PUEBLA
lunes 8 de agosto de 2005
 
       
  Tauromaquia

Recuerdos de Valente

 
       
  Alcalino q Valente Arellano ha sido, sin duda, el último fenómeno del toreo mexicano. Surgió de la nada y en la nada se desvaneció. Un accidente vial, testimonio fatal de su sed de vida y emociones, lo dejó inerte, no lejos de la golpeada y todavía humeante motocicleta, en una calle de suburbios en su natal Torreón hace justo 21 años. No eran muchos más los que Valente Arellano había cumplido. Y su despegue como matador apenas se iniciaba, pues acababa de tomar la alternativa en Monterrey de manos de Eloy Cavazos y con Miguel Espinosa por testigo, toros de Mimiahuápam (03.VI.84). El primer rabo dentro del escalafón venía de cortarlo en Texcoco la semana previa a aquel viernes y aquella noticia que nos dejó a todos helados. Ahí, Valente había competido –más que simplemente alternado– con Manuel Mejía y Ernesto Bélmont, sus compañeros de andanzas novilleriles en 81-82, la tercia que llenó la México hasta los topes con utreros de la Venta del Refugio a los que Arellano les cortó cuatro orejas tras incendiar los tendidos con su volcánico e irrepetible estilo. Tarde en que un Manolo Mejía increíblemente esbelto le cuajó a cierto noble pero aplomado cárdeno una faena maciza y templada, y en que Bélmont bulló sin cesar, sonriendo al tendido a cada remate, compitiendo en quites con sus compañeros de cartel en uno de esos días en que al público, ahíto de emociones, luego de ver perderse en hombros a los tres espadas por el túnel de cuadrillas, debe dejar pasar en vilo unos minutos para que el gozo y las emociones se vayan asentando, antes de empezar a desalojar la plaza para volver a la prosaica realidad. La misma plaza a la que hoy se acercan los domingos de novillada unos cuantos desocupados que se reparten por las desiertas gradas sin prisa ni ruido, y así mismo se irán al cabo de tres horas generalmente huérfanas de contenido emocional. Una plaza sin eco para el buen toreo ni nombres capaces de encender esas discusiones que harían a la gente retornar masivamente a un coso cada vez más desolado y triste. La plaza que Valente Arellano llenó a voluntad en media docena de ocasiones, pues así de fugaz fue su paso por ese ruedo y por esta vida.

Personalidad, secreto tesoro. Vi por primera vez a Valente en la placita de D’Coca, en una novillada para cuatro espadas en la que mi padre fue cambiador de suertes y el difunto Cañero juez de plaza. Y esa tarde primaveral de 1981 me ocurrió algo que no he vuelto a experimentar desde entonces: la convivencia como de dos mundos distantes, milagrosamente superpuestos sobre la misma arena. La sensación empezó con el paseíllo. Al lado de tres jóvenes nerviosos, incómodos dentro de ropas descoloridas y ajenas, iba un muchacho sonriente, de atrayente tipo y perfecto paso torero, pisando con naturalidad y firmeza la misma arena por la que avanzaban en procesión las escasas y desconocidas cuadrillas, incluidos unos caballotes indóciles a la rienda y anormalmente inquietos y alebrestados. Al poco rato, uno de ellos se desembarazaba de su jinete mediante violento respingo cuando el picador intentaba cuadrarlo para la suerte de varas. En medio del desconcierto que tal suceso generó, desatendido de la descompuesta huida del matalote y de la nube de gente que invadía el pequeño ruedo sin atinar a nada, el muchacho de la sonrisa fácil y la excelente planta torera apareció de pronto con el capote a la espalda para empapar en él sin esfuerzo a aquel novillo no menos desconcertado, falto de fijeza por efecto de la mala lidia, y conducirlo suavemente al tercio opuesto en un juego indefinible que acoplaba el antiguo toreo de frente por detrás al quite de oro, y tenía algo de galleo o mariposa invertida. Y todo a un ritmo radicalmente ajeno a la violencia y el caos que lo rodeaban. Pese a tantos distractores, su fuerza magnética atrapó la atención del público, como siempre que el toreo auténtico reaparece en toda su belleza. Y el efecto de hipnosis permanecía porque el desconocido novillero había rematado el quite –un quite auténtico, no fingido– con una larga en espiral que dejó quieto al burel, y se alejaba de la cara, garboso pero sin el menor exceso retórico, pisando fuerte (pero suave). Y seguía concentrando miradas bajo el eco de un tenue rumor de alborozo y sorpresa.

Los malos manejos. No me refiero a la espantosa velocidad a la que seguramente conducía al accidentarse, sino a la incongruente forma en que un medio empresarial lento de reflejos y ávido de dividendos inmediatos influyó en la carrera de Valente, tan solo con sus demonios interiores y su avidez torera, tan desprovisto de la guía técnica indispensable para evitar una retahíla de inoportunos percances, banderillero arriesgado y originalísimo pero frecuentemente acusado de falta de mando y quietud con la muleta, quizá porque lo innato en él era un toreo al paso de solera añeja que el referido quite en la placita D’Coca había dejado ya vislumbrar. El caso es que, como Carmelo Pérez medio siglo atrás, como Joselillo a treinta y tantos años de distancia, la semilla revolucionaria y carismática de Valente Arellano no fecundó, condenada a muerte prematura por un medio estúpidamente infértil.