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lunes 4 de septiembre de 2006

TAUROMAQUIA

Se fue Silverio, el último de los grandes

Alcalino

Agustín Lara lo llamó Diamante del redondel, Monarca del trincherazo y Tormento de las mujeres, pero sería un oscuro publicista de El Toreo –Cavallero López se apellidaba– el responsable de universalizar su apodo de Faraón, y Pepe Pagés Llergo, quien lo hizo para los restos Compadre de México entero. Otro México, claro está. El que en los años cuarenta se entregaba con furor adolescente a las emociones de un enamoramiento fugaz de sí mismo, de su propia piel, de su identidad con una cultura inmensa y casi olvidada. En aquel México posrevolucionario, una ingente multitud de creadores grandes y pequeños estaba dándose con multiplicada pasión a la tarea de reinventar un país donde convivieran los antiguos y ninguneados esplendores con la originalidad seductora de las obras e ideas del día, y también la creatividad y el entusiasmo del pueblo llano, del empresario nacionalista, del mecenas seducido por la oportunidad de contribuir. Como nunca antes la energía, el humor y la sensibilidad impregnaban el trabajo y el ocio, la vida familiar y la social. Fueron tal vez aquellos años –no necesariamente más fáciles o menos injustos que los actuales– cuando los mexicanos pudieron soñarse dueños de un país más humano, habitable y bello. Y fue ese país y esa gente la que consagró, gozó y sufrió intensamente con Silverio Pérez.

Ligado a Puebla. A principios de noviembre de 1998, Silverio y su inseparable Pachis fueron objeto en El Relicario de un homenaje organizado por taurinos de la misma ciudad donde su hermano Carmelo realizó la campaña de 1929 que lo conduciría a su trágica consagración en El Toreo; también aquí, el futuro Tormento echó capa por primera vez en público una tarde de 1933, con un becerro ya fuertecito y tras el desembarco de una corrida en el ruedo de la vieja plaza El Paseo que él mismo había trasladado como chofer de la ganadería. Pero sobre todo, El Toreo de Puebla había sido escenario de su alternativa de matador sesenta años atrás, el 6 de noviembre de 1938, cuando Fermín Espinosa Armillita le cedió a “Estudiante” de La Punta, en presencia de Paco Gorráez. Tenía por entonces 23 años cumplidos el 20 de junio anterior, varias cornadas como resultado más palpable de una dilatada trayectoria novilleril y un maestro afectuoso y sabio en la persona del propio Armilla, que incluso lo llevó consigo a España antes del boicot de 1936. También el incierto futuro de todo nuevo matador, que empezaría a despejarse luego de una dilatada gira por Portugal, también de la mano de Fermín, que ocupó todo el verano de 1939. El silverismo se hizo presente por primera vez tras la sorprendente faena del Faraón a “Pizpireto” de La Punta, el 7 de abril de 1940, en El Toreo, y no es seguro que vaya a disiparlo el fallecimiento de este genial artista el pasado 2 de septiembre en su soleada casona de Pentecostés, municipio de Texcoco.

Pulsiones de un genio. De inmediato, la expresión taurina de Silverio transmitió sensaciones desconocidas al público mexicano. La técnica que la sustentaba no se veía. El sentimiento que Silverio volcaba en la ejecución de las suertes –pronto haría suyas por sabor y marca la fregolina, el derechazo y el pase de trinchera– lo definía como un artista profundo y genuino, pero a diferencia de los numerosos herederos taurinos de la gracia andaluza o la sobriedad rondeña, el texcocano se complacía en ahondar la suerte y prolongar el lance como si pretendiese eternizarlo. Esa búsqueda de un tiempo y un espacio nuevos prefiguraba ya las características del toreo del futuro. De entrada, Silverio llevó ese alucinante experimento a un terreno tan ceñido y asfixiante, sin casi dejar espacio para el toro, que con frecuencia éste lo golpeaba y desplazaba al pasar, en detrimento de la ligazón y la limpieza (aunque, claro está, no había espectador que permaneciera impasible). Mas cuando la entrega a esa práctica arriesgadísima fue añadiendo precisión y pureza a la propuesta silveriana, y las faenas plenamente logradas se fueron sucediendo hasta culminar con obras tan preclaras como las de “Tanguito” y “Cantaclaro”, el toreo cambio y la gente se hizo silverista para siempre.

El torero que nunca compitió. Caso tal vez único en la historia de la tauromaquia, no se conoció torero contemporáneo suyo que no fuera su convencido partidario, de Pepe Ortiz, Solórzano a Manolete y Arruza y Velásquez o Procuna, pasando por alternantes con tanta fama de ariscos y provocadores como Garza o El Soldado. Se deduce que no era fácil sentir aversión por un compañero invariablemente afectuoso y llano dentro y fuera de la plaza. Pero además, Silverio no competía en absoluto: cuando se encontraba a gusto con un toro, los borraba a todos; si, por el contrario, no estaba en vena, le aligeraba la tarde a cualquiera. Con la agravante de que con él nunca se sabía de antemano lo que iba a pasar, pues así como desperdició importante cantidad de astados de indudable boyantía, no es menos cierto que bordó recordados faenones con otros por los que nadie hubiera apostado un cacahuate.

Su teoría del miedo. Para torear, el atributo fundamental no es el poseer la técnica adecuada. Ni se trata tampoco de algo reservado a artistas excepcionales. Para ponerse delante de un toro y ser capaz de hacerle cosas que conmuevan, interesen y gusten lo primordial es vencer al miedo. El de Silverio era tan grande que podía suscitarlo hasta una becerra recién destetada. Y la paradójica voluntad de torear que de esa confusa madeja de sentimientos emanaba sin duda contribuyó a sublimar su arte. Por eso, cuando el miedo le fue ganando espacio al valor hasta anularlo casi por completo, Silverio decidió retirarse. Fue el 1 de marzo de 1953, en la México –donde seis años atrás, alternando mano a mano con Manolete, había cortado el primer rabo en la historia del coso mayor del mundo–. Llevaba ya largos meses, años quizá, sin saber lo que era confiarse con un toro. Por eso, sabiamente, pintó entonces su raya. Como lo ha vuelto a hacer ahora, cumplida cabalmente con la vida una hermosa, dolorosa y personalísima misión.

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