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Puebla > Estado
lunes 23 de octubre de 2006

SEMANÁLISIS

La luz de Lorena Ochoa

Horacio Reiba

Definitivamente, está sonando en México la hora de la mujer. También en el deporte, sí señor. No ha habido, en este siglo, réplica masculina convincente al brillo de Ana Guevara, primero, o Lorena Ochoa actualmente. Guevara ya vio pasar su momento y la plata olímpica en Atenas 2004 marcaría la culminación de una fructífera y ejemplar trayectoria. Y ni duda cabe que lo logrado en las pistas por el admirable tesón de la sonorense entre 2003 y 2004 será lo que trascienda, mientras se empolvan y olvidan sus devaneos de última hora al lado de la pareja presidencial.

Ojos oblicuos, mirada afilada. Como ocurre con casi todos los genios, el golf se adueñó pronto de la vida y los sueños de la hoy veinteañera Lorena Ochoa Reyes. Como la propia naturaleza de su deporte indica, nació en Guadalajara en el seno de familia acomodada, pero este dato no sirve para explicar la tremenda facilidad de asimilación que la pequeña Lorena mostró desde los tiempos en que el largo de un palo de golf superaba con creces su estatura de niña. Ya entonces pintaba para fenómeno, y no tardaría en superar las habilidades de su hermano mayor, que no eran pocas, hasta ubicarse como el mejor prospecto tapatío y más tarde nacional de una especialidad que ha contado en México con múltiples practicantes aficionados –especialmente en el jet set de la política y los negocios, las dos ramas de lujo de nuestra realidad social, entrelazadas como si fuesen una sola–, pero ningún campeón de jerarquía internacional. Lo cual contrasta con el historial de otros entretenimientos de élite, como el tenis y el polo, en los que México sí llegó a tener relevantes cultores. Heredaron un álbum lleno de buenos recuerdos, pero ninguna descendencia destacable.

Prometedores principios. Lorena compite en el circuito profesional desde 2004, aunque de entrada lo hiciera como jugadora amateur, según es ahí forzoso en la etapa inicial de toda recién llegada. Ya ese año se clasificó tercera del mundo y disfrutó de su primera victoria, en el Franklin American Mortegage Championship, a la que pronto se unía la conquistada el 29 de agosto en el Wachobia LPGA Classic. Pero no arrancó bien 2005, y antes de por fin ganar un torneo –el Wegmans Rochester Classic– atravesaría una etapa particularmente gris. Aunque no volvió a encontrarse con el triunfo, a partir de ese 21 de junio su rendimiento mejoró sensiblemente y pudo concluir la gira mundial como la 4». mejor golfista profesional. Tales eran sus credenciales cuando 2006 asomaba la nariz. Se encontraba bien situada y considerada, pero sin dejar de ser una de tantas muchachas prometedoras, enredada entre las norteamericanas Christie Kerr, Juli Inkster y Paola Creamer, la coreana Jeong Jang. Algo abajo de la temible australiana Karrie Webb. Y más lejos aún de la plusmarquista de todos los tiempos que no era otra que, con sus cuatro títulos consecutivos (de 2002 a 2005), la campeona sueca Annika Sorenstam. La rival a vencer para todas ellas, que solamente una –la mejor– iba a conseguir derribar de su pedestal.

Rumbo a la cúspide. 2006 encontró a una Lorena Ochoa dueña ya de los secretos que rigen más íntimamente la relación, engañosamente simple, entre la fuerza y dirección de un golpe de mazo, el rodar de una esferita blanca, liviana y caprichosa, y los diversos datos y características en fricción y planeidad de los courts más célebres de la escena golfística internacional, sometidos a los rigores del clima y a la cambiante fuerza y dirección de los vientos de cada jornada. Para alcanzar la meta, Lorena debió probar su capacidad de comunicación con distintos cadies –este año, por ejemplo, lo empezó trabajado con Lance Benett, a quien a medio camino reemplazó, con singular acierto, por Dave Brooker, norteamericanos ambos–, y aislar la mente y el músculo de las más duras presiones psicológicas, sin lo cual la precisión del golpeo mengua irremediablemente por más cualidades que reúna un o una golfista.

La consagración. Luego de vencer en el Takefuji Classic (19 bajo par), el duro Sybase neoyorquino (-6), y con 5 subcampeonatos casi al hilo reunir la bolsa más jugosa del año, su verdadera prueba de fuego, la que mediría la capacidad real de Lorena Ochoa hay que ubicarla en Morelia, primer torneo mexicano para damas de relieve internacional, un evento creado hace dos años a favor de la creciente popularidad de Lorena, pero también el escollo con el que había chocado las dos veces con muy flojo rendimiento en ambas. La disculpa consabida era que las abrumadoras muestras de simpatía por parte de público y medios minaban su concentración. Incluso cuando, en pleno 16 de septiembre, justo antes de la nueva prueba moreliana, se programó en Acapulco un vis a vis entre Lorena y la gran Annika Sorenstam, el duelo fue para la veterana multicampeona. A pesar de los pesares, Morelia sería para la mexicana, que prácticamente arrasó. Y semana de por medio –vale decir, hace ocho días–, confirmaba su estado de gracia remontando con absoluta autoridad un score adverso nada menos que frente a la mismísima Annika: para lograrlo iba a completar la ronda más perfecta de su carrera, con un asombroso –7 el tercer día, que le permitió rebasar y de paso destronar a la famosa sueca, izar su cuarto trofeo del año, juntar más de dos millones de dólares y convencer a todo mundo de que hay campeona para rato. Incluso a los mexicanos, donde la desconfianza y el escepticismo son desde tiempo inmemorial el deporte nacional por excelencia. Difícilmente los derribará el golf de ese pedestal. Pero más difícil la tienen quienes, en lo sucesivo, se atrevan a apostar contra la irresistible tapatía.

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