"Periodismo regional a la medida de su tiempo"

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Puebla > Estado
jueves 2 de noviembre de 2006

PARIÁN Y BARATILLO

En recuerdo

Moisés Andrade

Estaba la media muerte
sentada en un carrizal
comiendo tortilla dura
pa’ ver si podía engordar

Canción infantil tradicional

uizás sea cierto que los mexicanos mantenemos una relación particular y peculiar con la muerte, la huesuda, la calaca, la tiznada, la pelona o doña huesos, como queramos llamarla; los días últimos de octubre y los primeros de noviembre las celebraciones a nuestros “difuntitos” (otra costumbre tan mexicana esa de los diminutivos como constatación de confianza e incluso de nulo respeto), no pueden concebirse sin el adecuado contingente alimentario, indispensable en las ofrendas como en los comelitones con que se festina el recuerdo de los seres queridos.

A despecho de que la muerte nos circunde diariamente y de que muchas veces le tentamos con bastante irresponsabilidad, amén de que nuestro léxico está colmado de frases, expresiones y palabras alusivas a ella, a la hora de entrarle a la convivencia con los ya idos no nos tiembla el esqueleto por el temor de que nos lleven. Antes al contrario, la reverencia con la cual nos unimos en celebración, marca un puente entre la trascendencia y lo mundano, entre la certeza de la muerte y la incertidumbre de la vida, entre lo cotidiano y lo eterno. Y que mejor manera de solventar que unos cordiales alipuces entre pecho y espalda, así como un buen mole y unas calientitas tortillas para saciar el requerimiento de nuestro continuo afán de existir y no olvidar. Aun y a pesar de que consideramos –y llamamos– como ofrenda las construcciones efímeras dedicadas a nuestros muertos, tal vez no haya un grado tan alto de sacrificio como el que connota, sino más bien de recuperación de vínculos con aquellos que se nos adelantaron.

Por eso es interesante constatar que en China, en primer lugar, la alimentación de los muertos debe ser en forma de sacrificio por parte de los parientes directos del difunto. Nos dice Silvia Freiin: “El alma de los muertos sólo encuentra la paz cuando recibe el sacrificio que le corresponde, necesita con urgencia esta ofrenda para poder realizar el paso a una nueva forma de existencia, la ‘vida’ después de la vida. En esta nueva forma de existencia el alma del muerto puede seguir viviendo, gracias al sacrificio de sus allegados como alma de un antepasado”. En segundo lugar, se debe alimentar a los muertos por el temor de los vivos a que regresen, excluyendo del sacrificio a los muertos en accidente, a los que tuvieron descendencia masculina, quedando como “espíritus hambrientos”, pudiendo ocasionar un mal si son utilizados por personas diferentes a los descendientes directos. Seguimos con Freiin: “Sólo pueden ofrecer sacrificios a los muertos sus propios descendientes y quedan excluidas las personas que no forman parte de la familia. La buena fortuna de una persona depende de que satisfagan a los propios antepasados con sacrificios, pero las ofrendas de personas extrañas no pueden traer felicidad...”

En nuestras tierras, como sabemos, lo normal y correcto es invitar no sólo a la familia extendida sino a amigos, compadres y vecinos a confraternizar en un festín más propio del reencuentro que del temor a no vernos, aunque propiamente quienes construyen los altares de muertos sean los familiares más cercanos a los difuntos. Como sea, hay que reforzar nuestros recuerdos de los seres queridos y la ocasión más propicia son estas fechas tan llenas de simbolismo y de fuerza cultural, aunque haya despistados por ahí que prefieran disfrazarse de vampiros y de monstruos. Pues que les presten sus jetas Ulises Ruin y sus secuaces del PRIAN para que se pongan a bailar en sus halloweys.

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