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lunes 20 de febrero de 2006

TAUROMAQUIA

El escamoteo del toro

Alcalino

Con pocos días de diferencia, tres cosos mexicanos anunciaron primeras figuras, llenaron totalmente la plaza y ofrecieron pobrísimos espectáculos. La cosa no llegaría a constituir novedad –la historia de la fiesta está llena de decepciones de todos los calibres, el diablo siempre mete la cola, los toros no tienen palabra de honor, etc.– de no atravesar la tauromaquia en México por su mayor crisis en cien años. A cinco años de iniciado el siglo XXI, contemplar unos tendidos más o menos poblados constituye en este país un lujo inusual. La última generación con un aceptable tirón popular –de la cual sólo sobreviven oscuramente Eloy Cavazos y Jorge Gutiérrez– se perdió ha tiempo entre brumas, y los posibles sucedáneos brillan por su ausencia, sustituidos en todo caso por aspirantes de talante esforzado y nula capacidad expresiva. Esta vez, sin embargo, las dos principales “figuiras” nacionales se dieron el gusto de torear ante concurrencias masivas, sin duda porque artillería pesada de exportación reforzaba convenientemente los carteles. Eso y la celebración del día del villamelón, que no falla en lo de meter cada 5 de febrero a la México una ingente y mitotera multitud, explica el rotundo éxito taquillero tanto en la capital como la víspera en Querétaro y el domingo 12 en Guadalajara. Si en la Monumental el cartel reunía cuatro espadas, la Santa María y el Nuevo Progreso encontraron en sendos manos a mano el revulsivo que convocó a las masas de manera espectacular. Tres llenos formidables... para contemplar un desfile de reses inútiles.

Burla mayor. Se supone que a un cartel de lujo debe corresponder un encierro del mismo jaez. Claro que entra siempre en juego el poder de las figuras para exigir cierto tipo de ganado –que ofrezca razonables garantías de buen juego, se entiende–, y late el riesgo de que por eso mismo se nos escancie vino rebajado –esto es, alegres erales en lugar de toros de verdad–. Pero no fue eso solamente lo que ocurrió. Ciertamente, de la puerta de toriles capitalina salió una novillada indigna, con mucho la peor presentada de las tres que nos ocupan. Una vez más, la empresa exhibía el propósito de explotar a tope la ingenuidad de un público amorfo, acrítico y deseoso de diversión a cualquier precio. Apostó a la impunidad y la obtuvo, tanto del lado ganadero (Teófilo y Montecristo, sumisos a partes iguales) como del juez que autorizó aquella infecta chotada, y también en la ausencia de protestas al ir apareciendo los bureles que la integraban, endulzado el ánimo popular por el usual regalo de estratégicas orejitas. Aun así, los ánimos se fueron caldeando conforme el fraude cobraba forma, y al declararse cojo el que cerraba sesión algunos cojines cayeron a la arena. Pero eran tan pocos que la lidia prosiguió sin tropiezos. El animalillo, de Montecristo, resulto a la postre el de mejor embestida de los ocho, lo cual dará idea de cómo salió el resto. O de cuán lastimosamente rodaban por la arena, en su impotencia para ofrecer una sola embestida completa. Y eso a pesar de que no hubo un solo puyazo cabal en toda la tarde, prevenidos los piqueros de que se imponía simular la suerte de varas ante animales que salían ya cayéndose del chiquero. Zotoluco, que cubrió expediente con su rutinaria exhibición de encimismo, obligadamente ausente, en aquellas condiciones, de emoción, ligazón ni clase, saldría a oreja por novillo, esto es, sin pena ni gloria. Ponce y El Juli juguetearon brevemente con los suyos –tres por coleta, pues un 5 de febrero sin toritos de obsequio sería inadmisible– hasta que les ganó la desesperación de verlos rodar y rodar. Y solamente José Luis Angelino, que había recibido una oreja de pura simpatía en pago a su bullidora voluntad ante el inválido cuarto, ganó a ley la del octavo, el único capaz de meter la cabeza en viajes completos, y con el cual trazó los mejores naturales de la temporada en dos tandas de largura y son muy mexicanos. Lástima que toreros así encuentren un ambiente tan poco propicio como el que caracteriza al México de hoy.

Desvergüenza. Quién será el responsable directo, habría que investigarlo. Pero el caso es que en Querétaro y Guadalajara, aunque los de Barralva y Montecristo tuvieran más decente presentación, se asistió a la muerte virtual del toreo, entendido como fiesta de la emoción, inimaginable entelequia cuando los astados no pueden dar paso y ruedan inmotivadamente sin cesar. De poco valió que Rafa Ortega y El Zotoluco salieran a oreja por barba, más en premio a su voluntad que a otra cosa. Ambos alternaron mano a mano con un Juli sobre el que recaían las principales sospechas y llovieron cojines por docenas. Había salido el ex niño a cumplir y cobrar. Y eso no es de toreros. Mucho se adelantaría investigando por qué había alambre de púas en el estómago de uno de Barralva, mientras otros, al ser destazados, revelaban fracturas en sus extremidades. Pero ya se sabe que, en la hora presente, las autoridades del país están para otros menesteres, no para atender sus obligaciones ni evitar delitos ni trabajar por el bien común.

 

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