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Puebla > Economía
miércoles 3 de enero de 2007

ECONOMÍA A RETAZOS

Del consenso de Washington al disenso latinoamericano

Carlos A. Abarca V.

Cuando en 1989 el economista inglés John Williamson usó la expresión “Consenso de Washington”, percibió los experimentos de los Chicago Boy’s en Inglaterra, Chile y Argentina; la crisis del endeudamiento en América Latina que explotó en 1982; y las privatizaciones de los bienes públicos que impusieron el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Departamento del Tesoro desde 1985, mediante el Plan Backer y el Plan para la Cuenca del Caribe. El Consenso fijó las pautas neoliberales que hoy se quiere perpetuar con el TLC y el ALCA. En América Latina, el acuerdo con Washington clausuró una etapa de la historia de los partidos políticos y de los gobiernos representativos. El decálogo de Williamson y sus discípulos sustituyó los congresos ideológicos, los programas electorales y la participación ciudadana que sustentaron el Estado de Derechos Sociales hasta la crisis de 1979-83. Cual detritus fangoso, asfixió la democracia; en particular en los gobiernos de Carlos Menem en Argentina (1989-1999), Fernando Collor de Mello en Brasil (1990-1993), Alberto Fujimori en Perú (1990-2001), Carlos Andrés Pérez en Venezuela (1989-1994) y Carlos Salinas de Gortari en México (1988-1994).

El consenso de 1990 ha sido objeto shocks y cirugías. Unos, propuestos por el ideólogo original; otras, por economistas como Wolfensohn, Burki, Perry, Kuczynski y Dani Rodrik. La crítica más acre e influyente la formuló en 1999 el Premio Nobel de Economía y vicepresidente del Banco Mundial, Joseph Stiglitz; actitud que provocó su salida de ese organismo. Las “disfunciones” incluyen quiebras violentas de la estructura social, crisis de la educación, ingobernabilidad, atasco institucional y de la gestión pública, corrupción, desatención a los pobres, rupturas ecológicas y violaciones a los derechos humanos. Se mueven entre las cadenas de reducciones arancelarias con subsidios a las inversiones, privatizaciones, contracción del gasto social, desequilibrio fiscal, devaluaciones monetarias, réditos caprichosos y trasiegos de la deuda externa. La razón de las peripecias se dice con cinismo, pues no se oculta que la expansión jurásica del capital implica miseria y pobreza, estancamiento y desempleo estructural, libertinaje y agitación social.

Por ello el Consenso con Washington no es sinónimo de entendimiento de los pueblos y sus gobiernos. Más bien, genera nuevas efervescencias sociales que arraigan en el pasado reciente de los movimientos populares. El argentino Luis Dallanegra incluye, las luchas contra la impunidad de los represores en Chile, Argentina y Uruguay; la demanda de derechos humanos y protección de los recursos energéticos y de la biogenética; las luchas de las mujeres; la creación de hogares de indigentes; la formación de clubes de trueque; los grupos de presión antineoliberales. Más orgánicos, arraigados y políticamente decisivos, el movimiento neozapatista de 1994, el “cacerolazo” argentino de diciembre 2001, las luchas de “Los Sin Tierra”, en Brasil, y las de indígenas, campesinos y agricultores en Bolivia, Perú, México, Ecuador y Guatemala.

El disenso latinoamericano irradia hoy de la Revolución Venezolana, del los gobiernos de Lula y Evo Morales, de los foros internacionales de los pueblos, de la coherencia de los regímenes de Chile y Argentina con las demandas de las mayorías. Depende también de la persistencia de un escenario mundial favorable a los ideales democráticos de las naciones.

Neoliberalismo

Miguel Ángel Burgos Gómez

Una de las virtudes de los adjetivos es que nos permite omitir la historia, o más bien aplicar una prefabricada ad hoc por los mecanismos de la propaganda.

Así, cuando a alguien se le hace fama de “populista”, se insinúa la imagen de Echeverría repartiendo dinero a diestra y siniestra, haciendo demagogia, endeudando al país y reprimiendo a los empresarios. En sentido contrario, el populista revira llamando “neoliberales” a sus enemigos. Neoliberal insinúa la imagen de Salinas, regalando (se) empresas públicas a diestra y siniestra, haciendo demagogia, endeudando al país y reprimiendo a los pobres.

Se nos quiere hacer creer que mientras a los populistas les encanta que el gobierno se ande metiendo en las actividades económicas, los neoliberales pugnan por un Estado que deje en total libertad al mercado. Falso. Son dos caras de la misma moneda. El neoliberalismo no tiene nada de nuevo, salvo sus pretensiones académicas con sus matemáticas que son una alambicada versión cientificista de la partida doble de los contadores y de los cálculos probabilísticos de los vendedores de seguros. Adam Smith ya lo había dicho todo hace más de 200 años con su aseveración de que el individuo, al buscar el bien propio, es conducido por una mano invisible a promover el bien común, aunque este fin no entre en sus propósitos.

