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Puebla > Cultura
viernes 15 de septiembre de 2006

Entrepanes

Sólo estar solo y sólo lloro...

Alejandra Fonseca

Lloraba. Lloraba y comía. Se secaba las lágrimas con un pedazo de papel de estraza: “Mire usted cómo tengo mis ojos hinchados. Lloré toda la noche. Lloro diario,” y se metía un pedazo de filete de cazón capeado en la boca. “¿Cómo ve usted que me regresé de Chicago sólo para llegar a encontrar a mi esposa con otro? Yo mandándole dinero desde allá para pagar nuestras deudas. Y le juro que yo me porté bien. Hasta mis hermanos se quedaban admirados que deltrabajoalacasaydelacasaaltrabajo.

Es un trabajo muy pesado el de la construcción: llegar temprano, trabajar duro, salir tarde y uno se cansa. Sólo me desviaba para mandarle dinero y hablar con ella por teléfono.

“Uno de mis hermanos fue quien me avisó que mi mujer andaba con otro. Se lo dijo su esposa. La muy tonta de mi mujer fue a confiar en mi cuñada y le dijo todo. Y ella que le dice a mi hermano. ¡Tanto coraje le dio a mi hermano de lo bien que me portaba, que me lo dice! Yo sólo pensé en regresarme y hablar con ella. Tenía que verla, ¡y mire usted nada más pa’qué me regresé!..”

“Mi niño se dio cuenta. Ya tiene once años. La niña todavía está chiquita, tiene ocho, pero el niño me dijo: Mira, papá, así y así. Veía y oía a su mamá ponerse de acuerdo por teléfono con el otro para verse. Los iba a dejar con mi mamá para que los cuidara y decía que iba a un mandado y se iba con él. Y yo mandando dinero, pagando deudas y cuentas grandes de teléfono por sus llamadas al celular. Sí, doña, ¡cómo duele el engaño!” Y lloraba. Lloraba y comía.

“Me da pena ir con mi familia. No quiero ir a fiestas ni a reuniones, porque siento que me ven, que se me nota que me engañaron. Hoy es cumpleaños de mi papá. Yo estoy viviendo en su casa y toda la familia se va a reunir ahí. Me siento apestado, no quiero que me pregunten qué me pasa, cómo estoy. No tengo otra plática que mi pena y no hago otra cosa más que llorar. ¡Si usted supiera cómo la quería, cómo la quiero, lo bien que nos llevábamos. Cómo nos fuimos juntos cuando ella apenas tenía 14 años y cómo la sufrimos porque su familia no me quería! ¿¡Y para qué!? ¿Valió la pena?

“Hoy salí en el taxi porque no quise quedarme llorando en el cuarto. Cuando usted me hizo la parada y se subió, traía yo mis ojos llenos de lágrimas, no sé si me vio. Después que me dijo que la llevara a un lugar donde se come rico y la traje aquí, le tocó escuchar a un alma en pena, lo contrario de lo que canta Arjona en su canción del taxi, ver y escuchar lo que sufre un taxista. Me ayudó salir a la calle, porque yo quiero sólo estar solo y sólo lloro...”

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