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Puebla > Estado
lunes 17 de abril de 2006

OPINIÓN

Persiguiendo demonios

Anamaría Ashwell

A Lydia Cacho y a las mujeres valientes de Pro Cholula AC:
Lidia Gómez, Refugio Gallegos, Margarita Tlapa y Leticia Castillo


Lydia Cacho, autora del libro Los demonios del Edén, durante su visita a la ciudad de Puebla n Foto: Abraham Paredes / Archivo de La Jornada de Oriente

El 1 de febrero de 2005 tomó posesión el gobierno de Mario Marín, y para el día 15 de febrero ya nos anunció a los cholultecas “progreso y desarrollo” con su proyecto carretero, cuyo tramo Huejotzingo- Cholula-Puebla, ampliado a seis carriles, iniciaría, según dijo, inmediatamente.

Nosotros que defendemos la ecología y el patrimonio de la gran Cholollan no pudimos creer lo que escuchábamos: era “progreso” en boca del recién estrenado gobernante. Nos reunimos; nos envalentonamos, mayormente las mujeres del grupo; des oímos advertencias del presidente municipal –el primero que recibió nuestra inconformidad– y que nos encomiaba a no “irritar” al gobernador; no dimos entrada a voces que nos pedían prudencia porque era un proyecto, según dijeron, de “orgullo personal” del gobernador; ni prestamos atención a los que nos auguraron que vendrían represiones y hostigamientos en contra nuestra si perturbábamos una puesta en escena que para el gobernador era una carretera que no sólo atravesaría Cholula, sino que culminaría para él en Los Pinos.

Pro Cholula A.C. llevaba cinco años denunciando violaciones a las leyes que protegen el patrimonio cultural y ecológico en nuestra milenaria ciudad. En verdad, ante esta nueva inconformidad, esperábamos por toda contestación sólo evasivas y promesas de parte del gobernador Mario Marín; además, pensamos también que debía haber algún error.

¿Qué gobernante en sus cinco sentidos destruiría la traza urbana prehispánica de Cholula; atravesándola a cuatro calles de su zócalo y del convento de San Gabriel del Siglo XVI con una carretera federal con seis carriles y tráfico pesado que, además, dividiría los 10 barrios que organizan ritual y culturalmente a la milenaria ciudad? ¿Qué gobernante con conocimientos de las consecuencias devastadoras para la ecología del valle talaría un paisaje arbolado de casi 100 años de antigüedad, un pequeño bosque de más de mil 50 eucaliptos para ampliar una carretera trazada en 1927 casi en el interior de pueblos y ciudades hoy densamente poblados, y cuyos orígenes datan de tiempos prehispánicos? ¿Qué gobernante envuelve tan descaradamente tierras de labrantío en la zona montañosa y volcánica donde se recargan los mantos freáticos del valle –allí donde se encuentra la única reserva ecológica ahora amenazada en el volcán Tzapoteca– en una especulación de suelos que invariablemente expulsaría a los nativos en favor de negocios inmobiliarios de foráneos?

El 18 de mayo decidimos dirigirle una carta pública explicándole de buena fe nuestros argumentos culturales, históricos, legales y ecológicos. Empezamos también la peregrinación por la correspondientes secretarias de su gobierno, cargando copias de decretos, exigiendo respeto a las leyes, explicándoles incluso que físicamente era imposible introducir esa carretera en el corazón mismo del casco histórico de Cholula.

Nos encontramos, sin embargo, con una burocracia gubernamental que no oyó nuestros argumentos y cerró filas en torno a su jefe el gobernador. Unos funcionarios públicos con la espina dorsal irremediablemente encorvada por tanta veneración ritual ante la foto del gobernador que adornaba sus oficinas; una foto además en una pose y compostura que aludía al Benemérito que se asomaba a sus espaldas. Nos topamos, en verdad, con un gobernador y sus siervos, que no iban a ser cuestionados, ni interpelados, menos por una mujeres y menos en defensa de árboles y pirámides.

En verdad, la reacción del gobernador ante nuestras interpelaciones, como lo denuncie varias veces en la La Jornada de Oriente, fue sorpresivamente desmedida y agresiva. Nos llegaron rumores durante casi un año que en Gobernación planeaban nuestro secuestro y violación si insistíamos en denostar las bondades del proyecto carretero; recibimos descalificaciones misóginas que trascendían las puertas cerradas de las reuniones de los funcionarios; una camioneta blanca con una antena ostentosa –sospechosamente igual a la que espió a los integrantes del Frente Cívico– se estacionó tres veces en nuestra cercanía; nos enviaron a un grupo de choque cuando intentamos sin éxito detener la tala de los árboles antiguos, y hasta libraron una orden de detención en contra de una de nuestras compañeras. Nosotras incrédulas nos decíamos ¿serán capaces de tanto? ¿contra unas mujeres que defienden unos árboles y unas pirámides?

Un poco para paliar el miedo y darnos ánimos, incapaces de explicarnos tanto poder del Estado dirigido contra nosotras, decidimos sacar un desplegado nacional con firmas de amigos, artistas y académicos con la sola intención de hacerle saber a nuestro presidente municipal y al gobernador que no estábamos solas.

