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Puebla > Cultura
viernes 25 de mayo de 2007

CINE

En el este del mundo, y sobre Alemania del este

Alfredo Naime


Al otro lado del mundo, adaptada y actuada en el tono exacto de intimismo se hace un drama de altos vuelos, apoyado por la fotografía de Stuart Dryburgh y por la partitura de Alexandre Desplat

Estrenó aquí Piratas del Caribe: en el fin del mundo, a la que por “economía” todos se referirán como Piratas del Caribe 3. Pero llegan, mejor dicho, como Gandallas del Caribe, porque acaparan prácticamente una de cada dos pantallas comerciales que hay en Puebla. Así, Jack Sparrow se ubica como más que Peter Parker, con sus triquiñuelas y mapas como más atractivos que las telarañas de éste, tan atribulado como está por una nueva negrura que sólo le causa desencuentros. Pero a ojos de casi todo cinéfilo varón, la gran ventaja de Piratas... sobre El hombre araña 3 radica de fondo en algo muy distinto: en la luminosa y vital presencia de Keira Knightley –como Elizabeth Swann– sobre aquella, más de comparsa, de Kirsten Dunst como Mary Jane Watson. Y es que la hermosa Knightley es en automático un abusivo plus para cualquiera de sus películas.

Pero he aquí que lo mejor de la cartelera no está en el fin del mundo, sino Al otro lado del mundo; y tal vez más en Las vidas de otros que en meras aventuras de piratas. De estas dos películas ya se ha hablado aquí contextualmente, pero vale la pena hacerlo ahora para valorarlas. Al otro lado del mundo (The painted veil), de John Curran a partir de la novela de W. Sommerset Maugham, es un filme de enorme belleza, capaz de una rara serenidad a pesar de ubicarse entre encrucijadas y conflictos (íntimos, sociales, coyunturales e históricos). Es la década de los 20 del siglo pasado: Kitty (Naomi Watts) se casa –sin estar enamorada, por presiones familiares y de clase– con el Dr. Walter Fane (Edward Norton), a quien pronto le es infiel, en Shanghai, con un diplomático. Descubierto el affaire, el médico se ofrece para ayudar en una remota región de la China rural devastada por una asesina epidemia de cólera. En ello radica su venganza: Kitty, acorralada, deberá acompañarle para perderse entre el aburrimiento, los inminentes riesgos de la epidemia y el rencor y la indiferencia de una relación marital que no existe. Pero justo en esa atmósfera innegablemente infértil –y “al otro lado del mundo”, donde late además la semilla de una revolución política– florecerá la conciencia y aparecerán el sentido y el reencuentro. Y de ahí se harán acto el milagro de la redención y el amor. Así, Al otro lado del mundo, adaptada y actuada en el tono exacto de intimismo –prevaleciente a pesar del angustioso contexto colectivo– se hace un drama de altos vuelos, muy apoyado por la fotografía de Stuart Dryburgh y por la partitura de Alexandre Desplat. Es a fin de cuentas una historia de amor (¡quién lo hubiera pensado!) que nadie debe perderse.

Por su parte, Las vidas de otros, ganadora del Oscar 2006 a mejor film en lengua extranjera, no le viene a la zaga. Se ubica en Alemania Oriental en 1984, cuando la temida Stasi –la policía secreta– vigilaba rigurosa y clandestinamente a cualquiera sospechoso de desaprobar el régimen. Justo el caso del dramaturgo Georg Dreyman (Sebastian Koch), cuya pareja, una popular actriz, se convierte además en obsesión de un importante ministro del bureau comunista. Así, la tarea de “encontrarle y probarle algo” recae en el metódico Capitán Wiesler (Ulrich Mühe), quien al paso de los días, a la luz de lo que ve y escucha, se da cuenta del agravio y sinsentido del espionaje que realizan. Conciencia y congruencia le harán alejarse de su encomienda, aún a costa de su propio ascenso en el Partido. La película, dirigida por Florian Henckel von Donnersmarck, es una reflexión sobre la naturaleza esencial de la libertad, cuya materia prima es de fibras tan indestructibles que hace aberrante, y finalmente inútil (imposible, si se quiere), cualquier intento de asfixiarla. Al mismo tiempo, Las vidas de otros ofrece, por supuesto, la mirada histórica: cómo y cuánto el gobierno inseguro y mezquino de la fracción estealemana demostró ser esencialmente castrante para su pueblo. Una película inteligente y conmovedora, basada en hechos reales, que tiene además uno de los finales fílmicos más bellos de los últimos años.