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Tlaxcala > Educación
viernes 19 de enero de 2007

PARABÓLICA

Claroscuros de Beatriz Paredes

Fernando Maldonado

La práctica en la rancia ortodoxia apunta a que en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) se castiga la disidencia y se premia la obediencia. Nadie que haya desafiado las leyes no escritas del vetusto aparato, producto de las intestinas pugnas del generalato postrevolucionario del siglo pasado, se mantuvo intacto al olvido y destierro ideológico.

Es en esa lógica que hay que advertir la debilidad con la que llega el ex coordinador de los senadores priistas, el sinaloense Enrique Jackson Ramírez a la competencia por el liderazgo nacional de su partido, contra la ex gobernadora de Tlaxcala, Beatriz Paredes Rangel, el próximo 17 de febrero.

El adversario de la tlaxcalteca fue un priista de bajo perfil hasta que llegó a la Cámara de Diputados en San Lázaro. Ahí cobró notoriedad cuando, desde la tribuna, exhibió la copia certificada de un cheque de lo que hasta entonces supimos, se trataba de la aportación proveniente del extranjero a la campaña presidencial del Partido Acción Nacional (PAN) a través de una compleja organización llamada Amigos de Fox.

Con el capital adquirido por el gesto tenido desde su posición como legislador federal y su feroz combatividad respecto de la administración del mandatario en turno, llegó a la Cámara de Senadores y ahí se coaligó con un grupo de distinguidos militantes, la mayoría del norte del país, para integrar la célebre organización conocida como el Tucom (Todos unidos contra Madrazo).

Impugnaron la candidatura del hombre que desde la dirigencia nacional construyó su candidatura presidencial, a pesar de ese poderoso grupo a quienes se les llegó a vincular con la enemiga declarada que más tarde se convertiría en factor decisivo en el mayor descalabro electoral del priismo: Elba Esther Gordillo Morales.

Hoy mismo se advierte un despliegue logístico y financiero desde las oficinas de la presidenta del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) para apuntalar al candidato Jackson en su intento por sustituir a Mariano Palacios Alcocer. El activismo del adversario de la tlaxcalteca se ha mentando en el límite de la disidencia y ese gesto sistemáticamente es castigado por la nomenclatura.

Ésa es la principal fortaleza de la ex gobernadora para convertirse en la próxima presidente nacional del PRI.

Dueña de un sólido discurso ideológico, ha sido lo suficientemente hábil para ofrecer a los militantes de línea dura la imagen de quien obedece y calla. Cuando la maquinaria aplastó sus aspiraciones de ser dirigente nacional frente a Roberto Madrazo, “por la unidad” de su partido terminó por levantar la mano al hombre que había pactado el triunfo con la fuerza real del tricolor en todo el país: los gobernadores.

Fue así que se refugió en la Fundación Colosio y desde ahí se consolidó como una mujer que conoce y acata los designios de la política.
Cuando su partido la volvió a necesitar, se fue a pelear una guerra que de antemano se sabía perdida: la jefatura de gobierno del Distrito Federal, la plaza en donde el tricolor es tercera fuerza, sólo después del PRD y el PAN, sucesivamente primer y segundo lugar.

La tenacidad y la callada postura de la ex gobernadora parece incorporar una máxima acuñada en la organización de ultraderecha con presencia en el centro y bajío del país El Yunque: el que obedece no se equivoca.

Si el escenario es el correcto, habrá una paradoja con la cual tendrá que lidiar desde que llegue a las oficinas centrales de Insurgentes Norte porque tendrá que levantar los despojos que quedan de su partido en el estado, después de las luchas intestinas entre sus militantes.

Y la más compleja será la del infanticidio político porque su capital dependerá en buena medida de su capacidad para poner orden en casa. Y ello pasa por el exterminio de quien prohijó desde tiempos pretéritos: el gobernador de su estado, el neopanista Héctor Ortiz

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