El empresario es bueno por naturaleza y, aunque no se lo proponga, beneficia hasta a los pobres; por lo tanto, la intervención del gobierno para regular este egoísmo es dañino para la sociedad. Sin embargo, siguiendo a Smith, el gobierno está obligado a tres cosas: la defensa contra la agresión extranjera, la administración de justicia y el sostenimiento de obras e instituciones públicas “que no serían sostenidas por ningún individuo o grupo de individuos por falta de una ganancia adecuada”. Estos principios dan para todo. Satisfacen ampliamente cualquier fantasía neoliberal o populista, todo depende de las circunstancias. Smith fue durante 13 años profesor de Lógica y de Filosofía moral en Gasglow, Inglaterra, pero los últimos 12 años de su vida hasta su muerte, acaecida en 1790, fue comisario de Aduanas. Como sabemos una aduana es todo menos “dejar hacer y dejar pasar”, como reza la máxima divisa del liberalismo económico. Pero la aduana es considerada una defensa contra la agresión extranjera.

Por eso se puede ser profundamente neoliberal y construir una barda monumental para que los inmigrantes no pasen. Sin las leyes naturales de la mecánica de Newton, quien murió cuando Smith tenía cuatro años, éste no hubiera podido concebir su ley natural del mercado. Newton también fue profesor durante 30 años, puesto que abandonó para ser director de la Casa de Moneda, desde donde se dedicó a perseguir falsificadores para enviarlos a la horca.

Tal como ahora los neoliberales persiguen a muerte a la “piratería”. Sospecho que la crítica de la Economía Política iniciada hace 150 años sólo concluirá cuando abarque la crítica de toda la ciencia como práctica social histórica, constitutiva esencial del Estado moderno.

Sólo 284 millones de pobres en América Latina: CEPAL

Al finalizar 2006 viven en situación de pobreza 205 millones de latinoamericanos (38.5 por ciento de la población total de América Latina); a su vez, en pobreza extrema se encuentra 79 millones de habitantes de la región (el 14.7por ciento de la población total), estima el estudio Panorama Social de América Latina 2006 de la Comisión Económica para América Latina y El Caribe (CEPAL).

Todo ello a pesar de que en los últimos cuatro años la región ha mostrado una notoria mejoría en su desempeño económico y social, pues en algunos países mejoró la distribución del ingreso, disminuyó el desempleo y aumentó el número de puestos de trabajo, lo que permitió disminuir la pobreza. Esta tendencia positiva significó que en 2005 el 39.8 por ciento de la población de América Latina y el Caribe estaba en situación de pobreza (209 millones de personas) y un 15.4 por ciento (81 millones de personas) en pobreza extrema o indigencia. Esto representa una caída de más de cuatro puntos porcentuales en relación a 2002, año en que el porcentaje de pobres se ubicó en el 44por ciento de la población total y el de indigencia en 19.4por ciento. Si se compara con las mediciones efectuadas en 2001 y 2002, un número importante de países presentó reducciones en sus tasas de pobreza e indigencia. Los mejoramientos más significativos se dieron en Argentina (26 por ciento de pobreza en el periodo 2003/2005, contra 45.4por ciento en 2000/2002) y Venezuela (37.1 por ciento en 2003/2005, contra 48.6 por ciento en 2000/ 2002.) Pero si bien el progreso general de América Latina es alentador, indica la CEPAL: “No se debe olvidar que los niveles de pobreza siguen siendo muy elevados y que la región todavía tiene por delante una tarea de gran magnitud”.

En el informe de la CEPAL se examinan también los cambios en los principales indicadores del mercado del trabajo y se concluye que la recuperación de los empleos y parcialmente de las remuneraciones de los últimos años no fue acompañada por un cambio significativo en la calidad de los nuevos puestos de trabajo.

En el Panorama social de América Latina 2006, se abordan también dos temas de especial relevancia para la región: las desigualdades sociodemográficas que afectan a los pueblos indígenas y los cambios que ha experimentado la composición de las familias latinoamericanas. Respecto a los pueblos indígenas, la CEPAL destaca dos hechos: la irrupción de estas comunidades como activos actores sociales y políticos; y el proceso de consolidación del estándar internacional de derechos y sus implicaciones para las políticas públicas. La complejidad de las poblaciones indígenas y la persistente inequidad y desigualdad que las afectan, plantean un gran desafío en materia de reformas estatales y de políticas.

Finalmente, el estudio presenta un diagnóstico de los cambios en la estructura familiar y examina las políticas donde se constata una cada vez mayor heterogeneidad de los tipos de familias, en donde los hogares unipersonales y monoparentales con jefatura femenina tienen una gravitación creciente. Estos cambios exigen superar las actuales limitaciones que se observan en la institucionalidad pública encargada de los temas de familia en la región y generar un nuevo enfoque de las políticas y programas de los gobiernos hacia las familias.

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