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lunes 4 de septiembre de 2006

SEMANÁLISIS

Historias de ayer y hoy

Horacio Reiba

Este 2006, año de intrigas y trampas por doquier, ha reservado sus dones a los viejos caballeros de la cancha y el court, siquiera sea para que, a la vista de sus últimas demostraciones de grandeza, no perdamos del todo la esperanza en el porvenir, luminosamente representado por Lorena Ochoa.

Duro, mi Kalimán. Javier Guzmán era un joven afilado, correoso, moreno y bigotón, hijo futbolístico del primer Cruz Azul. Con él ganó el ascenso a Primera (1963-64), pero sin puesto fijo en el equipo, la directiva decidió prestárselo al Puebla, entonces como ahora en 2» División (DT era un húngaro, Jorge Marik, que había ascendido a los cementeros y por tanto lo conocía bien); aquí, en el Ignacio Zaragoza, pudimos comprobar durante aquella estancia fugaz (1966-67) que lo suyo era la dureza de los que imponen respeto por reciedumbre y físico... y también por la clase de obuses que despedía su empeine derecho en el cobro de tiros libres. Lanzamientos casi siempre desviados, pero capaces de hacerle al que se interpusiera un aguajero del tamaño de los pesados balones de entonces. Ese año fue puntal defensivo en un Puebla administrado a la quiebra (¿decía usted?), que pronto tuvo que prescindir de él. Pero Javier seguía sin entrar en los planes de Cárdenas, el timonel cruzazulino, de modo que lo prestaron unos Pumas que ese año saldrían subcampeones. Ya no era un jovencito, pero fue ahí donde maduró y se ganó un incipiente prestigio. También, a fuerza de sacar balones desde la línea lanzándose como un kamikase, el sobrenombre que no lo abandonaría jamás. Ya como Kalimán fue titular inamovible en los primeros cinco títulos de liga obtenidos por el Cruz Azul, en el 10 de diciembre (68-69) y en el Azteca (entre 1971 a 74), y puntal de la zaga central del Tri en México 70. Permanece en el recuerdo el gol que salvó en la raya durante el decisivo partido contra Bélgica. Como ocurre con los jugadores de su corte, al declinar sus facultades su juego perdió trascendencia y entonces optó por el retiro. Nadie hubiera imaginado que aquel hombretón imponente, delgado y fuerte aun hoy día, iba a sucumbir a los embates de la diabetes, ni que en el transcurso de la semana que acaba de pasar, la pierna derecha que tan temible llegó a ser por la violencia de sus entradas y la fuerza de sus remates sería cercenada quirúrgicamente como recurso extremo para preservarle la vida al valeroso émulo del Hombre Increíble de las tiras cómicas.

Aunque el Kalimán no es precisamente un hombre rico, cuenta con familia y amigos prestos a apoyarlo. Y, por parte del Cruz Azul, con la obligación moral de atender en este difícil trance a uno de los responsables de la gloria y los títulos de la divisa celeste, que fue justamente en aquellos años 70 cuando se hizo de más fama e hinchas en todo el país.

Agassi. De padre iraní y madre norteamericana, Andre Agassi irrumpió en el mundo del tenis profesional en 1985, con talante de jipi y actitudes e impaciencias de adolescente. Se notaba que su modelo era el enfant terrible John McEnroe, aunque nadie sospechó entonces que tampoco se hallaba lejos de emular su genialidad. Irreverente, juerguista, sorpresivo dentro y fuera del court, pero sostenido por un indiscutible talento, Agassi fue estabilizando su juego con los años, cosechó un número considerable de grand slams, y, en el año en que Zinedine Zidane puso el ejemplo del veterano que se resiste a abandonar la escena por la puerta de atrás, ha brindado una semana inolvidable a los asistentes al Open norteamericano y, por extensión, a la afición tenística del mundo entero. Porque Andre ha tenido la virtud de transformar su anticipado adiós a la profesión en algo memorable, regalándonos dos espléndidas noches de emoción y buen tenis frente a adversarios jóvenes y firmemente dispuestos a retirarlo. Fueron dos épicas lecciones de maestría que el checo Nowac y el chipriota Baghdatis aceptaron tras mucho batallar, pues ambos partidos se resolvieron hasta el quinto set. Finalmente, el viejo Aga se ha inclinado ante un alemán, Benjamín Becker, que opuso a su fatigada entereza un tenis de fuerza descomunal, simbolizada en el saque as que decidió la épica contienda (7-5, 6-7, 6-4 y 7-5), al tiempo que retiraba a uno de los campeones más coloristas, espectaculares y seductores en la historia del tenis mundial. Así, aclamado hasta el delirio, se fue el inmenso jugador. Suerte en el court de la vida, maestro Andre Agassi.

Lorena. La esperanza de que se hablaba arriba no tiene por ahora mejor representante que Lorena Ochoa Reyes, la muchacha tapatía que ha seducido al mundillo del golf profesional. Luego de su tercer triunfo en un torneo oficial este año (Dublín, Ohio, con tarjeta de -24), Lorena encabeza la tabla de ganancias, cercana ya a los 2 millones de dólares. Antes ganó el Sybase Classic y el LPGA Takefuji, y mientras caen nuevos triunfos en el circuito de damas, prepara su duelo amistoso del 16 de septiembre, en Morelia, llevando como oponente a la sueca Annika Sorenstam, reputada como la mejor golfista de todos los tiempos.

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