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Tlaxcala
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jueves 10 de mayo de 2007 |
OPINIÓNLibros en PueblaYassir Zárate Méndez
Buenos, bonitos pero no tan baratos Una feria del libro es un mensaje metido en una botella arrojada al mar. No se sabe a dónde llegará ni quién leerá el contenido. Es una forma refinada de la incertidumbre. También podría considerarse como una actualización del laberinto del Minotauro, la borgeana casa de Asterión (por aquello de la Biblioteca infinita soñada por el ilustre ciego bonaerense). En un patio de pasillos y estantes que se bifurcan se ha instalado la vigésima edición del la Feria Nacional del Libro de Puebla, patrocinada esencialmente por la BUAP. En esa geografía de lo incierto uno puede encontrarse muchas sorpresas. La mayoría de ellas resultan desagradables, porque ahora se considera a los libros como artículos de lujo (para quienes no crean en la regresión del tiempo, el ejemplo de los libros me parece muy acertado: vivimos una era neo medieval, no sólo por la represión y la entronización en el poder de los fanáticos extremistas, sino porque los libros son cada vez más una pieza reservada para unos cuantos hombres y mujeres pudientes, o capaces de hacer sacrificios para obtener algunos ejemplares. Como en la Edad Media). Si hablamos de libros de catálogo, cualquier feria del libro acaba siendo una muy mala opción para adquirirlos. Habitualmente, las editoriales llevan sus listas de novedades, pero a precios de inflación ochentera. Sellos como Planeta, Mondadori y demás trasnacionales aprovechan estos convivios del libro para presentar sus novedades y para colocar a sus autores rezagados. Pero la crisis que viene atacando desde hace unos años a la industria editorial deja a mucha gente sin la posibilidad de adquirir esas novedades. En el caso de la Feria de Puebla, la presencia de entidades como Conaculta, Siglo XXI, El Fondo de Cultura Económica, El Colegio Nacional, Porrúa, la Universidad Veracruzana y el propio fondo editorial de la BUAP, representan un paliativo, pero no una solución, porque también se han visto afectadas por el incremento de los costos, que a mi modo de ver es artificial e inducido. Las barbas de Marx Hablemos de la plusvalía. Si pensamos en la relación costoganancia, quienes se llevan la parte del león en el negocio de los libros son las grandes empresas editoriales. Tumbar un árbol para procesar la celulosa que acabará siendo un pliego de papel cuesta unos cuantos dólares. Comprar la novedad no tiene mutter. Ni siquiera el proceso de edición justifica los precios actuales. Un libro como Viena roja, de Tryno Maldonado, tiene un costo neto de 40 pesos (incluyendo las regalías para el autor). El precio de lista es de 129 pesos. Prácticamente un 200 por ciento de ganancia, si se descuenta el porcentaje correspondiente a la librería. A todas luces un negocio redondo, porque aquí no salen beneficiados los autores (a quienes se les paga muy poco) o los vendedores, sino el CEO de la editorial y el estrecho círculo ejecutivo. Aquí, como en casi toda la cadena dominada por el mercado, los verdaderos ganadores son los dueños del capital. La plusvalía sigue siendo uno de los conceptos marxistas más vigentes. ¿O no, querido Karl? Por una feria del libro en Tlx Desde hace algunas semanas surgió una iniciativa desde el Congreso del estado para organizar una suerte de festival de la palabra, que incluyera la realización de una feria del libro. El pretexto era la conmemoración del 150 aniversario de la erección (of all words) de Tlaxcala como entidad federativa, tras un largo peregrinaje jurídico, que implicó incluso la desaparición como entidad “libre y autónoma”. Y todo por mostrar poco ardor durante varias guerras, incluida la de Independencia. Hasta donde me quedé había al menos una idea clara de lo que se quería, toda vez que además de la venta de libros, se ha propuesto una serie de actividades que incluyen cuentacuentos, presentaciones de libros, un ciclo de cine, conciertos y un reconocimiento al poeta Jair Cortés, quien este año cumple su trigésimo aniversario sobre la faz de este ingrato planeta. La idea no es gratuita. Cortés es el mejor poeta que ha dado esta tierra (aunque a más de una vástaga no le cuadre la idea) y uno de los principales damnificados de la Presea Miguel N. Lira del año pasado. Un reconocimiento que venga del Congreso sería lo menos que se merece este autor, que en días pasados anduvo por Tampico para presentar Caza, su más reciente poemario, y con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía “Efraín Huerta”, uno de los más sólidos de este país. Y no hay ninguna duda de que obtuvo ese premio. Ojalá y la propuesta no naufrague. O quede en manos que no se mantienen quietas cuando se habla de dinero. |