"Periodismo regional a la medida de su tiempo"

EnviarEnviar ImprimirImprimir

Puebla > Cultura
viernes 19 de enero de 2007

OPINIÓN

María Gustava Sten Rosenstein

Anamaría Ashwell

Había llegado la temporada de Reyes y las deliciosas roscas expuestas en escaparates de las panaderías poblanas soltaban su olor sobre las calles. Siguiendo mi olfato busqué la mejor de todas para compartirla con María. Ella y yo, como dos judías, celebramos juntas a esos Reyes Magos comiéndolos en pan dulce untado de quesos frescos de Chipilo. Ese día el sol alumbraba las muchas macetas que María tenía colocadas al pie de la ventana, y nuestra conversación se tornó nostálgica y melancólica: lamentamos que Irena Majchrzak no estaba con nosotras, y ella me recordó que estaba muy próximo mi traslado a Brasil.

María se sentía adolorida ese día debido a una caída que la tenía en cama casi dos meses e intuía que nunca más podría caminar. Yo le insistí que tuviera paciencia. Y de pronto, como en otras ocasiones, se puso a rememorar sobre su larga vida. María me contó ese Día de Reyes de un viaje que hizo a España; precisó la fecha diciéndome únicamente que ella era joven aún y que el viaje lo decidió el ofrecimiento de unas amistades polacas que le abrieron su casa en Madrid. Viajó con poco dinero y en el penúltimo día, cuando ya estaba previsto su regreso a Varsovia, María decidió gastarse todo el dinero que le quedaba en unos zapatos nuevos. Compró los zapatos y calculó el gasto del boleto de un camión que la llevaría de vuelta a su vivienda, pero se subió al camión equivocado, y cuando se dio cuenta, me dijo, ella se encontraba en algún lugar desconocido de Madrid y sin dinero para tomarse otro transporte, menos un taxi, hacia su casa. Se quedó entonces en una esquina, la bolsa de sus zapatos nuevos colgaba de sus brazos. No sabiendo para qué lado moverse, decidió quedarse quieta y observando a los pocos transeúntes que pasaban cerca.

Debieron pasar muchas horas porque María observó que un coche con un gendarme al volante, “ésos que usan unas cachuchas de plástico negras ridículas”, dijo riéndose, dio varias vueltas para observarla.“Yo era guapa entonces”, acotó, “y no le presté mayor atención”. Pero el gendarme se detuvo y le pidió sus documentos, le preguntó qué hacía allí y a dónde se dirigía. Casi un interrogatorio policial. María le explicó que se había equivocado de camión, que se gastó todo su dinero en sus zapatos nuevos y que estaba allí porque no sabía para dónde irse. El gendarme ofreció llevarla en su coche y María sin más subió al coche. Sentada en el asiento de adelante se dio cuenta de pronto que sobre el asiento trasero y en el piso, en verdad por todos lados, el coche estaba lleno de bebidas alcohólicas, como champanes, vinos y coñac franceses. El gendarme, entonces, le explicó que él era edecán del “Generalísimo Franco” y que esas bebidas las estaba trasladando a su vivienda oficial cuando repentinamente alcanzó una botella de vino francés del siento trasero, le instruyó a María a que la abriera y bebió de la botella un largo trago. María compartió la botella con él. Así siguieron paseándose por Madrid hasta que les alcanzó la noche, pasó la noche y empezó a amanecer mientras el coche fue aligerándose de botellas de vino francés y de combustible. “Yo estaba completamente borracha, me dijo, “pero nunca solté mis zapatos nuevos, y cuando me descubrí estaba sentada en un escalón de la entrada de mi vivienda, con el sol mañanero en la cara, mientras mis amigos salían apresurados con mi maleta en la mano preocupados porque daba la hora de la salida de mi avión”.

Durante su larga vida, María vivió lo inimaginable para espíritus sedentarios. Quizás porque fue expulsada de su tierra polaca siendo muy joven, salvándose milagrosamente de ser deportada a un campo de concentración cuando el Ejército alemán de Hitler invadió Polonia, porque ella estaba visitando a su hermano en París. Surgió así en ella también una honda solidaridad con los perseguidos y desprotegidos, así como una identificación agradecida con México (hubo en su vida la presencia del heroico cónsul mexicano que le extendió a ella y a su hermano una visa de salida desde Marsella en esos días aciagos) que se tradujo en el estudio y devoción que le dedicó al universo indígena mesoamericano.

María fue autora de muchos libros, pero sobre todo de bellísimos títulos: Ponte a bailar, tú que reinas (1990) –un libro sobre la danza en el mundo mesoamericano–; tiene un título que se antoja inigualable por su elegancia y porque resume todo lo que ella descubre mientras investigó códices mesoamericanos y coloniales para escribir su otro libro, el que yo más admiro y que lleva reeditándose desde 1972: Las extraordinarias historias de los códices mexicanos. Está también Cuando Orestes muere en Veracruz (FCE-2003), una honda y erudita reflexión que contrapone la visión occidental del mundo que produjo la tragedia griega y el ritual ceremonial y artístico de los mitos fundacionales del universo mesoamericano. Todavía hace unos meses discutíamos ella y yo, entre risas, el título que le debía poner a un libro de su coautoría, próximo a publicarse, sobre documentos rescatados en conventos y que dan cuenta de los recursos literarios y teatrales que utilizaron las monjas en los conventos novo hispanos para la catequización de los indios. La aportación que nos hizo la polaca y judía María al conocimiento que hoy tenemos del teatro evangelizador novo hispano de México es invaluable.

Quedó en su cajón otro libro avanzado: uno sobre los poetas de habla indígena materna, que no pudo concluir porque inmovilizada en los últimos años ya no podía tomarse el camión para trasladarse a los pueblos y entrevistar a los poetas en sus tierras natales.

María murió anoche por causa de demasiada vida. 

Estuvimos con ella en sus últimos momentos, acompañándola de la mano, todos los que la quisimos mucho, mucho.

EnviarEnviar ImprimirImprimir