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Puebla > Cultura
viernes 11 de mayo de 2007

ENTREPANES

Querida suegra

Alejandra Fonseca

Es de madrugada, y a la luz de la luna, con ayuda de una vela en una cabaña en medio del campo, le escribo. Se preguntará por qué entre todos los seres que puedo tener a mi alrededor y alcance le escribo a usted. La respuesta es sencilla: usted es una mujer que me va a comprender.

Estoy profundamente triste y desolada, pero no confundida. Estoy dolida pero ni insensible ni desmemoriada. Usted sabe que el amor nos hace sufrir. Nos da, pero también nos quita. No le voy a hablar de su hijo porque no me lo voy a permitir, aunque es mi referencia.

La vida es bondadosa: a veces nos pone enfrente a alguien para saber de qué estamos hechos. El solo hecho de tomar la decisión de acercarse cambia nuestra existencia. Así sucedió conmigo. Encontré a su hijo y me fui acercando poco a poco hasta que la relación se hizo tan sólida dentro de mí que decidí andar mi camino a su lado.

Usted sabe que el amor es una telaraña que se va entretejiendo. Las hebras se entrecruzan en una maraña que se hace resistente y atrapadora. Por un lado sostiene, pero también entrampa. El sentimiento se vuelve tan profundo, tan intenso, que se pretende eterno y absoluto, porque así son los momentos que se viven en esa enredadera, fuera de la realidad. Suceden dentro de una burbuja que se crea para que esos dos seres vivan los momentos más hermosos, más valiosos, más intensos, significativos y profundos que la vida puede dar: dos peces en una pecera con momentos eternos y absolutos. Pero momentos al fin.

La intensidad no mengua ni el tiempo ni la distancia merman. Pasan años, décadas, y su huella sigue imborrable, indeleble, y a pesar de la historia que cuente y contenga, el sentimiento queda vivo. Asusta. Una se pregunta: ¿de qué estoy hecha? ¿Por qué sigue vivo en mí este amor, como si nada hubiera cambiado? La respuesta la sabe: porque se vivió cada detalle y placer sin pausas, como si la felicidad fuera dada de una vez y para siempre. Así se inscribe en nuestra alma. ¿Y sabe? El alma está hecha de una sustancia tan distinta a la realidad, que una se la cree.

Pero la realidad llega con crueldad y sus hechos fracturan. Lo real es múltiple y cambiante, muta. Tiene mudanzas. Y ese infinito amor se siente, pero ya no es. Se lleva vivo, pero ya no es. Las cosas cambiaron: la burbuja se destruyó y no hay pegamento que la pueda mantener unida más nunca.

Esa violencia con que se acaba todo no existe para la pretensión del alma. Empieza el infierno de vivir entre la realidad y el amor interior. Una se resiste a ceder ante la realidad porque el amor es el único adhesivo. ¿Sabe? La intimidad construye ámbitos sagrados. Pero a veces nos quedamos solas en esa veneración y entrega.

Al darnos cuenta, la realidad necea al oído que todo pasa. Que se acaba la relación y también se acaba el sufrimiento. No sé de qué estoy hecha, y siento que eso no es cierto. Que pasará el dolor, el sufrimiento y la herida podrá sanar, pero el amor permanece, no acaba.

¿Dónde me equivoqué? ¿En creer? ¿Querer permanencia es un error? ¿En amar y aceptar de manera incondicional? ¿En descubrir eso sagrado? ¿Dónde, suegra? ¿En querer compartir; en pretender que el amor dure; en suponer que existe un puente que une lo eterno y absoluto con lo cotidiano, temporal, efímero y relativo? ¿Cómo vivir las mudanzas cuando lo que da sentido es el momento eterno? ¿Cómo llenarse de significado cuando ya no hay contenido?

Sé que el amor es frágil, su huella indeleble y nosotros, vulnerables. ¿Cómo vivir el paso del amor a su huella? ¿Cómo sobrevivir a esa transición? Enamorarse así nos deja recogiendo los pedazos por inventario. Y después, al querer rearmar el corazón, no queda igual. No se sabe cómo van las piezas porque está incompleto y también cambiaron. Ya no somos las mismas y tenemos que aprender a vivir otra vida.

¿Cómo se pasa de los brazos de un hombre a los de otro? ¿Cómo se olvida el sabor de su saliva, el olor de su piel, el aroma del sudor y se acepta “otro”? ¿Cómo se muda de un amor incondicional a otro que quizá sea efímero? ¿Cómo se olvida? ¿Sabe usted, suegra?

Alguna vez su hijo y yo le dijimos que haríamos todo lo que tendríamos que hacer para mantenernos juntos y felices y luchar por nuestra relación. Conocí lo que se necesita e hice lo que tuve que hacer. Suscribí lo inscrito, pero me quedé sola.

Alguna vez, también, le dije que siempre será usted mi suegra, aunque no estuviera yo con su hijo. Llegó el momento...

Gracias por escucharme.