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Puebla > Estado
miércoles 2 de mayo de 2007

ECONOMÍA A RETAZOS

Ingeniería

Miguel Ángel Burgos Gómez

Hace como 11 años, cuando se empezó a poner de moda el internet con sonido e imágenes –lo que inició su tremenda popularidad de hoy–, cursé un diplomado en “multimedia” con el propósito de ponerme al día. Esto no fue en la UAP, sino en una empresa de publicidad que sabía algo de eso. Mi profesor de electrónica era un ingeniero cuya disposición para compartir sus interesantes conocimientos y su habilidad para hacer fácil de entender lo complicado aún me trae gratos recuerdos y me inspira. Una vez le pregunte como podía definirse la ingeniería, pues a mí me sonaba que era el ingenio en su máxima expresión. Su respuesta me dio tal sacudida que aún me duran los efectos.

Mas o menos fue esta: “La ingeniería se ocupa de encontrar los más bajos costos de un proceso hasta el punto en donde la gente que lo vive aún puede soportarlos”. Me acorde que mi papá, por consejos de mi tío Rodolfo, siempre quiso que yo fuera ingeniero. Finalmente estudié economía y nunca le entré a nada que se pareciera a la ingeniería, ni tampoco –dicho sea de paso– a la economía; pero Pedro, hijo de mi tío, que sí estudió ingeniería civil, acabó siendo un economista tan eficiente que siempre ha trabajado con secretarios de Hacienda y de Finanzas.

Me imagino que las fórmulas matemáticas que se usan para calcular la resistencia de materiales y que sirven para determinar el costo mínimo –con un margen de seguridad– de una trabe en un puente han de servir para calcular el salario mínimo. Comprendí también por qué cuando los administradores hablan de reingeniería en una empresa, una dependencia de gobierno o cualquier otra institución la gente se pone a temblar. Por ejemplo, hoy lunes se publica una nota en donde se dice que a pesar de que Banamex tiene ganancias record en el país, de un total de sus 47 mil empleados despedirá a 4 mil y 31 mil serán recontratados con salarios 30 por ciento más bajos y sin prestaciones Eso es reingeniería administrativa a nivel privado. Ingeniería, en la política o sector público, es por ejemplo calcular cuantos soldados norteamericanos pueden morir en Irak antes de que el asunto se salga de control dentro de los propios EU.

Dependiendo de si son blancos, negros o ‘hispanos’ O en que momento aprobar el IVA en alimentos y medicinas, aquí en el Congreso de la Unión sin que pase a mayores. Los puentes, aún si se caen por culpa de un ingeniero chafa, también sirven de algo. Por ejemplo, un puente que se hizo entre Tuxtla Gutiérrez y San Cristóbal se cayó nuevecito y sin avisar hace dos años, todos supieron que su construcción era un fraude. Nadie chistó. Eso demostró que si bien el material del puente no aguantó, el pueblo aguanta eso y más.

Yo pensaba que todas estas cosas eran bien trabajosas, aun con tanta computadora, imaginaba a un ejército de actuarios recibiendo día y noche información y a su vez rindiendo sesudos reportes de aquí y de allá. “Bueno eso es cierto”, me dijo un “analista” que trabaja en seguridad nacional, “pero hay índices más confiables: se toma el número de mexicanos que compran el melate por lo menos tres veces al año, se multiplica por el número de los que siguen viendo a Chabelo los domingos y se divide entre el número de credencializados por el Peje y si el resultado es mayor que cero, seguro que se puede hacer otro fraude electoral como el de 2006 y no pasa nada.” Ahora que volviendo al asunto de los ‘puentes’, es decir, cuando se liga un día festivo con un fin de semana –como este maravilloso 30 de abril– el cálculo ingenieril toma en cuenta que haciéndolo oficial, las tensiones sociales se relajan y cualquier protesta será de menor volumen. Así es la ciencia.

 

Virginia Tech: un análisis ideoléxico de una tragedia

Jorge Majfud*

Alai Amlatina. La mayoría de las medicinas que se venden en forma de píldoras recubren una determinada droga, químico o compuesto con una capa de color atractivo y gusto dulce. En español, la sabiduría popular usa esta particularidad para construir una metáfora: “tragarse la píldora” tiene una connotación negativa y expresa la acción de consumir una cosa con la forma o el gusto de otra. Es decir, creer o aceptar una verdad como hecho incuestionable sin ser conscientes de las verdaderas implicaciones. En la tradición literaria, este fenómeno epistemológico se entendía con la metáfora del caballo de Troya, también usado hoy en día para designar virus informáticos. Un ideoléxico puede entenderse como una pastilla que el discurso hegemónico prescribe e impone con seductora violencia. Por ejemplo, el ideoléxico libertad viene recubierto de una plétora de lugares comunes y dulcemente positivos (la libertad, como precepto universal lo es). Sin embargo, dentro de este recubrimiento dulce y brillante se esconden las verdaderas razones de las acciones: la dominación, la opresión, la violencia de los intereses sectarios, etcétera. El recubrimiento dulce y brillante anula la percepción se sus opuestos: el contenido amargo y opaco. La tarea del crítico consiste en romper la envoltura, en descubrir, en desvelar el contenido de la píldora, del ideoléxico. Claro que esta tarea tiene resultados amargos, como el centro de la píldora. Los adictos a una droga no renunciarán a ella sólo porque alguien descubra las graves implicaciones de su confort momentáneo. De hecho, se resistirán a esta operación de exposición.