En todo este tiempo, antes de la llegada de Lydia Cacho a Puebla, nosotras constatábamos también que iban en aumento los spots publicitarios del nuevo gobernador fotografiado con sus carreteras; que sus fotos aparecían en espectaculares gigantescos, por ejemplo en La Forjadores, con su señora, regalando cobijas a ancianitos y besos a niños; el periódico Reforma mostró que su imagen se había colocado en la ayuda que se envió a los damnificados por el huracán Stan a la Sierra Norte; su joven hijo apareció como el orador oficial en el día mundial de la ecología y noticias de sus hermanos, hermana y amigos que se colaban a puestos públicos diversos eran la comidilla de todos los días. Nuestro presidente municipal en Cholula parecía o aterrorizado o simplemente servil, porque colocaba mantas que decían ¡Gracias Sr. Gobernador! por todos lados. Nosotras empezábamos a reírnos nerviosas y nos decíamos que en un gesto de ironía histórica, como cholultecas, si las cosas seguían así, quizás tendríamos que ir a pedir asilo político a Tlaxcala.

Pero de lo que eran capaces no supimos, ni tuvimos cabal conciencia hasta que un acontecimiento ominoso, una suerte de anticipado sacudimiento navideño, ocurrió el 16 de diciembre de 2005, con el arribo de Lydia Cacho a Puebla.

La conocimos a través de su imagen en la televisión contando una historia que descorría el velo y mostraba a un gobierno y a un gobernador poblano confeso de intolerancia y de desprecio por las instituciones republicanas y la ley. Ese día ella explicaba serenamente que había sido secuestrada, torturada y trasladada a Puebla porque aquí habían personas poderosas interesadas en callar sus denuncias en contra de una red de trafico y explotación sexual de niños y niñas dirigida por Jean Succar Kuri en Cancún. Relató, además, que el señor Kamel Nacif la acusaba de difamación por un libro que publicó un año antes, Los Demonios del Edén, por lo cual pedía a la Procuradora General de Justicia, Blanca Laura Villeda Martínez, y a la juez de la causa Rosa Celia González Pérez que leyeran primero su libro antes de condenarla, porque allí no habían sino declaraciones juradas de las niñas que denunciaban por explotación sexual a Jean Succar Kuri y menciones de sus poderosos amigos políticos, incluyendo el señor Kamel Nacif.

Todas las mujeres de Pro Cholula, en primer lugar, salimos corriendo a comprar su libro. El gobernador, entretanto, inmediatamente sentenció sumariamente a Lydia Cacho como una “criminal”; al mismo tiempo, el señor Kamel Nacif declaró a la prensa que el gobernador, Pum según sus palabras, en respuesta a su solicitud, violando leyes y derechos civiles de una ciudadana mexicana, la había mandado arrestar y trasladar a Puebla. Prácticamente cuando las mujeres de Pro Cholula concluíamos la lectura de su libro sobre estos demonios, el gobernador ordenaba también el encarcelamiento de Martín Barrios, un joven luchador social y por los derechos humanos en el Valle de Tehuacán. Los socios de Kamel Nacif en negocios de maquiladoras volvían a salir a escena. Y una trama siniestra de ilegalidades y negocios turbios se deshilvanó hasta nosotras entendimos finalmente hasta que extremo el gobernador poblano había perdido el suelo. Parecía como si él hubiera obtenido un poder patrimonialista con su investidura como gobernador y fuera suyo el derecho a disponer discrecionalmente del Poder Judicial del estado, de la burocracia gubernamental, para fines propios o de sus amigos. Nos dimos cuenta que sintiéndose omnipresente, o quizás un Benito Juárez endiosado, no se iba a detener ante cuestionamientos chiquitos ni grandes, y demostró su tamaña locura cuando se fue hasta Cancún a secuestrar a una mujer periodista que tenía el enorme mérito y valor de haber denunciado un negocio que explota sexualmente a los niños y niñas de México.

Hay demonios que se han apoderado de la vida de los hombres.

Pareciéramos habitando el mundo al lado de potencias invisibles y maléficas que escapan a todo control.

Potencias que habitan igual la mente que el mundo y que amenazan con capturarnos y circunscribirnos en su terror informe. Cuando las cosas se tornan demasiado horribles para explicarlas, hay que recurrir a la subversión de la dignidad, como decía un filósofo en clave de comedia: la tragedia requiere dignidad y no hay dignidad en actos atroces, en poderosos que encubren, en el dinero sucio que circula a partir de la explotación y tráfico sexual de niños y niñas. “Hay que tener fe en ser fuertes”, también como decía César Vallejos; porque salir al encuentro de lo siniestro –como ha hecho Lydia Cacho con este libro– implica enfrentar a los poderosos que encubren y lucran con la explotación de estos niños. Y no se trata de pelear a estos demonios en una escaramuza cualquiera, sino de hacerles una guerra total. Por los niños.

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