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Puebla > Estado
viernes 15 de septiembre de 2006

Con Eleazar Camarillo desaparecieron los últimos resabios del caciquismo: García

Miguel Ángel Domínguez

La “modernidad” en términos educativos, el crecimiento de los pobladores en la mancha urbana –derivado de la industrialización–, el expansionismo del sector servicios de la economía y el apego formal a la brecha democrática favorecieron de forma conjunta el crecimiento en Atlixco de las oposiciones y los contrapesos responsables de limitar considerable y progresivamente la impunidad con la cual operaban los caciques en las áreas bajo control.

En dicho panorama, las funciones del cacique Eleazar Camarillo dentro del régimen arbitrario eran impracticables y dejaron de ser trascendentes porque esa forma de autoridad renunció a su esencia. Ambos razonamientos forman parte del trabajo de tesis de la egresada en la Universidad de las Américas Puebla, Denisse García Rodea, titulado La Transición a la Democracia y fin del Caciquismo en el Municipio de Atlixco.

Elaborado entre 2003 y 2004, el texto detalla: “Eleazar Camarillo Ochoa, subalterno y compadre de Antonio J. Hernández, contó con mucho menos poder, comparado con el antecesor, y heredó una diezmada organización laboral. No obstante, resulta sorprendente la capacidad para controlar la cotidianeidad del municipio y de la región. Aunque sin esas extraordinarias relaciones con los presidentes de la república y lejos del manipuleo de los más de 3 mil trabajadores de las fábricas textiles. Por encima y sobre todo, Camarillo aún alcanzó el lujo de ser el cacique en turno”.

Los últimos años de J. Hernández, admite la especialista, estuvieron marcados por la crisis de las compañías de telas, y para la llegada del “señor de la Soledad”, la mayoría de las empresas cerraron.

“Las implicaciones serían el desempleo y la evolución de la actividad del municipio; la falta de trabajo desembocaría en descontento social. A pesar de esto, se llevaron a cabo estrategias, como la ‘cooperativización’ de la textilera de Metepec, el censo de taxistas y locatarios del mercado a la CROM y el combate de la ausencia de labores e ingresos en la comunidad corrió a cargo de trabajos en obra pública. Eso permitió sobrevivir a ese sistema caciquil”, asume.

No obstante, dice la egresada, la fuerza y trascendencia nacional del anterior cacique –Antonio J. Hernández– terminó acotada y disminuida después de la crisis obrera. “Camarillo tendría un menor poder de negociación y de capacidad para repartir e invertir en beneficios materiales porque perdieron afiliados del sindicato. Aunque preservaría la habilidad de organizar y unificar a la comunidad, de movilizar gente y hasta de usar la violencia”.

Camarillo Ochoa, cuenta el texto, a pesar de ser personalista y de contar con la “solvencia” del uso de la fuerza, debió hacerlo de manera sutil porque no contaba con la impunidad de los viejos tiempos. “En la segunda mitad de la década de los ochenta, cumplir amenazas ya no era algo para presumir; además, el cacique sólo contaba con los términos incondicionales de la autoridad de Atlixco y quizá del estado, pero las federales ya no tolerarían excesos”.

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