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Puebla
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viernes 25 de mayo de 2007 |
La dificultad de trabajar en las esquinas: dos migrantes de Atlixco cuentan su historiaMiguel Ángel Domínguez RíosAtlixco–De Atlixco a Nueva York existe ruta abierta. Es camino seguro, dicen los miles de migrantes, para garantizar a la familia una mejor vida que no encontraron aquí en este municipio lleno de contrastes. En menos de diez años, los oriundos de esta franja de Puebla conquistaron –vale el término– ese territorio norteamericano, coinciden especialistas. La anterior es una de las muchas explicaciones del porque los hombres, mujeres y niños atlixcenceses que continúan la acometida, en el itinerario de nuevas tierras y más billetes verdes, hacía arriba de la isla neuyorquina, rumbo a Canadá. La primera parada en esta dirección es Nueva Jersey. Adentro está Reedbank, convertido en uno de los muchos satélites poblacionales de Nueva York. El condado está inundado por gente de esta patria chica. Desde el aeropuerto John F. Kennedy basta tomar el tren para salir de la urbe de hierro y después de casi una hora comienza a aparecer la tranquilidad de algo muy parecido a las estampas campiranas de la provincia en nuestro país. Árboles, áreas verdes, casas perfectamente distribuidas y tranquilidad. Entre migrantes con pudor Son exactamente las nueve de la mañana. Es domingo y la vida rutinaria es de mayor pasividad en este condado de Reebank. La mirada de Jorge y de su cuñado (y compañero de vivienda) quedó detenida en esa lujosa camioneta roja último modelo. Del borde de la esquina uno de ellos logra avanzar varios pasos hasta llegar a la ventanilla de donde segundos antes una mano blanca de piel colgada y con manchas cafés salió para llamarlos. Es un cliente. Pasan varios minutos de negociación y únicamente puede observarse muecas y gestos. De repente, el cuñado dejó la plática y regresó para dar el aviso. –Son dos viejitos.... Bueno, no tan viejos, y quieren un par de personas. Una para cortar el pasto del jardín y otra para tirar la barda de un garaje; ¿tú dices? –¿Y cuánto? –Depende el tiempo en terminar. –Puede ser... Media hora después comienza la chamba. El jardín de la mansión de la familia O’ conors es infinito. Mide casi la mitad de una cancha de fútbol. El resto de espacio es ocupado por la piscina lujosa. La barda es muy alta. Mide casi dos metros para arriba y cerca de 10 hacia los lados. Estorba, y por eso alguien debe tirarla. Para eso la pareja de norteamericanos buscó en las esquinas mano de obra. Y encontraron rápido. Son piadosos los hombres blancos y arrugados. Rayan en la amabilidad y en la cortesía. Es muy extraño encontrar ese comportamiento, sobre todo en los términos laborales aceptados, cuentan nuestros paisanos. Eso, dicen, es buena suerte y tener un buen día. Los primeros 90 minutos de esfuerzo bajo el sol colman de calor la cabeza y el cuerpo. La cerveza Budweiser fría regalada por la pareja de ancianos detienen las ansias de descanso. Mientras la fuerza trabaja sobre la cortadora de pasto y el marro, la mente vuela hasta la tierra de origen, Atlixco, y sirve para hacer circular el tiempo con menos densidad. Así termina todo. El forraje quedó verde y cortito y de la barda no existe rastro alguno. Tiempo de estirar la mano y de subir a la camioneta para retornar a ese mismo lugar, a esa misma esquina. Pago por tres horas de esfuerzos: 250 dólares a cada uno. Es decir, 2 mil 600 pesos. Dinero extra destinado a pagar la renta, la comida y pocos regalos. El otro recurso económico, el ganado en el restaurante, es para transferirlo a casa, a Atlixco. _¿Siempre es así, siempre tienen buena suerte con quienes los contratan? _¡No, para nada¡ es como todo, hay gente mala y buena. Debes atender a tú instinto, a las corazonadas, a los latidos, a los presentimientos y atinarle para decirle no a quien crees que viene con otras intenciones, respondió Jorge. –¿Cuál es el peor escenario? –No sé... pero hay quienes cuentan que a los paisanos los engañan con algo y tras tomar rumbo desconocido, la gente interesada en nuestros servicios se transforma. Pide desde servicios sexuales, igual hombres y mujeres, o terminan trabajando casi todo el día y después no quieren pagarte. ¿Y puedes hacer algo?, ¡no¡ Sí llegas a ponerte pendejo, llaman a la patrulla, refutó el cuñado –Pero es un dinero más cuando como hoy, todo sale bien... –Sí... únicamente debes pararte en la esquina, como puta, aunque tengas pena y miedo. Pero eso pasa a segundo termino cuando el bolsillo recibe billetes. La primera vez siempre causa temor, pero no queda otra, expone Jorge. Es tiempo de trabajar. En su tierra, la esposa y el hijo –a quien dejó hace dos años y medio de tres meses de edad– esperan, además del pronto regreso de este hombre moreno y ex futbolista profesional, la llegada de los avisos por teléfono: “ya está el giro, corre a cobrarlo”. Ambas partes, migrantes, servidores y clientes americanos conocen bien los sitios, los precios y los riesgos. Contratar personas en la calle, a quien por primera vez conocen y además son ilegales, –todos saben eso– o subirse a la camioneta o auto de alguien totalmente desconocido es un volado. “¿Quién debe confiar en quién?, o ¿quién debe desconfiar en quién? A pesar de todo, apostamos a la buena fe”, refuta Mauro, el cuñado. Aunque, platicaron a La Jornada de Oriente, existen relatos y versiones confirmadas de paisanos cuya suerte es una advertencia. “La despedida entre ellos, entre mexicanos, luego de aceptar el ofrecimiento de trabajo en las esquinas puede resultar la última imagen de algunos. Jamás regresaron, jamas supimos algo más de sus vidas, nunca los volvimos a ver”, lamentaron. Pero estas dificultades no tiene fecha de caducidad. Y para igual número de migrantes apostados en las esquinas de la periferia de este condado en busca de algunos dólares más, existe igual cantidad de personas dispuestos a pagarlos, refieren. |