Silencio como recurrencia

q Alfonso Simón Pelegrí q

Por aquello de que a veces los accidentes gramaticales le dan una sacudida a la metafísica del lenguaje, y sin decir "agua va" ponen al derecho y al revés sus mismísimas entrañas, digamos que en el vocablo palabra, por poner un ejemplo, del singular al plural -de "palabra" a "palabras", mirando lo de su opuesta implicación mayestática o común- puede ir tanto espacio como del fuego al bombero, del significante al significado, o si nos vamos a más álgidos extremos, de la retórica a la metafísica.
Lamentablemente, somos más los que nos quedamos en la retórica; no en la palabra, sino en la prolífica pluralidad de las mismas. En el falso barroquismo de los amontonamientos, tan sólo en apariencia dinámico.
Con respecto a esta demasía en una hinchazón gestual del lenguaje, con vistas a una pretendida estética, Cioran nos dice que (...) "si se me preguntase cuál es el ser al que más envidio, respondería sin vacilar: aquel que, descansando en las palabras, vive en ellas ingenuamente, por consentimiento reflejo, sin cuestionarse ni asimilarse a signos, somos si correspondiesen a la realidad misma o fuesen lo absoluto disperso en lo cotidiano."
Teme Cioran que el vacío existente en el fondo de las palabras corra parejo con el que, tememos, sea fondo de las cosas. De aquí la bíblica interrogación de Pilato, prefacio a un lavatorio de manos que, a la hora de la hora, ni enfría ni calienta. Pero también está la aporía de Simone Weil con lo de "la palabra de Dios es silencio". Por eso el mutismo de Cristo ante Pilato; y la paradoja triunfal de su derrota.

La Jornada de Oriente, Martes 27 de Julio de 1999

REGRESAR