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Puebla > Cultura
miércoles 13 de diciembre de 2006

MEDIEROS

Concesiones reservadas

Roberto Alonso

Rotulando frente a empresarios del ramo que en su gobierno no habrá censura ni ataduras, en el marco de la 48 Semana de la Radio y la Televisión celebrada en Cancún a finales de octubre, promesa quebrantada semanas después con la política de comunicación social aplicada contra el periodista Gutiérrez Vivo, por mencionar tan sólo un caso, Felipe Calderón proyectó la oferta de una tercera y hasta cuarta cadenas de televisión y cientos de concesiones para emisoras de radio, así como su apoyo en el proceso de migración a la tecnología digital.

En respuesta, apoderados del espacio radioeléctrico exigieron protección antes que mayor competencia, enviando una clara señal deducida y entendida en las omisiones del entonces presidente electo respecto a la impugnada ley Televisa, al vigente Acuerdo de Convergencia, a la regulación de contenidos y a la transparencia de las concesiones otorgadas por la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.

Por su parte, el presidente de Grupo Ángeles, dueño de Grupo Imagen, del periódico Excélsior y del adquirido Canal 28 de señal abierta en el Distrito Federal, consideró cínicamente, en la Cumbre Empresarial de Pymes acontecida en Veracruz, que los monopolios no deberían de existir en México. Para Olegario Vázquez Raña, directivo de la cadena de hoteles Camino Real, cercano a Marta Sahagún, se deben facilitar más concesiones de radiodifusión siempre y cuando el acceso a éstas sea mediante un pago, subasta en términos de la ley reformada que reconozca al mejor postor.

En la misma disputa, el Consejo Coordinador Empresarial entregó los primeros días de noviembre a Felipe Calderón, a manera de cobro de factura, un documento con una serie de puntos que, a juicio del sector privado, convendrían formar parte del plan de gobierno 2006-2012, entre los que incluye licitar el establecimiento de nuevas estaciones de radio y televisión vistas como oportunidad para incursionar en una plaza que ha dejado ganancias millonarias para los consorcios mediáticos. Los movimientos estratégicos para alcanzar mejores posiciones en el mercado no han sido la excepción; sin embargo, éstos parecen obedecer a la anuencia de quienes concentran las frecuencias.

Celebrada la toma de posesión del nuevo Ejecutivo, la petición de frenar la apertura del espectro público se desnudaría al arreciarse una campaña ofensiva dirigida a Grupo Saba, distribuidor de medicamentos y socio de General Electric en México que requirió en septiembre pasado, a través de la empresa mexicana Palmas 26, la licitación para operar televisión abierta. Ante esta solicitud, las emisiones informativas del duopolio que centraliza el 80 por ciento de las concesiones televisivas han apuntalado una embestida que en el fondo pretende dañar la imagen de quienes aspiran a gestionar un nuevo canal y, en este sentido, obstaculizar su posibilidad.

Sin vacilar en confabulaciones, los actuales propietarios de medios han acumulado poder político y económico en abundancia de la mano de compadrazgos y favores de una clase política que, a ellos supeditada, poco puede influir en la repartición de un bien de la Nación sometido al control privado, lo que evidencia una complicidad que no contribuye sino a enturbiar en demasía la vida pública.

Escupir para arriba en mil palabras

Roberto Aguirre Fernández de Lara

Entre las linduras de esta vida, las noticias matutinas en la televisión abierta, junto con el encendido de la bomba de agua de la casa de mi vecino a las 5 de la madrugada y el grito o la musiquita del camión de gas son las sensaciones más sui géneris. Son de esas experiencias que hacen el día porque invitan a levantarse y dejar la cama, y la compañía que hubiera en ella, a casi cualquier precio.

Uno de estos días, el noticiario de televisión nacional abierta del canal 6, ubicado como Azteca 13 en la señal que llega a Puebla, difundía en su variado catálogo de noticias de espectáculos, sentimentales u otras, con la mirada de jóvenes seductoras e inquisidoras, de apuestos y bravos locutores o de mamá madura dispuesta a defender a sus hijos en hidalgas crónicas –rara mezcla alquímica del periodismo televisivo presente en nuestro país y sin duda en otros que obliga a reflexionar en torno al tema de la autorreferencialidad mediática– alguna noticia que llamó poderosamente mi atención dadas las discusiones en torno a la Ley Federal de Radio y Televisión, referida coloquialmente como ley Televisa. En particular, desde la perspectiva del fomento al monopolio que hay en la nueva ley vigente en la materia y la siempre atenta y vigilante mirada de los monopolios mediáticos de televisión abierta de nuestro país para evitar cualquier seña que les cuestione tal condición.

