su particular éxtasis y bien resguardados por los gendarmes, ningún caso les hicieron. Entonces, los manifestantes se dieron a la tarea de romper carteles y discos de Sabina y Serrat, otros dos asistentes ilustres a la epopeya tomasista.

Astucia y grandeza. El retorno del mítico torero estuvo perfectamente planeado. En la plaza que más lo veneró, a salvo por tanto de exigencias desorbitadas. Con un encierro de Núñez del Cuvillo de muy cuidada nota y apropiada presencia. Encartelado en una terna donde sobresalía la clase más que el excesivo empuje de los alternantes, y envuelto por el calor de un público llegado de los cuatro puntos cardinales con el mejor ánimo de sumarse a la fiesta, el resultado sólo podía ser triunfal. Que tan favorables circunstancias no hayan degenerado en artificioso triunfalismo es un mérito más a cuenta de la legendaria grandeza de José Tomás, que asistió imperturbable a su propia apoteosis, a la que fue dando forma sin escatimar un ápice de entrega.

Peor que perfecto. Como era obvio tras cinco años de ausencia, no alcanzó al reaparecer el nivel cumbre de sus momentos estelares. Incluso, la espada estuvo a punto de traicionarlo, cayendo demasiado baja en las dos ocasiones. Pero la manera de hacer la estatua al quitar por gaoneras y chicuelinas, el aire impertérrito de sus ayudados de inicio de faena y las manoletinas finales, el cruzarse al pitón contrario para traerse las nobles embestidas y acompañarlas con desmayo, a rastras la muleta y el juego de cintura idéntico al de sus mejores días, prefiguran un José Tomás en plena posesión de sus legendarias facultades espirituales y toreras, que en cuanto se asiente y recupere el sitio que tuvo va a cuajar faenas y tardes memorables, además de darle una buena sacudida al escalafón. Un escalafón que se presenta hoy día bastante más fuerte y nutrido que cuando el madrileño se fue, al cabo de la temporada 2002. Y como nunca gustó de apuestas fáciles, esta dificultad añadida sin duda le servirá de estímulo. A él y a los demás gallos de la baraja actual. Pues ya ven que incluso Cayetano se creció ante la presencia del Maestro, y terminó acompañándolo en la salida en hombros por la Puerta Grande, luego de superarlo en corte de apéndices a razón de cuatro orejas contra tres del de Galapagar, que le había tumbado una a “Laborioso” y duplicó el premio a la muerte de “Pitiminí”, un quinto toro que, contrariando el viejo adagio, se resistía a embestir.

Punto de reflexión. El jueves, JT fue a Alicante, con Ponce y un encierro chico y soso de Garcigrande. Por personalidad, borró al valenciano –que incluso tuvo que ponerse de rodillas para llamar la atención. Pero sus faenas, sin toros, supieron a poco. Y la tarde transcurrió sin triunfos y hasta con drama final, pues un portero resultó gravemente herido al escapar el sexto de la tarde hacia el patio de caballos. Y ya se dice por España que con el valenciano de alternante, la blandura del ganado está garantizada. Y eso a quien menos puede convenirle es a José Tomás.

Hamletiana. Morante volvió a desmoronarse por dentro. Algo malo indicaban ya cierto descuido físico, su reciente rompimiento con Paula y su oscilante actitud a lo largo de la temporada, donde incluso sus triunfos in extremis de Sevilla y Madrid chorrearon un arte salteado de intermitencias, sin la frescura y redondez de sus grandes tardes de hace uno y dos años. Y era que algo abismal –oscuro, misterioso– estaba adueñándose del espíritu del genial artista de la Puebla. Una pena. Porque la fiesta necesita más que nunca un torero de ese corte. Porque su presencia al lado de los ases era un contrapunto imprescindible para la fiesta. Y porque pensar en un soñado mano a mano con José Tomás constituía un toque utópico y mágico que agregar a la intriga de la gran temporada 2007.