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Puebla > Estado
lunes 4 de septiembre de 2006

OPINIÓN

Viaje al pasado y al futuro de la mano de doña Rosita

Beñat Zaldúa Ariz


Don Antonio y su ayudante colocan las flores y las frutas debajo de una de las cascadas donde se realiza la ceremonia a la Iztaccíhuatl / Foto: Beñat Zaldúa Ariz

Y casi sin aire llegamos al lavadero. Estamos en las faldas de doña Rosita para los vecinos de Santiago Xalitzintla, la volcana para los volcaneros y el Izta para el resto de los mexicanos. La explanada invita al reposo y a la contemplación; atrás quedan el criminal madrugón y el viaje por la tortuosa carretera. Todo se olvida al observar las formas que la caprichosa naturaleza le dio a Rosita: altos muros, que la guardan de intrusos y saltos de agua que dan vida a los alrededores.

Pero no se acaba ahí la cosa: queda el último tramo, y como no podía ser de otra forma, es el más duro de todos. Serpenteando por las laderas y cruzando alguna que otra vez el río, todos van llegando al lugar de la ceremonia, cada uno al ritmo que se lo permiten sus años, sus ganas o su carga, pues no es fácil acarrear un bombo de un metro de diámetro hasta allí arriba.

El primero en llegar es el encargado de la vara que luego servirá para bailar, y detrás de él van apareciendo, por la empinada pendiente, las cabezas de los demás peregrinos. Don Antonio, tiempero de Xalitzintla, y por lo tanto maestro de ceremonias en el día de hoy, llega a su ritmo, pero entero. Al rato llega otra pieza fundamental de la celebración: doña Inés, quien, con rostro tan cansado como digno, mira desconfiada al güerito que le apunta con su cámara.

A un lado de la cascada que servirá de marco incomparable para la ceremonia, los asistentes se reúnen en una repisa, donde cada quien se concentra en sus quehaceres. Don Antonio, con la ayuda de varias manos, renueva el vestido de flores a las cruces; Gustavo, incondicional de la ceremonia, enciende la hoguera; doña Inés prepara los alimentos que primero degustará doña Rosita y luego compartirán los presentes; los músicos alegran el descanso de los rezagados, y más de uno pone a prueba sus pulmones con un cigarro a los cerca de 4 mil metros en los que nos encontramos.

Adornadas las cruces con las flores de la temporada, y realizada la oración de rigor en honor a doña Rosita, llega uno de los momentos culminantes del día. Don Antonio, seguido por los hombres que más confianza parecen inspirarle, se dispone a platicar con Rosita, entregarle sus ofrendas, todas ellas relacionadas con el agua, y rogarle a su vez que se porte bien con los campesinos de la zona y cuide sus cosechas con buenas lluvias. La ofrenda se realiza en una estrecha oquedad situada a la izquierda del salto de agua. Los científicos explicarían la cueva como consecuencia del paso del agua en su irremediable camino hacia tierras más bajas. Otros prefieren identificar la cueva como el ombligo o, por qué no, como el útero de la volcana, el lugar donde el hombre puede comunicarse más íntimamente con Rosita. Quién sabe, probablemente sea las dos cosas a la vez.

El baño de la volcana

Y después de la plática con el interior de la volcana, llega el otro gran momento del día. Don Antonio y el joven que parece destinado a sucederle en el oficio de tiempero bajan a la cascada de agua para terminar con las ofrendas. A finales de agosto y a 4 mil metros de altura, el clima no invita a un chapuzón; sin embargo, no inventé yo la frase de que “la fe no entiende de barreras”. Después de Antonio bajan a la cascada los asistentes por primera vez a la ceremonia, y aquellos que, confiados en los poderes curativos de las aguas nacidas del vientre y el glaciar de doña Rosita, se mojan con el deseo de curar sus males.

Realizadas las ofrendas, y al tiempo en que los cohetes explotan en el aire, el ambiente se distiende, la gente se relaja y comienza la fiesta. Al sonido de los instrumentos, un mezcal y un vino fraudulento sirven para brindar en honor, faltaría más, de Rosita. Se sirve el mole con pescadito seco, y una vez terminada la comida, viene el baile oficial. Mientras un viejo amigo de la volcana sostiene la vara, el antropólogo Julio Glockner, el maestro de ceremonias exige la presencia de los nuevos para bailar con las cintas en torno a la vara. Unas manos, quién sabe si no fueron las de doña Rosita, nos empujan a los nuevos hacia delante, y ahí vamos, agarrando la cinta y a intentar trenzarla. El baile es un desmadre, pero como ya se dice que el mundo mismo es puro desorden, don Antonio es capaz de leer en las cintas trenzadas las lluvias que caerán durante el año que viene.

Un ritual racional

Acabado el baile, el rezandero dirige el último rezo, se dejan las ofrendas y las cruces floreadas y se inicia el descenso. Con la tranquilidad que una bajada sin prisa ofrece al pensamiento, uno empieza a reflexionar sobre lo visto durante la ceremonia, pues no es algo que un extranjero observe todos los días. Para empezar, el sitio es maravilloso; una naturaleza que desborda vida y color invita a perderse por los bosques que flanquean a la señora volcana; pero el gusto es aún mayor cuando se tiene la ocasión de ver a los campesinos en su propio medio y observar e intentar comprender su relación con los volcanes. Para alguien como el que escribe estas líneas, educado en el racionalismo y las ciencias, podría observarse todo el ritual como símbolo del atraso cultural de estas comunidades, pero consciente de que un racionalismo puro puede ser tan peligroso como una creencia ciega, uno debe intentar olvidarse de lo aprendido hasta entonces y tratar de comprender lo que significa para don Antonio y su gente esta relación con doña Rosita. Pensándolo un poco, uno puede llegar a la conclusión de que aunque el medio por el que se formule este ritual parezca algo primario y arcaico, se basa en un deseo humano y material que poco tiene que ver con la fe: el deseo de que llueva y las cosechas salgan bien, deseo presente en todas las áreas campesinas del mundo. Pero aun se puede ir un poco más lejos en la reflexión; por mis tierras, más de uno llamaría ilusos a don Antonio y compañía, por eso de dejarle alimentos a un volcán; sin embargo, qué diferente sería el estado del medio ambiente en el mundo si quienes debieran aprendiesen algo que los habitantes de los pies de los volcanes saben desde hace siglos: para que la naturaleza nos cuide, primero hay que cuidarla a ella, es decir, algo tan básico como que para recibir también es preciso dar.

Este viaje es, en muchos sentidos, un viaje al pasado, a costumbres que poco a poco se van perdiendo por la fuerza de tendencias homogeneizadoras en un mundo globalizado. Es, al mismo tiempo, un viaje al presente de don Antonio y su gente, cuyas creencias, lejos de compartir, me son tan legítimas como las del ateo que espera que el destino le cambie la vida. Pero también es un viaje al futuro, porque si queremos que exista tal futuro, deberíamos entablar una relación de intercambio con el entorno ambiental, intercambio respetuoso que los campesinos de la zona llevan siglos realizando.

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