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Puebla > Estado
lunes 23 de octubre de 2006

TAUROMAQUIA

La escuela rumana del toreo

Alcalino

Tradicionalmente, se hablaba de una cierta “escuela rondeña” del toreo contraria a la “sevillana” –sobria la una, florida y adornada la otra–, referencias con escaso sustento pero que hicieron fortuna entre los amigos de un facilismo poco comprometedor, reforzados con el tiempo por entusiastas apoyadores de una “escuela castellana” tan improbable como las anteriores, sin contar las peripecias –muy de moda en tiempos de Manolo Martínez– del cronista de cámara del susodicho, empeñado en descubrirnos los misterios de la “escuela mexicana del toreo”, que habría tenido sus orígenes en Rodolfo Gaona, perfectamente equiparable en el cultivo de tan exótica flor con, digamos, Manuel Capetillo, aun tratándose de artistas enteramente opuestos. Esta manía por las “escuelas” es seguramente una herencia verbal de la Escuela de Tauromaquia de Sevilla fundada en 1831 por Real Decreto de Fernando VII, que dispuso la dirigiera el célebre pero ya septuagenario Pedro Romero. Pero además de que duró muy poco y no dejó como herencia ninguna institución afín, se pasan por alto “detalles” como que Pedro Romero procediera de Ronda y tipificase una escueta aunque magistral forma de lidia, esplendorosamente representada años después por “Paquiro” –el fruto más ilustre de sus enseñanzas en el susodicho recinto– pero reñida con los quiebros y alegrías de Pepe-Hillo, Cúchares y demás espadas que llevaban a “Sevilla enredada en la faja y a la Giralda por montera”. No obstante las evidencias, la pseudoclasificación en escuelas ha seguido en la punta de la lengua de muchos taurófilos, no pocos taurinos y hasta algunos toreros, a contracorriente con la historia y sin más asideros que aquella vaga relación con cuestiones de temperamento regional.

Los modos de moda. A pesar de la aparición en España de jóvenes con tanta personalidad como Cayetano y Talavante –si bien la de éste parece calcada de José Tomás–, llevamos bastantes años contemplando una impresionante similitud de procedimientos que hace prácticamente indistinguibles a los actuales aspirantes a la gloria taurina, monotonía que está dejando a los públicos hispanos cada vez más indiferentes incluso cuando alguien torea bien, pero sin acento ni expresión propia. Y se me ocurre que esta uniformidad no salió de la nada, ni siquiera de las escuelas taurinas de cuño contemporáneo, muy populares en España y basadas todas en idéntico formato, por lo que producen toreritos cortados con el mismo patrón. Desde luego, tal profusión académica tiene que influir, pero el verdadero padre de la monotonía presuntamente estilística que nos agobia es el toro.

Y el toro como explicación. Producto hiperdestilado de medio siglo de progresivos intentos por disminuir su acometividad y bravura, el toro de hoy día –con excepciones tan raras como los de Cebada Gago del día 14 en Zaragoza– se caracteriza no tanto por su desproporción física como por ese paso cansino frente al cual hablar de temple es invocar casi siempre una entelequia, pues para aparentarlo basta con un entrenamiento intensivo, similar a los tecnificados programas de preparación mental y física que produjeron como en serie prodigios de agilidad, precisión y equilibrio en la rama de la gimnasia femenil. Sin duda, quienes revolucionaron los conceptos de ese deporte fueron, hace ya sus buenos treinta añitos, los técnicos rumanos de la especialidad, maestros de talento sólo comparable a su audaz imaginación. Aun así, llegar al hallazgo de una Nadia Comaneci –como al de El Juli a finales de siglo XX– supuso en aquella Rumania socialista la culminación de un estricto programa de trabajo a escala nacional ¿Se podría suponer, vista la crisis taurina que agobia a México, que la superación de la misma dependiese de una planificación semejante, con el modelo de Tauromagia –que ya está dando interesantes frutos–, como la pauta a seguir?

Diferencias sensibles. Difícilmente. Pues mientras la gimnasia involucra a solamente una persona, concentrada en reproducir en el momento preciso aquello que entrenó exhaustivamente hasta dominarlo del todo, el toreo exige una particular clase de acople entre dos cuerpos, destreza no adquirible por repetición sino por espontánea adaptación a las reacciones imprevisibles de un partner hasta entonces desconocido. Y hacerlo además a la luz de una historia y delante de un público que demandan algo más que exactitud mecánica: comprensión del “problema” presente, recursos para domeñarlo... y una profunda capacidad de expresión, difícil de alcanzar –y aún de imaginar– si clones carnudos programados para embestir tan sosa y cansinamente.

La uniformidad del toro mata la esencia del toreo porque degrada el arte a simple y mortal rutina.

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