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viernes 19 de enero de 2007 |
EPIDEMIO-LÓGICAEmpirismo, ciencia y lógicaJosé Gabriel Ávila-Rivera
La palabra empirismo proviene del término griego empeiría, que literalmente significa experiencia. En otras palabras, se podría considerar como conocimiento empírico a aquél que nos permite valorar fenómenos a través de nuestros sentidos. Esta forma de llegar al saber es particularmente atractiva y prácticamente seductora. Con ella nacemos e iniciamos el conocimiento del mundo desde pequeños, a través de una curiosidad innata que se encuentra impresa en nuestro código genético. Los niños preguntan cosas y si no reciben una respuesta satisfactoria, experimentan, llegando a conclusiones que no pocas veces generan otras preguntas; sin embargo, debido a la limitación natural de nuestros órganos, es particularmente frecuente que el empirismo nos conduzca a conocimientos equivocados. Clara muestra de lo anterior explica la absurda concepción astronómica de un mundo plano en la antigüedad o la teoría de la generación espontánea, en la que se dudaba de que la vida necesariamente provenga de otro ser viviente. Esto obligó a buscar formas de adquirir conocimientos con una base más firme, motivando la necesidad de crear un verdadero proceso refinado y elegante que se denominó ciencia, palabra que deriva del latín scientia, que quiere decir textualmente conocimiento, pero esto nos conduce al fruto del saber a través de reglas, principios, y sobre todo una metodología que no tiene otro objetivo más que ordenar y organizar los fenómenos de modo que disminuyan las probabilidades de caer en conclusiones equivocadas y acercarnos a la verdad con un paso, digamos, más firme. Pero el método científico, además de ser más complicado, no es exacto ni perfecto y siempre existirán las posibilidades de equivocarnos. Por esta razón, confiarnos plenamente de la ciencia como una verdad absoluta puede ser tan imprudente como dejarse llevar por la generosidad y seducción que nos ofrecen los conocimientos empíricos. De ahí surge la necesidad de refugiarnos en otra variedad de conocimiento que es la lógica, palabra que deriva del griego logos, que significaba “palabra”, pero que actualmente ha extendido su concepto a pensamiento y posteriormente a “tratado” (o fundamento). Las discusiones entre empirismo, ciencia y lógica desde todos los puntos de vista son debatibles filosóficamente hablando, lo que nos brinda una infinita discrepancia que vivimos cotidianamente. Los médicos que estudiamos en universidades nos enfrentamos con los curanderos, los homeópatas, los yerberos y hasta con la gente común y corriente que con base en experiencias personales hacen recomendaciones tan variadas y extrañas como beber la orina de un recién nacido, aplicar excremento de animales en algunos problemas de la piel, o consumir carne de seres vivos en peligro de extinción como zorrillos, víboras, armadillos, tuzas o iguanas. Lo cierto es que nadie tiene la verdad absoluta y hasta nosotros, médicos preparados en centros universitarios, caemos en el empirismo irracional con la justificación casi infantil de decir que nos basamos en nuestra “experiencia personal”. No obstante, el método científico ha permitido un avance determinante en el desarrollo de las sociedades y nos ha brindado una cantidad impresionante de elementos que agilizan nuestras vidas y modifican nuestro entorno. Los hornos de microondas, los autos rápidos, las computadoras y hasta nuestros alimentos tienen más de ciencia que de empirismo, aunque no lo percibamos a simple vista. Pero todos los alcances de tecnología y conocimiento giran alrededor de una armonía entre estos tres rubros: empirismo, ciencia y lógica, que jamás deben ser sobrevalorados ni menospreciados; sin embargo, ayer escuchaba los comentarios de un individuo que, ufanándose de haber hecho una maestría en “ciencias políticas”, justificaba la barbárica disminución de recursos destinados a la ciencia y la tecnología en las universidades públicas, privilegiando el destino de dinero a empresarios (que ya tienen demasiado) y recurriendo a explicaciones estúpidas sobre nuestra pobreza. ¿Qué pasaría si el Estado, como regidor de la sociedad, realmente aplicara el método científico en la toma de decisiones para resolver nuestros problemas? Seguramente estaríamos mejor. El rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, Dr. Juan Ramón de la Fuente, expresó atinadamente que “habrá menos dinero, pero no menos neuronas”, al presentar una súper computadora que compite con las mejores del mundo, pero no es difícil imaginar los efectos que tendría una visión más sensata. Nuestro impresionante ingenio con más recursos marcaría un mejor desarrollo del país en todos los ámbitos. Es vergonzoso, hiriente y hasta humillante que nuestros políticos no lo vean así. |