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Puebla > Salud
viernes 25 de mayo de 2007

EOIDEMIO-LÓGICA

Prosper Ménière

José Gabriel Ávila-Rivera

El 18 de junio de 1799, en la ciudad de Angers, Francia; nació el tercero de cuatro hijos de un comerciante quien casualmente, a la larga, haría honor al nombre de su vástago (pues se ha afirmado que en los negocios era precisamente “próspero”). En ése entonces ya se daba el declive y la caída de la época napoleónica; sin embargo, este niño llamado Prosper Ménière recibiría una educación en el liceo extraordinaria y orientada al estudio concienzudo de las humanidades y la asidua lectura de los “clásicos”. Su desempeño escolar fue tan sobresaliente que inició sus estudios médicos contando apenas con 17 años, es decir en 1816, año en el que entró a cursar la escuela preparatoria de medicina en la Universidad de Angers. Durante el primer año comenzó a ganar premios como el alumno más distinguido de la Universidad durante dos años seguidos, es decir, 1817 y 1818. Casi al finalizar el tercer año (y casi ganando por tercera vez consecutiva su premio) decidió trasladarse a Paris para finalizar sus estudios. Como era de esperarse, los logros académicos continuaron, al grado de recibir una medalla de oro en reconocimiento a su esfuerzo, desempeño y portentosa inteligencia. Ya para 1828 recibió su doctorado en Medicina, y fue designado como ayudante de uno de los médicos cirujanos más prestigiados de Paris en ese entonces: Guillaume Dupuytren, que fungía como jefe de uno de los hospitales más famosos del mundo en ese entonces, y que era conocido como el H™tel-Dieu de Paris. Con un trabajo constante y una particular vocación a la medicina, fue alcanzando puestos de alta jerarquía, lo que le condujo a llevar una relación especial con círculos sociales de toda índole. Mantuvo contacto con intelectuales que la historia tiene marcados como verdaderos íconos del desarrollo social: Victor Hugo, Honoré de Balzac, Prosper Mérimée, Charles–Augustin Sainte–Beuve y Alphonse Marie Louise Prat de Lamartine, entre otros. Uno puede entonces deducir que su figura como médico de una trayectoria particularmente interesante le imprimía características que le permitieron desenvolverse con libertad en prácticamente cualquier medio.

Es así que no solamente se dedicó a la medicina asistencial, sino que después comenzó a brillar como profesor distinguido en la Universidad de París. Sin embargo, a pesar de llevar una vida llena de intensidad y pasión a cada instante, el año más importante para él seguramente fue 1838, cuando le fue designada la dirección del Instituto de Sordomudos, que después sería el Instituto Imperial para Sordomudos, una vez que había fallecido otro médico extraordinario: Jean Marc Gaspard Itard.

Fue en ese momento cuando se interesó en el estudio de las enfermedades del oído y cuando brindaría a la humanidad una de las más generosas de sus aportaciones a la salud: la descripción de una enfermedad común, de causa hasta ahora aún desconocida, en la que el oído interno (que no solamente es un elemento clave de la audición, sino también del equilibrio), caracterizado por una sensación anormal de movimiento (vértigo), mareo, disminución de la capacidad auditiva, en uno o ambos oídos y ruidos o repiqueteo en el oído (que en medicina se conoce con el término “tinnitus”). Esta enfermedad ahora lleva su nombre, y aunque es motivo de estudio por la alta frecuencia y malestar aterrador, poco hay de nuevo desde entonces en el aporte de su conocimiento.

La enfermedad de Ménière en este siglo XXI continúa representando un verdadero reto para la medicina y una efigie de lo que el médico de hoy debería ser.