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lunes 17 de julio de 2006

MUNDIANÁLISIS

El mundial sí; el futbol no

Horacio Reiba

Esta serie mundialista se cierra hoy con un breve juicio ponderativo de lo visto en Alemania 2006 tomado el vento en su conjunto. Es decir, atendiendo más al resultado que a los detalles, sin olvidar algunos de éstos cuyo peso es más que anecdótico.

Éxito sin precedentes. Como evento, como organización, como fiesta y como negocio, ha sido éste un mundial redondo. Nunca tanta gente inundó las calles y lugares públicos del país sede. Nunca lucieron más coloridos y alegres los repletos estadios. Nunca los medios habían encontrado más motivos para la anécdota y el reportaje, ni desplegado tanta gente con este propósito. Ya la FIFA dará a conocer sus cuentas –que nunca hay que tomarse demasiado en serio, conocidas las tendencias al secretismo, sobre todo en materia financiera, de la ilustre matrona suiza–, pero es muy obvio que no hay en el planeta evento, deportivo o de otra índole, capaz de suscitar tal entusiasmo viajero ni semejante derrama económica, incluida la pérdida de horas/hombre en actividades productivas que la inminencia de un partido importante esparce por el mundo. Y comparado con, digamos, los Juegos Olímpicos, el gasto es casi nimio, mientras las utilidades los rebasan ampliamente. La globalización, en suma, resultó un revulsivo impresionante para la fiesta mundialista.

Miseria futbolística. Pero si el villamelón se conforma con un envoltorio vistoso, el aficionado va directo al contenido. Y ahí, como ocurre desde Italia 90, sólo pudo encontrar más de lo mismo: jugadores fundidos, equipos mal ensamblados, especulación táctica, arbitrajes altamente erráticos o abiertamente sospechosos, glorificación del músculo en detrimento de la clase y, en síntesis, poquísimos partidos para el disfrute y mucho tiempo perdido delante del televisor. Un mal que viene de lejos y no ha hecho más que profundizarse.

Números en contra. No hablo de euros sino de goles. Mientras los primeros, montados en cifras multimillonarias, se disparaban hasta el infinito, el promedio de anotaciones por partido ha alcanzado el nivel más bajo de la historia, sólo superado por Italia 90 por exactamente 9 centésimas: 2.21 entonces y 2.3 ahora.

Ascenso, esplendor y ocaso. La semana en que iba a iniciarse la Copa, este columnista publicó aquí mismo en cuatro entregas su versión personal acerca de las etapas por las que ha atravesado el mundial de 1930 a la fecha. Jugando con el promedio de goles por juego, resulta que en el Preclásico (Uruguay 30, Italia 34, Francia 38 y Brasil 50) se anotaban 4.16 goles por partido; y cuando se le agregan las cifras del mundial de transición Siuza 54, ese promedio se mueve hasta 4.47. Los cinco mundiales señalados sumaron 232 partidos y 452 goles en total. El período Clásico (Suecia 58, Chile 62, Inglaterra 66 y México 70), con más equilibrio tácticoestratégico y en la calidad técnica de equipos y jugadores, se bajó a 3.045 goles/partido, un excelente balance para 131 encuentros en los que se anotaron 399 goles. Viene después el período Moderno, inaugurado por Holanda y su futbol plurifuncional y ultradinámico, bien o mal reproducido por otros durante la siguiente etapa (Alemania 74, Argentina 78, España 82 y México 86), donde aumentó el número de participantes y consecuentemente de partidos (180 y en ellos 477 anotaciones), y el promedio descendió a 2.65, aunque en lo futbolístico el espectáculo se conservó en niveles muy razonables. Y finalmente, la debacle del postmodernismo, en que el bajísimo promedio de goles (2.48 entre Italia 90 y Alemania 2006) hubiera sido bastante peor de no concurrir a las finales, por iniciativa descaradamente comercial de la FIFA, tantos equipos basura, seguros receptores de goleadas que, sin embargo, empiezan también a escasear. Con decir que sólo para jugar los últimos cuatro mundiales se abrieron 144 plazas contra apenas 138 entre Uruguay 30 y México 70, resultado de lo cual han sido los 296 encuentros mundialistas jugados en los últimos 16 años, en contraste con los 232 que se habían librado hasta el célebre Brasil 4-1 Italia del 21 de junio de 1970en el Azteca creo que está dicho y explicado todo: el febril ascenso, el esplendor clásico, la estabilización modernista y la decadencia postmoderna del deporte rey.

Y Zizou. Milagrosamente, entre la espesura de lo mediocre que tan decididamente abanderan los cavernícolas ítalos, un jugador de lujo, veterano de movimientos elegantes y faz melancólica fue capaz de dar fe de la vitalidad del futbol, independientemente de la ley del gimnasio y la proliferación en las canchas de barridas, jaloneos, cadenas y candados. Zidane, naturalmente. Como natural fue su reacción gfrente a la hostilidad que lo rodeaba, mal que les pese a los mojigatos. O a quienes soñábamos con la improbable victoria del futbol negro y mestizo sobre el imperio de la destructividad fríamente calculada que hoy como nunca traiciona la intrínseca nobleza de este juego.

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