"Periodismo regional a la medida de su tiempo"

EnviarEnviar ImprimirImprimir

Puebla > Opinión
martes 23 de enero de 2007

SUBEYBAJA

¿Se nos acabó la ingenuidad?

Ramón Beltrán López

Hace un montón de años, el 1 de mayo de 1961, un puñado de alumnos ingenuos decidió tomar por asalto el edificio “carolino”, de la Universidad de Puebla. Este movimiento resultaba de una curiosa coincidencia, la absoluta derechización de la U (A)P, como resultado de un movimiento de “autonomía” concebido y promovido desde el poder político y eclesiástico local (por el último Ávila Camacho y el último Márquez y Toriz), que había llevado a la máxima casa de estudios (máxima y única en aquel entonces) a ser gobernada desde la Junta de Notables de los Caballeros de Colón, y por la otra el resurgimiento brutal de las preferencias por la nueva izquierda en América Latina, representada por el ahora agónico Fidel Castro.

Recuerdo aquel 1 de mayo, y a aquellos 17 revoltosos soñadores recorriendo el viejo edificio jesuita colocando sellos de papel recortado que ostentaban las firmas de los “revolucionarios”, sellos que tenían casi un valor sagrado porque garantizaban que nadie, absolutamente nadie, ingresara a las oficinas de la administración central universitaria. Y los que se colocaron con mayor cuidado fueron los de la Tesorería, porque una vez que el movimiento liberal, de izquierda triunfara, se llevaría a cabo una severa auditoria que demostrara los malos manejos sufridos por el patrimonio universitario. Pasaron los meses, pasaron los años, con subidas y bajadas el movimiento triunfó, se le dio a la Universidad una verdadera autonomía, nueva ley orgánica, un estatuto universitario, una ciudad universitaria, nuevos edificio para las escuelas de Medicina, Derecho y Odontología, etcétera. Pero de la auditoria, nada. Tal vez el lema era: a enemigo que huye, puente de plata. Pero resulta que el enemigo no huyó. El enemigo era la omnipresente y aparentemente indestructible corrupción.

45 años después ya solamente los incautos, los ingenuos y los tarugos creen que se pueda hacer una verdadera auditoria a la tesorería universitaria. Ni antes ni ahora. Sin embargo los rectores de entonces, Fúas y Carolinos murieron o viven todavía en esa “honrosa medianía” de que hablaba Don Benito. El doctor Santillana, el licenciado Guerra, el licenciado Arturo Fernández Aguirre (tío, por cierto del patriarca de la UPAEP, el ingeniero Quintana Fernández), Julio Glockner, y ni se diga, el doctor Manuel Lara y Parra, quien consolidó y dio forma y rumbo a la reforma y a la autonomía verdadera, vivieron de su profesión y ejercieron, honrosa y honradamente, el cargo de rector.

Y súbitamente los rectores de la Universidad Autónoma de Puebla, a partir de 1990, los rectores y ex rectores de la Universidad Autónoma de Puebla (al igual que varios constructores) pasaron de las modestas chambas universitarias a la opulencia de los cresos. Ahora, los bienes de rectores y exrectores se cuentan por docenas, y su valor en decenas de millones.

Ahora la lucha política, por el poder sin ideologías ni ética alguna, descubre, desde una revista casi desconocida, un largo caudal de bienes del rector actual, Enrique Agüera, a quien tal parece que le basta con negarlo, o atribuir el ataque a sus enemigos políticos, para que salga incólume de los mareas de sospecha. Al fin que no hay denuncias, solamente chismes. Hay plumajes que cruzan el pantano...

E inmediatamente después de esto ordena la desaparición de la Promotora Universitaria, aquel ente amorfo que convirtiera a la UAP en una empresa dedicada a manejar y controlar farmacias (que ahora carecen hasta de agua oxigenada), gasolineras, y seguramente arrendamientos (supongo que como el de el edificio que ocupa Megacable, antes tienda sindical). Y es que en política no hay casualidades ni coincidencias. Porque en esa promotora caían las sospechas de suspicaces y malpensados que buscaban orígenes ocultos o inciertos en el financiamiento de las campañas del rector anterior, Enrique Doger, actual edil.

¿La desaparición de la promotora llevara a su transparencia, a que la comunidad universitaria y la sociedad toda conozcan su realidad, o por lo contrario, a una auditoria “tan severa, tan minuciosa y tan extensa” como la que se le hiciera al rector Armando Guerra allá en el 1961-62?

Tal vez los universitarios de ahora sean menos idealistas o mucho más pesimistas, y ya no esperen que se haga una investigación acerca del manejo de esos recursos, o respecto a la dramática declinación (en caída libre) de las farmacias Alexander Fleming.

¿Se atrevería Enrique Agüera a dar a conocer públicamente las nóminas de la promotora en los últimos cinco años? ¿Sus ingresos y egresos, antes y después de que asumiera el interinato como rector? ¿Llegará a eso la transparencia? ¿O acaso la “autonomía” universitaria impide estos excesos?

Mientras tanto, la UPAEP, aparentemente menos ideologizada que en sus inicios –aunque más durante esta administración que en la de Cabanas– avanza a paso firme como negocio, como universidad, y como centro de formación de líderes bien capacitados para nutrir al nuevo PAN, y a los organismos empresariales –por lo pronto–, y para controlar, junto con el TEC, la Ibero, la Anáhuac, las características que tendrá el México del Siglo XXI.

Aunque, finalmente, es posible que la ideología, la actuación, los resultados, de la administración de los últimos rectores de la UAP se encuentre más cercano a la derecha que a la izquierda (si es que todavía existe una en México). Y que finalmente la competencia de la UPAEP, sin subsidio estatal, pero con buena administración y visión de futuro, contra la Universidad Autónoma de Puebla, la UDLA, la Ibero, la lleve a proveer al estado y al país de mejores profesionales, que es lo que finalmente requerimos.

Paradójicamente, (¿y quién se lo diría a Rivera Terrazas, Flores, etcétera?) la radicalización de la universidad pública a partir de 1972, llevó al surgimiento de otro centro de estudios que, 35 años después, está en condiciones de competir en calidad con la del estado. Y ventajosamente. Brindando, además, la invaluable oportunidad de hacer comparaciones.

Y ojalá se hagan.

EnviarEnviar ImprimirImprimir