Decía, pues, que tal nota, y la serie de tratamientos periodísticos sobre el tema en Televisa como en Televisión Azteca, acusaba la existencia de un monopolio nacional en la distribución de fármacos en manos del Grupo Casa Saba. En su clásico estilo sentimental y melodramático, indicaba casos de dueños de farmacias víctimas de tal monopolio. Hacer nota de este tema es sin duda relevante, sin duda la quiebra o pérdida del disfrute de derechos a una mejor calidad de vida por parte de ciudadanos que buscan obtener ingresos merece atención y el monopolio a nadie conviene. Incluso al monopolista, puesto que con el tiempo y un ganchito sus productos se vuelven de poca calidad y caros; sin embargo, tanto esta televisora o cualquier otra empresa de telecomunicaciones que esté en condiciones monopólicas escupen para arriba cada vez que tocan el tema del monopolio en algún giro comercial ajeno al suyo. Lo más interesante es que no se cambian de lugar después de escupir. Lo más triste: no lo hacen porque no quieren, no porque no se den cuenta.

En suma, la condición monopólica en la propiedad mediática tiene ecos en el lenguaje televisual; ecos que en el plano internacional han hecho de la televisión mexicana una industria obligada a defender su condición monopólica en su casa dado el mejor manejo del lenguaje por sus competidores internacionales y la incapacidad de la audiencia local para representar económicamente una fuente más poderosa de sustento del negocio y sus planes de inversión, crecimiento y producción.

Entre esos ecos en el lenguaje televisual, en su empobrecimiento, el monopolio es un promotor de verdades únicas en el sentido de los contenidos mediáticos que se consideran como atinados en tanto motivan –entre otras cosas– la estabilidad social, preocupación del ciudadano promedio a quien se le venden cuentas de vidrio cunado se le dice que las imágenes no mienten. Estos ecos, si bien se dan en el contenido, son más fundamentales en el tratamiento discursivo del lenguaje televisual. Entre las joyas de la corona se peden ubicar afirmaciones célebres como aquélla según la cual “una imagen dice más que mil palabras”.

La red de imprecisiones conceptuales que representa la afirmación aquí revisada hace aparecer a los contenidos como lo más relevante de todo lenguaje. Es una docta ignorancia, parte de un lenguaje especializado en producir ignorancia supina.

Vamos por partes, dijera Noé al acordarse de su carnicero. Lo primero es voltear la atención al código, al sistema de representación. A diferencia del lenguaje articulado, el audiovisual organiza la representación de manera diferente. El proceso semiótico, que se entiende llanamente como relación entre un objeto de referencia, un significado y un significante, computa la unidad representacional de manera más discreta en la lengua articulada; es decir, la representación computa uno a uno la relación significadosignificante. Debido a esto, la escala de unidades de representación se ha distinguido en la lengua articulada de fonema a palabra, a oración, a párrafo, a texto, a género.

Sin dejar de ser problemática, tal distinción no opera igual en un lenguaje audiovisual, pero ello no significa renunciar a que se puede hacer una escala de unidades representacionales en este lenguaje a partir de la distinta manera en que el cerebro computa la representación respecto al proceso semiótico en el lenguaje articulado. Entonces, la expresión “una imagen dice más que mil palabras” se refiere a que, respecto al lenguaje articulado, el audiovisual y en ello el televisual llena más los espacios, deja menos contenidos de la situación representada a nuestro arbitrio e imaginación. Por lo pronto, la reflexión hace de lado los aspectos discursivos.

Como se sugiere, los contenidos posibles dependen del modo en que cada código organiza la representación y esta organización se asocia a modalidades cognitivas; entonces, “una imagen dice más que mil palabras” remite, contrario a como el lugar común lo explica, a que el lenguaje televisual elabora un contenido más masticado y deja menos a nuestra imaginación, a nuestro potencial de significado. En el caso de los señalamientos sobre el monopolio de Saba Rafoul, la afirmación aquí puesta en juicio sobre la imagen representa un manejo del lenguaje televisual que promueve, en términos de alfabetización y lectura mediática, un juicio desinformado, parcialmente crítico, que tiene entre sus gracias la peregrina idea de creer que el tipo de periodismo aquí referido puede decir verdades contundentes en imágenes cognitivas de certeza indudable. Vaya enredo

 

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