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Puebla > Cultura
jueves 18 de enero de 2007

PARIÁN Y BARATILLO

El maestro Arrigo

Moises Andrade

En los tiempos en que en la televisión mexicana todavía se transmitían algunos programas decentes, destacaba entre ellos uno que conducía el periodista veracruzano Jorge Saldaña llamado Sábados con Saldaña, cuya duración sólo era comparable con el que conducía el eximio intelectual Raúl Velasco, recientemente llamado al averno.

El programa de marras se componía por varias secciones, sobresaliendo la denominada “Sopa de Letras”, un híbrido entre una tertulia y un coloquio de intelectuales y maestros universitarios, donde se diseccionaban todos los ámbitos relativos al idioma castellano, aunque de una forma amena y sin las pretensiones con que algunos “eruditos” poblanos confeccionan por estos días un símil. Y no sólo eso, también discurrían sobre música y arte en general (al respecto había otra sección genial llamada “El juicio de los discos”, donde casi siempre acababan rotos por malos los acetatos producidos por la chafa industria musical de entonces ¿Se imaginan lo que ocurriría hoy día?) y, alguna que otra vez, de política, lo cual era notable en unos tiempos donde la figura presidencial era intocable, tan es así que al final Saldaña fue corrido de la entonces Imevisión por el enano Salinas, teniéndose que exiliar en Francia.

Dentro de los concurrentes a la sección aludida nos acordamos de algunos: Francisco “Pancho” Ligouri; el maestro Felipe San José, encargado de la sección “Enriquezca su vocabulario”, de la revista Selecciones; Mario Méndez Acosta, deshacedor de cuentos sobre ovnis y fenómenos UFO estilo Maussán, Willy de Winter, un notable ajedrecista; un cuate muy inteligente de apellido Laguna; Otto Raúl González, epigramista genial, y sobre todo el recientemente fallecido don Arrigo Coen Anitúa.

Don Arrigo nació en Italia y fue hijo de la eximia cantante de ópera Fanny Anitúa, gloria de la ópera mexicana, y de un rabino italiano avecindado en Milán. A la postre se nacionalizó mexicano y se dedicó con cuerpo y alma a la defensa de nuestro idioma, a su buen uso y a difundir ampliamente su conocimiento, haciendo ver su apreciable valor en cualquier forma de comunicación y en la transmisión de ideas. Escribió un par de libros, hoy inconseguibles, y ayudó a formar a por lo menos quince generaciones de la escuela de escritores que tiene la Sogem en la ciudad de México, conduciendo a la par un programa de radio en el cual despejaba las dudas de la audiencia, siempre con buen humor y sin el dejo pedante de quien se cree saberlo todo.

Quienes lo trataron afirman que efectivamente el Maestro Coen lo sabía todo, transmitiendo sus conocimientos como quien reparte cualquier cosa, sin importarle lugar, tiempo o persona. Sólo buscaba transmitir su propia felicidad al saberse hablante del idioma que se creó “para hablar con dios”. Y cómo no iba a ser feliz don Arrigo si supo disfrutar de la vida: buenos vinos, buena comida, hermosas mujeres, excelsa música, fueron sus acompañantes habituales, sin olvidar sus queridos libros. El maestro supo contagiar a muchos, aunque fuera a través de las ondas electromagnéticas, su pasión por el saber y por el vivir. Ojalá hubiera muchos como él.

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