Analicemos un ideoléxico común en el discurso dominante del capitalismo tardío: la responsabilidad personal. De entrada vemos que su cobertura es del todo dulce y brillante. ¿Quién sería capaz de discutir el valor de la responsabilidad de cada individuo? Un posible cuestionamiento sería rápidamente anulado por una falsa alternativa: la irresponsabilidad. Pero podemos comenzar problematizando el nuevo falso dilema observando que el mismo adjetivo –personal– de este ideoléxico compuesto anula o anestesia otro menos común y más difícil de apreciar por los sentidos: no se menciona la posibilidad de la existencia de una “responsabilidad social”. Tampoco se habla o se acepta –en base a una larga tradición religiosa– que puedan existir “pecados sociales”.

Vayamos más al centro de un caso concreto: la trágica matanza ocurrida en la Universidad de Virginia Tech. Quienes pusieron el dedo acusador –tímidamente, como siempre– en la cultura de las armas en Estados Unidos, fueron criticados en nombre del ideoléxico de la responsabilidad personal. “No son las armas las que matan gentes –comentó un amigo del rifle en un diario– sino la gente misma. El problema está en los individuos, no en las armas”. La píldora muestra un alto grado de obviedad, pero lleva nuevamente otros problemas: nadie cuestionó cómo podría hacer un desquiciado para matar a 30 personas con una piedra, con un palo o, incluso, con un cuchillo.

Esta lógica se expresa cubriendo una contradicción interna del discurso. Cuando se habla de drogas, se culpa a los productores, no a los consumidores. Pero cuando se habla de armas, se culpa del mal a los consumidores, no a los productores. La razón estriba, entiendo, en el lugar que ocupa el poder. En el caso de las drogas, los productores son los otros, no nosotros; en el caso de las armas, los consumidores son los otros; nosotros nos limitamos a su producción. El discurso hegemónico nunca menciona que si no existiese el consumo de drogas en los países ricos no existiría la producción que satisface la demanda; si no existiera esta calamidad en la ilegalidad tampoco existirían las mafias de narcotraficantes. O su existencia sería raquítica, en comparación a lo que es hoy. Pero como los otros (los productores de los países pobres) son los responsables individuales, nosotros (los productores de armas, los responsables administradores de la ley) estamos legitimados para producir más armas que los otros deberán consumir, para respaldar la ley –y para quebrantarla.

Si alguien, como el asesino de Virginia Tech, compra un par de armas con más facilidad y 100 veces más rápido con que uno puede comprar un auto, y comete una masacre, toda la responsabilidad radica en el desquiciado. Entonces, se llega a una trágica paradoja: una sociedad armada hasta los dientes está a la merced de los desquiciados que no saben ejercer correctamente su responsabilidad personal. Para corregir este problema, no se recurre a la responsabilidad social, combatiendo las armas y el sistema económico y moral que lo sustenta, sino vendiendo más armas a los individuos responsables, para que cada uno pueda ejercer con más fuerza su propia “responsabilidad personal”. Hasta que vuelve a aparecer alguien excepcionalmente enfermo –en una sociedad de santos los demonios son excepciones muy frecuentes– y comete otra masacre, esta vez más grande, ya que el poder de destrucción de las armas siempre se perfecciona, gracias a la alta tecnología y a la moral de los individuos responsables.

*Escritor uruguayo; profesor de Literatura Latinoamericana en The University of Georgia.

 

Pues que cambie ese régimen:

“Los reembolsos fiscales por 600 mil millones de pesos a los grandes empresarios no son ‘devoluciones que hayan sido discrecionalmente determinadas por la Secretaría de Hacienda, sino que están implícitas en nuestro régimen”

Agustín Cartens, secretario de Hacienda, 28 de Abril de 2007.

Así se las gastó el gobierno de empresarios para empresarios

“Según la auditoría practicada por la Auditoría Superior de la Federación (ASF) a la cuenta pública de 2005, se devolvieron más de 50 mil millones de pesos a 398 grandes contribuyentes.

“La ASF cuestionó que en 2005 Hacienda haya devuelto a diez grandes contribuyentes más de mil millones de pesos de Impuesto al Valor Agregado e Impuesto Sobre a Renta.

“También encontró que 10 importantes consorcios pagaron sólo 7 mil 50 pesos por IVA e ISR en 2005”.

El Fisgón, El Chamuco, número 121, 23 de abril del año 2007. p. 6