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Puebla > Estado |
jueves 13 de abril de 2006 |
OPINIÓNSantísima trinidad dolienteEduardo MerloEn La Jornada de enmedio del pasado domingo 2 de abril, se publicó una estupenda fotografía de una pintura de las que componen el retablo a la virgen de la Encarnación, realizado hacia 1465, cuando los europeos no tenían conocimiento aun del Nuevo Mundo. Como es un tema que alude a estas conmemoraciones de Semana Santa, creo que es bueno comentarlo. El retablo es de claro estilo gótico y no se conoce el autor, aunque fue un artista de muy buen pincel, ya que expresa correctamente el mensaje sagrado a los devotos espectadores. Afortunadamente el retablo es parte ahora de las colecciones del Museo de San Carlos, el cual tiene como sede el magnífico palacio de los condes de Buenavista, donde uno puede visitar el recinto y disfrutar de un acervo extraordinario. Miré la fotografía y me atrevo a describir el significado de esta pintura, que no es la principal del retablo, sino una de las que componen el discurso iconográfico e iconológico del mismo. El título de la pintura podría ser: “La Santísima Trinidad Doliente” y el tema se reprodujo en innumerables obras de su tiempo y posteriores. Se trata de resaltar la redención del mundo a través del sacrificio cruento de Jesucristo, una de las tres divinas personas. En la parte central, como le corresponde porque no hay nadie más grande que Él, está la figura antropomorfa de dios padre, el cual se pintó siguiendo la antigua tradición que viene de los orientales, como un anciano venerable, de largo cabello y luenga barba, todo cano y rizado; además con un estrabismo muy marcado, detalle que se ha utilizado en otras escenas similares por diferentes pintores. Luce una túnica de color claro con fimbria (orilla) dorada y se reviste de pontifical, es decir como el Sumo Pontífice: porta el gran pluvial o capa solemne que resalta por el galón de oro en toda la orla y un fino broche. El forro del pluvial tiene motas oscuras para indicar que es armiño, material que es exclusivo de la realeza aunque también identifica a los patriarcas del Antiguo Testamento. Dios padre luce una aureola circular, lo cual no es frecuente, dado que suelen presentarla triangular, porque el triángulo es símbolo de la Trinidad. Está coronado con la Tiara que es una corona triple que va de mayor a menor y se remata en una cruz. Es el símbolo antiguo de la autoridad del Papa como: Sumo Pontífice; Obispo de Roma y Soberano de los Estados Pontificios; también son señal de su triple autoridad: Doctrinal; Sacramental y Pastoral. Algunos mencionan que las tres coronas tienen que ver con su autoridad en las Iglesias: Triunfante, Militante y Purgante. (El último pontífice en usar la tiara fue Paulo VI) Sostiene con ambas manos la cruz que curiosamente no es la usual, sino como una “T” griega, remarcando detalles de la madera de este “Lignum Crucis” (Leño de la cruz), de donde pende el cuerpo inerte de Jesucristo, por cierto exageradamente delgado, tanto, que parecería le ha quedado muy holgado el cendal (paño de caderas o taparrabos). Tiene una aureola donde se inscribe la cruz griega. El artista exageró la herida lateral, ya que no es el costado, sino el pecho donde coloca la abertura que mana abundante. Cristo es la segunda persona de la Trinidad y para completar este “Trino y Uno”, se ha colocado una Paloma que despliega sus alas para conservar el equilibrio y luce una aureola proporcionada: es el Espíritu Santo, esencia del amor entre el padre y el hijo. Dios padre se sienta en la gran sede que se guarda bajo un lujoso dosel, cuyos extremos son sostenidos por ángeles de exageradas y prolongadas túnicas. Detrás de los personajes se puede ver un paisaje de fondo, especie de prado que podría aludir al paraíso o Jerusalén celestial. La escena es doliente porque mientras la primera y tercera personas trinitarias están vivas, la segunda que es Cristo, al menos en su naturaleza humana, está muerto, redimiendo al mundo. Flanquean a la santísima Trinidad dos santos, quizá de la devoción especial del donante, que está arrodillado, revestido con hábito monacal, con cerquillo en la cabeza (esto es: cráneo rasurado salvo la coronilla) sosteniendo una filacteria o cartela que no pudimos leer, porque no es nítida. Los santos son: a la derecha del padre: San Andrés apóstol, que tiene también gran aureola, pelo largo, barba prolongada, viste túnica y capa pluvial y sostiene el libro de los evangelios. Para que no quepa duda tiene atrás la cruz transversal, como una “X”, que se denomina: “Cruz de San Andrés”; un letrero a los piés del cuadro dice su nombre. En el lado opuesto está un personaje revestido de obispo, pues luce la capa pluvial, la mitra y el báculo. Tiene aureola y carece de barba. Sostiene el “Liber Pontificalis”, libro manual para los prelados. Una mano rota, a punto de desprenderse y el letrero a sus piés nos permite identificarlo quizá como San Babilas, obispo de Antioquia, descuartizado aproximadamente en el año 250. Este solamente es uno de los varios cuadros que componen el retablo de la Encarnación, obra del siglo XV, parte del acervo del Museo de San Carlos, de México, muy a propósito en la temática de la Semana Santa. |