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miércoles 13 de diciembre de 2006 |
La globalización tiene dos caras, pero la peor es impuesta por intereses económicos: grupos socialesMiguel Ángel DomínguezAtlixco / I – “La globalización es un proceso histórico a largo plazo que tiene sus raíces en la sociedad antigua. Su forma actual, sin embargo, es el resultado necesario del florecimiento de los modos de producir del capitalismo”, coincidieron diversos sectores sociales, económicos y políticos del Valle de Atlixco e Izúcar de Matamoros.
Durante una mesa de debate, los asistentes a la convocatoria analizaron el tema como parte “de un ensayo local para conocer, entender y en determinado caso hacer frente a ese sistema”. Miguel Hernández, de una organización no gubernamental independiente, leyó, tras varias horas de intercambio de ideas, parte del resumen final: “Desde la segunda guerra mundial, ese fenómeno alcanzó un nivel de desarrollo cualitativamente nuevo. La mundialización de la cultura estaba ya en proceso con el crecimiento de las principales religiones y con imperios antiguos como el romano. En los siglos XVI y XVII, el comercio y las interacciones financieras conectaban gran parte de los mercados europeos emergentes”. Según los historiadores, dijo, “vivimos en una economía global desde el año 1700, y muchas de las principales ciudades del planeta fueron almacenamientos integrales por siglos. Para mediados del siglo XIX, como resultado de la caída de las barreras mercantiles, el acelerado crecimiento de la tecnología industrial y la búsqueda de nuevos mercados, el capitalismo quedó convertido en el sistema prácticamente universal”. Reiteró: “La necesidad de encontrar oferta y demanda instiga a la burguesía a ir de punta a punta del hemisferio. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones... el bajo precio de las mercancías es la artillería pesada con la cual derrumba todas las murallas de la China.” Desde el fin del llamado Holocausto, contó, y con el progreso de la tecnología de la comunicación, el capitalismo entró en una nueva fase. “La radio, la televisión, el contacto vía satélite, los avances digitales y el internet lograron transmitir un mensaje casi instantáneamente. El mundo, como bien manifestó un teórico, está convertido en una aldea global”. Miriam González, una activista de Atlixco y estudiante universitaria, a nombre de los grupos campesinos de la zona de los volcanes, reiteró: “La globalización es una compleja analogía de procesos tecnológicos, culturales, políticos y económicos. La posibilidad de desligarlos permite considerar una forma alternativa de ese modo de vida”. Sigue: “La fase actual es descrita como una compresión inaudita de tiempo y espacio reflejada en fuertes interconexiones e interdependencias a escala entre países. Definida de este modo, es un simple conjunto de fases cotidianas. Sin embargo, y eso es posible evidenciarlo diariamente en la prensa escrita, no todos están igualmente preparados para entrar a ese régimen. Parece generar enormes riquezas y oportunidades para unos pocos relegando a la mayoría a condiciones de pobreza extrema y de desesperanza.” Para comprender esto, sostiene, es indispensable hablar de la ideología neoliberal de mercado. “La idea neutra de globalización contiene esencialmente tres procesos: político, económico, tecnológico y cultural. Pese a estar ligados en la realidad histórica, podrían separarse, aunque conjugar dos de estos factores significa combinar los desarrollos tecnológicos y la concentración del poder, específicamente del económico”. En tanto, Jesús Méndez, de la comunidad La Soledad Morelos, municipio de Huaquechula, insistió en su turno: “Padecemos hoy en día una red corporativa capitalista en donde los sectores globales y otros agentes económicos transnacionales, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y la Organización Mundial del Comercio (OMC), planean la producción a escala internacional, determinan las formas de la tecnología y la energía y controlan la división del trabajo y la distribuyen los bienes. El resultado es una globalización desde arriba”. Y propuso: “Otra alternativa es posible desde abajo, porque los avances de las tecnologías deben emplearse en las necesidades de toda la población del mundo y el enriquecimiento de nuestras capacidades humanas. Ya no reina aquel mercado local y nacional suficiente para sí mismo y donde no entraba nada de fuera; en estos momentos la red del comercio es universal, y en ella entran unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. En todo esto algo es muy cierto: los resultados del aspecto de la producción material tendrán efecto también con el espíritu”. De hecho, indicó, los productos espirituales de las diferentes naciones forman un acervo común. “Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional pasan a segundo plano, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una universal. Más aun, bajo la directriz de acumular capital, esta cultura termina en el status de cosmopolita. La burguesía, sin duda, somete el campo a los imperio de la ciudad”. Según Hernández, esto último crea ciudades enormes, intensifica la comunidad urbana en una fuerte proporción respecto a la campesina y arranca a una parte considerable de la gente del campo al cretinismo (sic) de la vida rural. “Y como ocurre entre el campo y la ciudad, someten a los pueblos bárbaros y semibárbaros a las naciones civilizadas, a los pueblos campesinos con los burgueses. No hay indicios de ironía en este último pasaje. Muchos, atrapados en la tendencia de la época, aplauden este proceso culturalmente imperialista. El problema es uno: no todas las culturas están situadas igualmente en esta integración cultural”. Finaliza: “Bajo la tutela del capitalismo, la integridad de los indígenas es destruida, a medida que éstas terminan penetradas por los centros urbanos. El diagnóstico es homogenizar a la cultura. Una vez más, la organización global del capitalismo subraya la posibilidad de diferentes opciones de convivencia. Como subrayan los sociólogos, es factible considerar una tendencia que no esté contra la diversidad cultural y tenga la capacidad de mediar entre las comunidades nacionales, las religiosas y los estilos de vida alternativos. Ello abrazaría el diálogo con las tradiciones y discursos de otros y expandir los horizontes de nuestras propias estructuras.” |